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Caballo_Maera_-_Volumen_2_(Octubre_2009).pdf - page 8 / 28

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- Creo que alguien me ha seguido hasta aquí.

cía en la casa en busca de la cocina. Uno, dos… Bonny no tuvo tiem- po para un tercer golpe de melena cuando Jack irrumpió en el salón de nuevo.

- No digas tonterías. Pasa y quítate el abrigo.

- En esta ciudad, aún queda gente con un gusto exquisito. El otro día, sin ir más lejos…

- Bonny, “carítide” de mi vida, cari- ño… Eleonora está tumbada en mi- tad de la cocina.

Patata caliente

Por Almudena Checa

- Cuidado, Jack, te estás pisando el ego. ¿Has traído lo que te pedí?

- Eleonora está muerta, pequeño Jack, y se dice cariátide: C-A-R-I-A- T-I-D…

- Bonny, cariño, antes de nada, me gustaría decirte lo hermosa que te ves con esta luz tenue de bombilla de bajo consumo. Pareces una “rutinan- te” estrella del Hollywood clásico, de cuando las actrices tenían clase…

- Dios santo, mujer, ¿qué has hecho?!

- La “a” va acentuada, no lo olvides, Jack. La próxima vez no tendré tanta paciencia.

  • -

    Corta el rollo, Jack. Me he quedado

sin napolitanas de crema, ¿verdad?

  • -

    Bonny, yo…

  • -

    ¡Se dice rutilante, idiota!

  • -

    Si pudiese compensarte de alguna

manera, Bonny…

  • -

    ¡Bonny! ¡Bonny! ¿Qué importa eso

ahora? La vecina está muerta en el suelo de nuestra cocina. ¡Muerta! ¡Muerta! ¡Muerta!

  • -

    Jack, osito, tranquilízate un poco y

mira tus manos. Están vacías, Jack, vacías como mi buche. ¿Dónde está mi vaso con Fanta?

  • -

    Jack, no te voy a dar las gracias

porque te he pedido tres cubitos de hielo y aquí sólo flotan dos. Por tu expresión deduzco que Eleonora si- gue muerta. La he matado, Jack. La he matado porque se lo merecía. Tú lo sabes, yo lo sé y basta. No vayas a montar una escena, Jack. No te pon- gas a jimplar como un huérfano por- que no tengo mis dulces aquí conmi- go y no voy a poder aguantarlo.

Jack echó por tierra su promesa de no llorar en una semana. Las lágri- mas salían de sus ojos en oleadas y disparadas en todas las direcciones. Si alguien hubiese mirando desde fuera por la ventana hubiese podido asegurar, no sin cierta incredulidad, que, efectivamente, llovía dentro de la casa.

Hasta que la última gota de refresco no hubo abandonado para siempre el vaso, la mujer no se tomó la mo- lestia de reaccionar ante el caudal de lamentaciones que estaba inundan- do su salón.

  • -

    ¿Te dejarías dar una paliza, Jack?

Porque me gustaría golpearte esa ca- beza hueca que tienes hasta ver mis zapatos a través de ella.

  • -

    No digas eso, bebé. Me he entrete-

nido con los chicos y no he llegado a tiempo para comprar tus dulces, pero mira lo que te he traído.

  • -

    ¿Me has comprado bellotas? ¿Quie-

res decirme algo, Jack?

  • -

    Estamos en temporada y su color

me recuerda al de tus ojos, my brown eyed girl.

  • -

    Llevo doce años sobria, querido, el

truco de Van Morrison no funciona desde entonces. ¿Te has vuelto a re- setear la memoria?

  • -

    En ese caso, ¿quieres una Fanta,

amor mío?

  • -

    En vaso ancho, con tres cubitos de

hielo. ¡YA!

Bonny se estiró en el sofá mientras contemplaba como Jack se introdu-

  • -

    ¿Me vas a explicar qué está pasan-

do aquí?

Bonny se agarró el cuello con ambas manos a la vez que abrió la boca lo más que pudo. Cuando el aire le lle- gó al estómago, dejó salir de la pe- queña oscuridad su lengua que cayó lánguida sobre el labio inferior. A continuación, se alzó en el sofá so- bre sus rodillas y, antes de caer de nuevo, se pasó la mano derecha por la frente. Sus 48 años de sedenta- rismo se hundieron con aplomo, y cierta gracia, entre los cojines. Jack esperó al final de la escena para vol- ver a la cocina.

  • -

    ¡Jaaaaaaaaaaaaack! ¿Por qué pien-

so que le estás haciendo la maldita autopsia a la tipa? ¿Dónde está mi Fanta? Mueve tu culo aquí ¡YA!

Jack no tardó ni diez segundos en re- aparecer bajo el umbral de la puerta.

  • -

    Vamos, osito, alegra esa cara, pare-

ce que hayas visto un muerto.

  • -

    Bonny, por favor, ahora dime…

  • -

    Serénate, muchachita, y sécate esas

lágrimas.

Bonny hizo llegar un tapete del sofá a su marido. Jack cesó su llanto y empezó a sonarse la nariz con poco decoro. Bonny lo miraba resignada a través del cristal del vaso vacío. El juego del vidrio con los restos de hie- lo y la luz ofrecían a la mujer curiosas imágenes deformadas de su marido.

  • -

    ¿Qué haces, Bonny? ¿Cómo puedes

estar tan tranquila en un momento así?

  • -

    ¿Sabes qué es un caleidoscopio,

querido? Estoy fragmentando tu alma, no debes tener miedo. No te va a doler.

Bonny, siguió mirando a Jack a tra- vés del vaso.

  • -

    ¿Estoy gorda, Jack?

  • -

    No te entiendo, Bonny.

  • -

    ¿Qué espero de ti cuando te hago

una pregunta?!

El que se pone remilgón, no las prueba

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