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Caballo_Maera_-_Volumen_2_(Octubre_2009).pdf - page 9 / 28

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  • -

    No, de ninguna de las maneras, ca-

riño mío, estás preciosa, justo como el primer día que te vi. ¿Te acuerdas? Aquel tipo del sombrero, un fedora marrón impecable, se mareó en la parte trasera del autobús y se acer- có hasta mi asiento para preguntar- me si le cambiaba el sitio. Acepté encantado; mi buena acción del día por la que fui extraordinariamente recompensado. Al llegar a mi nuevo asiento, no podía creer mi suerte: la muchacha más bonita de toda la co- marca estaba justamente a mi lado. Parecías un ángel, de esa clase de án- geles que beben whisky a pequeños sorbos de una petaca. Recuerdo que di gracias por la oportunidad que se me había regalado. Con todo ese alcohol pensé que sería muy fácil lle- gar a la tercera base contigo antes de la parada para el bocadillo.

Jack buscó el favor del reflejo de un espejo. De pie, frente a él, el hombre se colocó un sombrero imaginario que, sin embargo, dejaba ver su ca- beza calva y brillante.

  • -

    ¿Hacia dónde iba aquel autobús?

Tendría que comprarme un sombre- ro como el de aquel tipo.

  • -

    Jack, pide al pequeño Marty McFly

que te traiga de vuelta en su coche. ¡Maldita sea, Jack! Esta camiseta de los New Kids On The Block no es mía. Me la encontré esta mañana en la ventana de la cocina posada con gracia sobre los cordeles de tender la ropa.

Bonny dejó el vaso sobre la mesi- ta por última vez y se tumbó sobre sus carnes para mirar directamente al techo. Jack se acercó hasta ella, se arrodilló frente al sofá y besó los pies de su mujer repetidas veces. Al principio los besos eran sordos y espaciados en el tiempo, pero tras la primera docena de besos, éstos empezaron a ser más continuados y sonoramente escandalosos. Cuando Bonny creyó que la escena hubo cru- zado la delgada línea entre el ridículo y el esperpento, puso en tensión su extremidad inferior izquierda y, con un gesto seco y breve, dejó impactar su pie blando y ancho como la aleta de un buzo contra la cara del pobre

Jack que, impulsado por el golpe, re- trocedió sobre sus rodillas hasta cho- car con la mesita. El vaso se rompió contra el suelo y lo que antes era hie- lo, formó un charquito diminuto en el parqué. A Jack le hubiese gustado ahogarse en él. Sin embargo, lo úni- co que pudo hacer fue sostenerse la mandíbula y palparse con la lengua las encías para comprobar que no te- nía que lamentar bajas molares.

  • -

    Lo siento, querida.

  • -

    No era mía, Jack, pero estaba en

nuestros cordeles, así que la cogí y me la puse. No le daba importancia al hecho de que la camiseta fuese del grupo ése. Eran unos presumidos con modales de chica. Tú me cono- ces, Jack. Pero estaba en nuestra ventana. La ventana de la cocina de nuestra casa.

  • -

    Nuestro nidito, ninfa mía.

  • -

    Eleonora se presentó esta tarde en

nuestro nidito. Exigía la inmediata devolución de su camiseta, yo me negué, discutimos un rato, y cuando descubrió que la llevaba puesta su camiseta me dijo que la estaba dan- do de sí, porque estoy a reventar de gorda. Que mi teta izquierda estaba deformando la cara de Donnie. ¡Ha sido horrible, Jack!

  • -

    Te dio la locura, ¿no es cierto, pa-

lomita?

  • -

    Cuando he vuelto de nuevo en mí,

Eleonora estaba ya en el suelo. Yo se- guía llevando la camiseta, y Donnie parecía tener paperas, ¿ves?

  • -

    No sé qué vamos a hacer.

  • -

    El perrito de Eleonora lleva toda la

tarde llorando, me va a volver loca. Tráelo para que huela un rato a su vieja.

  • -

    Bonny, ¿me creíste cuando te dije

que alguien me estaba siguiendo?

  • -

    Claro que sí, pequeño Jack.

  • -

    Voy a subir a por el perro, y luego

te prepararé una “opípera” cena con todo lo que encuentre en la nevera

Pellejo que salta, a palos con él

de Eleonora. Con el estómago lleno nos calmaremos y pensaremos mejor qué hacer mañana.

Cuando Jack cerró la puerta tras de sí, Bonny empezó a roer la primera bellota, se levantó y esquivó los tro- zos de vaso para llegar a la ventana. Pasaron unos segundos hasta que la mujer pudo ver a su marido saliendo del portal para a continuación echar a correr calle abajo hasta perderse por el punto de fuga de la vía.

  • -

    Se dice opípara. Qué idiota, Jack, te

has dejado el abrigo.

Línea Recta Por Michael J. Fox

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