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creencias y prácticas se han difundido transversalmente, afectando a las iglesias cristianas de muchas maneras, creando sincretismos sutiles y relativizando la presencia de la llamada religión institucionalizada (léase “denominacional”, en el ámbito evangélico). Decía John A. Mackay, “Hay momentos en la historia de las personas y de los pueblos, particularmente en tiempos de crisis, cuando la memoria de ayer abre camino hacia el mañana, cuando el despertar de un sentido de herencia se convierte en poderoso determinante de un destino”.iv

A la luz de estos desafíos conviene preguntarnos: ¿qué legado hemos recibido de los nazarenos pioneros, nacionales y extranjeros, que con su esfuerzo tesonero llevaron adelante un trabajo que ha impactado a varias generaciones de latinoamericanos? Sin duda, como lo afirmábamos hace un tiempo “Hay una herencia que estamos en la imperiosa necesidad de preservar...Seguramente que, con el paso del tiempo, hay aspectos en nuestro ministerio como iglesia que tienen que ser revisados y adaptados a nuevos desafíos y circunstancias. Pero, en medio de todo ello, hay un núcleo de elementos que constituyen nuestra herencia como iglesia y que estamos en la responsabilidad de preservar”.v Nos proponemos revisar algunos elementos claves del legado que estamos recibiendo. Los nazarenos latinoamericanos  estamos conscientes de que somos parte de una iglesia:

1.Con un legado evangélico definido. La importante declaración registrada en nuestro Manualvi,  describe a una iglesia que está arraigada en una rica historia cristiana. Por lo tanto, nos consideramos herederos de un legado evangélico que  se conecta con la predicación de nuestro Señor Jesucristo. Hay una buena nueva que compartir, la buena nueva de Jesucristo. Los Artículos de Fe de nuestra Constituciónvii dan el

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