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Edgardo Adrián López - page 23 / 32

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Como quiera que fuere, es obvio que la reducción de los cambios históricos que signan épocas, a una lógica del aprendizaje en un contexto pautado para el consenso, desaloja en el mismo esquema comunicacional, el equívoco, el malentendido, la incomprensión, el desencuentro, la manipulación discursiva, las desigualdades en los lugares de enunciación, los afloramientos inconscientes, etc. Si fuera viable una generalización de las categorías marxistas, con el propósito de “considerar” los fenómenos de acción racional, la adecuación de medios y fines, los modos de legitimación consensuada para el aprendizaje colectivo, etcétera, no podrían ignorarse las características alienantes de las sociedades clasistas. A todas luces, es insuficiente determinar períodos según las formas universales de aprendizaje, si no se especifica en el seno de qué tipo de comuna ocurren las mismas.

Pero para el caso del capitalismo, distinguir entre principios de funcionamiento que varían acorde a cada formación de economía y sociedad, no diluye la cuestión de cuáles son los axiomas generales de la etapa burguesa en cuanto tal. Si la contradicción entre capital y labores, entre clases antagónicas, etcétera, son principios universales del modo productivo capitalista, lo que queda es particularizar tales “axiomas” en cada tipo de formas de economía y sociedad y no buscar imaginarios principios de funcionamiento, en oposición a los axiomas globales. Y si aceptamos que el modo de producción burgués articula de una manera específica, las contradicciones entre trabajo objetivado y labor viva, entre tarea necesaria y plustrabajo, dando por resultado la génesis de supervalía y la reproducción en escala ascendente del capital, entonces no es posible que el capitalismo postliberal continúe siendo burgués, sin la participación de las tensiones aludidas.

Que la lucha de clases sea latente y no explícita, propensa a estallar en rebeliones, no es una evidencia de que la misma haya dejado de ser un principio de funcionamiento. A su vez, la conversión del antagonismo de clases en un “compromiso” nos tiene que motivar a pensar qué dispositivos condujeron a la identificación del oprimido con su mortificador (Deleuze y Parnet, 1988). La contribución de Habermas consiste aquí, en que llamó la atención acerca de cómo los mecanismos dialógicos del discurso social gestor de una voluntad mayoritaria de ciudadanos “juiciosos”, son más bien una transustanciación ideológica de la realidad y sin duda, una domesticación por las socializaciones primaria y secundaria.

La transformación en ideología de ciencia y técnica, en cuanto racionalización de la explotación, no lleva a creer que los modos racionales de polémica son la “infraestructura” de la sociedad. Por añadidura, el rol de la ciencia y la técnica en el

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