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Leyendo día a Día en Timoteo y Tito - page 54 / 76

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propio trabajo y el del ocioso también.

Un punto final sobre este retrato en 2.4 al 6: Sabemos que el servicio es desenredado, obediente y constante, pero vemos que el galardón es tripartito también:

●  2.4 Recibimos el alto honor de su aprobación personal; agradarle a Él debe ser galardón suficiente en sí, como si no hubiera otro alguno.

●  2.5 Anticipamos la corona que será dada al fin de la carrera por servicio fiel; Pablo la esperaba también, 4.8.

●  2.6 Es nuestro privilegio participar de los frutos de nuestra labor aun mientras trabajemos.

60 El obrero y la Palabra

Pasemos ahora a la figura del obrero que se utiliza en el 2.15. “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad”. La meta aquí es como la del 2.4; es agradar al Señor. Sin embargo, la cosa que le agrada es diferente. En el versículo 15 el punto clave es la habilidad en el servicio; o, si quiere decirlo así, la mente recta para poder usar la Palabra.

La expresión que Pablo emplea aquí, traducida usa bien, ha dado origen a mucha especulación en cuanto a su sentido exacto. Es una de esas palabras figurativas a las cuales nos referimos en un capítulo anterior. El significado al pie de la letra es cortar rectamente pero varias son las interpretaciones dadas a lo que el escritor tenía en mente. Se ha pensado en el padre que divide el pan entre los miembros del hogar, en el sacerdote que dividía en partes el sacrificio levítico, en el labrador que ara en línea recta, y hasta en el marinero que dirige la barca sin desviar.

Algunas de estas figuras nos dan buenas sugerencias, pero el pasaje en sí no apoya la mayoría de ellas. No se trata del padre, del sacerdote o el marinero, sino del “obrero”. Por medio del estudio y la práctica, este obrero ha adquirido una habilidad en su trabajo que le permite presentarse ante su Maestro como uno que ha logrado, y puede lograr, hacer trabajos que no le dan vergüenza alguna.

Del servicio de Cristo mismo ninguno puede tener por qué avergonzarse —véanse 1.8,12,16— pero de nuestros propios esfuerzos tenemos a veces amplias razones por sentirnos avergonzados. No hemos dado lo mejor de nosotros mismos; si en verdad hemos dado lo mejor de lo nuestro, no es tan bueno como debería ser. No hemos progresado como pudiéramos haber progresado; Pablo animó a Timoteo, “Practica estas cosas. Ocúpate en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos”, 1 Timoteo 4.15.

Muchos de los que dicen haber emprendido el viaje al cielo desde hace tiempo no dan evidencia de haberse adelantado. Aun entre los que tienen años ministrando a los salvos y no salvos, hay quienes parecen no haber avanzado ni una tilde en su comprensión de las cosas de Dios.

El contexto de la exhortación de usar bien la Palabra de verdad sirve para hacer hincapié en la importancia de la misma. Timoteo estaba rodeado de hombres que contendían sobre palabras que nada aprovechaban, sino que eran para perdición de los oyentes.

Algunos de éstos, como Himeneo y Fileto, estaban diseminando doctrina errónea acerca de la resurrección, 2.18. Por supuesto, el siervo del Señor tendría que contender por la fe contra los tales. Eran, sin embargo, hombres capaces. No se puede decir que haría falta un hombre todavía más capaz para confrontar a éstos, porque ésta no es la manera como opera Dios. Pero no hay duda que haría falta un hombre que había estudiado la Palabra de Dios; además, haría falta uno, en palabras de Hebreos 5.14, con sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal. Equipado así, y guiado por el Espíritu Santo, él estaría en condiciones de llevar a cabo el mandato al final del capítulo: corregir a los que se oponen en contra de la verdad.

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