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Leyendo día a Día en Timoteo y Tito - page 73 / 76

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Cuán expresivo es todo esto en el contexto del hombre en la asamblea cuyo ministerio no es para provecho pero quiere hablar cada vez que se presenta oportunidad, apagando el legítimo ministerio del Espíritu Santo y fastidiando a los oyentes. El remedio es gráfico: ¡póngale bozal! Es mejor hacer esto que dejar que toda la congregación sufra.

El rechazo, Tito 3.10,11: “Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo, sabiendo que el tal se ha pervertido, y peca y está condenado por su propio juicio”. El caso ahora no es de uno cuya enseñanza es errónea, sino sus interpretaciones de las Escrituras son divisorias; a menudo se encuentra en uno que cree practicar una mayor fidelidad a la Palabra de Dios. El ruego de Romanos 16.17,18 es: “que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos”.

Este individuo debe ser advertido dos veces cuando menos. Si no hace caso, debe ser desechado. Algunos entienden que esto quiere decir aislado, pero notamos que Pablo agrega que el tal “se ha pervertido, y peca y está condenado por su propio juicio”, y esto podría indicar que se debería rechazar de uno todo a aquel que está continuamente dividiendo al pueblo de Dios.

Mucho dependería de la naturaleza de su enseñanza, si amerita o no la excomulgación. Lo cierto es que el hombre requiere un trato severo si persiste aun habiendo sido amonestado dos veces.

Finanzas

En Hechos de los Apóstoles, donde encontramos el registro histórico de la base y desarrollo de la Iglesia desde su comienzo en Jerusalén hasta existir muchas asambleas en los centros principales del Imperio Romano, es llamativa la muy escasa mención de cómo la obra fue sostenida económicamente. Por ejemplo, los gastos de viaje del apóstol Pablo y sus colaboradores tienen que haber sido significativos, pero casi no se toca el punto.

Esto está en marcado y preocupante contraste con la publicidad y solicitudes por fondos, muchas veces de alta presión, que encontramos hoy día de parte de algunos que apelan por aportes para llevar a cabo sus actividades en la obra de Dios. Pablo nos cuenta que la iglesia en Filipos le envió ayuda una y otra vez, Filipenses 4.15,16, pero no leemos nada en este sentido en cuanto a la asamblea en Antioquía que le había encomendado a la obra.

Nuestro Señor, tanto en sus enseñanzas como en sus prácticas en los Evangelios, tiene mucho por decir acerca del dinero y la relación de sus discípulos con el dinero. Han debido considerarse a sí mismos como administradores, o mayordomos, y no como propietarios de las cosas materiales en su haber.

En las Epístolas se desarrolla esta enseñanza básica. Los creyentes primitivos, con algunas excepciones, eran pobres en lo material pero ricos en la fe. En aquel entonces, como ahora, eran aquellos que menos tenían que más daban. De los macedonios se cuenta que, “en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad”, 2 Corintios 8.2.

Las cartas a los corintios son nuestra principal fuente de información sobre cómo las iglesias de aquel entonces financiaron las diversas actividades que les ocupaban. Se relata que era en el primer día de la semana —obviamente el día en que toda la congregación acostumbraba reunirse— que cada uno ha debido poner aparte algo conforme a cómo el Señor  le  había  prosperado, 1 Corintios 16.1,2. No se sometía a nadie a presión; el motivo era el amor y el sentido de responsabilidad a devolverle a Dios lo que El les había concedido. El principio en cuanto al apoyo de los obreros se expone en 1 Corintios 9. En 2 Corintios 8 y 9 está la enseñanza sobre las necesidades específicas tales como la ayuda a los necesitados en tiempo de hambre.

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