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Leyendo día a Día en Timoteo y Tito - page 76 / 76

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poder del apóstol Pablo. C.H. Spurgeon describió esta práctica moderna como la imposición de manos vacías sobre manos vacías.

¿Pero acaso Dios no otorga dones espirituales sobre su Iglesia hoy día? ¡Qué sí! Es una de las grandes prerrogativas de la Cabeza de la Iglesia, nuestro Señor Jesucristo. “A cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres. ... El mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de Cristo”, Efesios 4.7 al 13.

El dio a la Iglesia primitiva los dones de apóstoles y profetas, y continúa dando los de evangelista, pastor y maestro. Pareciera que el don conferido a Timoteo fue triple. Pablo le exhorta en 2 Timoteo 2.5 a hacer la obra de evangelista, pero vemos que era un pastor / maestro ideal en Éfeso. Su estadía fue corta, como ya hemos mencionado. Resueltamente no era el obispo ni el pastor en Éfeso, sino uno enviado para emplazar a otros a no enseñar doctrina falsa ni prestar atención a fábulas. Una vez realizada esta comisión, él debería juntarse con el apóstol, 2 Timoteo 4.9,11,21.

Podemos decir lo mismo en cuanto a la misión de Tito en Creta. “Cuando envíe a Artemas o a Tíquico, apresúrate a venir a mí en Nicópolis”, Tito 3.12. La exhortación a no descuidar el don, sino avivarlo, muestra la necesidad de desarrollo a lo largo de la vida en cualquier capacidad que nos haya sido conferida. Esto se hace sólo por el estudio de la Palabra de Dios y el ejercicio continuo del don. “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad”, 2 Timoteo 2.15.

Por un lado hay el otorgamiento divino del don y por otro lado debe haber en uno el trabajo diligente y arduo para desarrollarlo. Como en la esfera física, donde ciertos órganos o funciones del cuerpo tienden a atrofiarse cuando falta el debido ejercicio, así en la espiritual. El fuego que ardía, dando luz y calor, es propenso a ser apagado; hace falta el oxígeno y energía del Espíritu Santo para avivarlo.

Oh, ¡cuán grande la necesidad de hombres con don en estos tiempos para llevar adelante la obra de Dios! Se escasea marcadamente el verdadero don de pionero para evangelizar en tierra virgen. El cuerno del carnero no está anunciando juicio, ni la trompeta de plata está anunciando redención. A menudo son sustituidos por una simpática homilía sobre las noticias del día, prácticamente sin mención de las grandes verdades del pecado, el arrepentimiento y el glorioso remedio en la cruz de Cristo.

¿A dónde podemos acudir y qué podemos hacer para encontrar y desarrollar estos dones en nuestros días? Más de todo, dependemos de la Cabeza de la Iglesia para conferirlos. Pero es responsabilidad del individuo con don avivarlo, y es responsabilidad de creyentes mayores animarlos en esto como hacía Pablo.

El nos da una pauta en sus instrucciones a Timoteo sobre el ministerio de la Palabra en las asambleas: “Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros”, 2 Timoteo 2.2. Esta es la legítima sucesión apostólico. Debemos estar constantemente en la búsqueda de hombres de menor edad que sean poseídos de gracia y se caractericen por espiritualidad. Donde hay evidencia de don, debemos animarlos a ejercerlo y desarrollarlo, pero a la vez a entregarse al cuidadoso, acertado y consecutivo estudio de la Palabra de Dios.

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