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INTRODUCCIÓN A LA DISCIPLINA

Al igual que las otras disciplinas artísticas, la música opera dentro del campo simbólico. En ese marco y a través de la metáfora, se constituye a partir de una mirada particular del entorno. Y mediante este proceso, adquiere sentido dentro de un marco cultural y socio-histórico en el que acontece, relacionándose con él a partir de determinados conceptos, valores y procedimientos. En esta relación de ida y vuelta, la música es a un tiempo producto del contexto, y productora de múltiples sentidos que inciden sobre el entorno y lo trasforman.

A partir de esta particular relación, se puede hablar de la música como conocimiento, ya que la música –en tanto arte-, junto con la ciencia y la filosofía, genera explicaciones del mundo, organizaciones discursivas que intentan dar sentido al universo de fenómenos que nos rodean. Y lo hace a partir de formar -y operar con- conceptos que le son propios y forman parte de su corpus específico de conocimiento. El tiempo, el espacio, las relaciones de estructura, proximidad, cercanía, volumen, tamaño y duración, son conceptos que la música encarna metafóricamente en organizaciones poéticas. Estas construcciones podrán ser ambiguas, constituirse a partir de lo presentacional antes que lo proposicional; tal vez sugieran más de lo que enuncien y fortalezcan su sentido a partir de una preocupación por la forma, por el cómo decir. Sin embargo, aún con un alto grado de abstracción y lejanía frente al objeto, la música presenta una clara voluntad constructiva y expresiva a partir de estructuras en cuya génesis operan aspectos tanto emocionales como racionales y valorativos. Partimos entonces del reconocimiento de una dimensión poética de la música, en estrecha vinculación con una dimensión social e histórica.

Los contextos de validación han privilegiado diversos modos de hacer, en permanente tensión, que han producido a lo largo de la historia premisas sobre el hacer, teorías del arte que han signado la producción de una época y un lugar. Pero en la medida en que reconozcamos a la música como un saber, estaremos hablando de un conocimiento específico, de un lenguaje que puede ser enseñado y aprendido. La música permite el acceso a saberes específicos, presentes en la compleja red simbólica de las representaciones sociales, construidas a lo largo de la historia, donde las posibles lecturas de los discursos estéticos, mediados por la metáfora y la cultura de referencia, introducen al sujeto en la interpretación del mundo en que vive. Como construcción portadora de sentidos es susceptible de múltiples interpretaciones muchas veces vinculadas con los diversos roles en los que es posible involucrarse para su realización.

La música está atravesada, al igual que la ciencia o la filosofía, por un particular carácter interpretativo: el sujeto que produce o escucha, que interactúa con la música, es un sujeto activo e histórico, que está inserto dentro de una determinada visión del mundo propia de una época y una cultura. El saber acerca del mundo es una construcción social que se produce a partir de la tensión de estas coordenadas. Por lo tanto, el conocimiento no se produce nunca en el vacío, sino que resulta de un acto de interpretación.

Proponemos entonces a la interpretación como categoría central de la enseñanza de la música. Concepto que debemos reexaminar, ya que tradicionalmente ha recibido distintos usos en el ámbito musical, y que dentro del campo pedagógico se ha superpuesto, confundido o separado de la percepción.

PROFESORADO DE MÚSICA (ORIENTACIÓN EN EDUCACIÓN MUSICAL)

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