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Por Jochen Mattern Edición: Andrés Zepeda - page 2 / 17

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América provee de recursos naturales a Occidente desde la llegada de los españoles en 1492. Con la industrialización a finales del siglo diecinueve, y con la masificación del automóvil y el tráfico aéreo, el petróleo pasó a convertirse en el recurso no renovable más importante: el motor de la economía mundial. No obstante, la creciente computarización del mundo, observable a partir de los años noventa, aumentó la demanda de otros recursos naturales como el cobre, el níquel, el litio y el cobalto. Este fenómeno dio origen, a finales de la década pasada, al auge de la llamada nueva economía, que terminó a principios de este siglo con un colapso en las bolsas de valores.

A partir de entonces los precios de estos recursos han aumentado a niveles record, teniendo como efecto, por un lado, una recesión de la economía mundial, y por otro lado, la prosperidad de la industria extractiva hasta llegar a convertirse, en los últimos tres años, en el sector con las ganancias más altas a nivel mundial.

Ya en 1968 el Club de Roma alertaba sobre los posibles cambios climáticos que podían ocurrir al seguir produciéndose más y más gases de escape y contaminantes, cuyo aumento limita drásticamente las posibilidades de una vida en prosperidad para las futuras generaciones. Estas advertencias fueron mencionadas nuevamente por la Comisión de Brundland en su reporte de 1989, luego en la Cumbre de Río de Janeiro en 1992 (donde se introdujo el concepto de desarrollo sostenible), y más adelante en el Protocolo de Kyoto, elaborado en 1995. Los primeros estragos causados por el calentamiento global

  • el llamado efecto invernadero– ya se hacen sentir.

Cabe destacar que muchas de las ganancias que provienen de la explotación de recursos naturales benefician el crecimiento acelerado de las naciones- mercado emergentes. En América Latina figuran sobre todo Brasil, México, Chile y Venezuela; Bolivia, con su plan de nacionalización, podría ser otro candidato. A nivel mundial destaca el caso de Rusia.

Pero existen países en donde no son empresas nacionales las que reciben la mayor parte de las ganancias. Es el caso, por ejemplo, de Nigeria, Indonesia o Centroamérica. Aquí son compañías grandes de la industria extractiva (con sede, capital y beneficiarios foráneos) las que se reparten las tajadas más grandes del pastel. Guatemala es emblemática en esta categoría porque demuestra cómo a través de la industria extractiva han coincidido intereses económicos, geoestratégicos e ideológicos, incluyendo a empresarios, militares, políticos, funcionarios públicos y corporaciones transnacionales.

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