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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 10 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

ambas partes salen siempre más perjudicadas que beneficiadas? Y de los que sucumben, no hay ni que hablar, como se dijo de los megarenses .

Cuando se forman en batalla las acorazadas filas de ambos ejércitos y suenan los cuernos con ronco clamor , ¿de qué servirían esos sabios, exhaustos por el estudio, cuya sangre aguada y fría apenas puede sostenerles el alma? Hacen falta entonces hombres gruesos y vigorosos, en los que haya un máximo de audacia y un mínimo de reflexión, a menos que se prefiera como tipo de soldado a Demóstenes, quien siguiendo el consejo de Arquíloco, apenas divisó al enemigo arrojó el escudo y huyó, mostrándose tan cobarde soldado cuanto experto orador.

Pero el talento, se dirá, es de grande importancia en las guerras. Convengo en ello en lo referente al caudillo, y aun éste debe tenerlo militar y no filosófico. Por lo demás, son los bribones, los alcahuetes, los criminales, los villanos, los estúpidos y los insolventes y, en fin, la hez del género humano quienes ejecutan hazañas tan ilustres, y no los luminares de la filosofía.

[24] De cuán inútiles sean éstos en cualquier empleo de la vida puede ser testimonio el mismo Sócrates, calificado, y sin sabiduría alguna, por el oráculo de Apolo como único sabio, el cual trató de defender en público no sé qué asunto y tuvo que retirarse en medio de las mayores carcajadas de todo el mundo. Sin embargo, este hombre no desbarraba completamente, porque no quiso aceptar el título de sabio y lo reservó sólo para Dios, y porque consideró que el sabio debía abstenerse de tratar de los negocios públicos , aun cuando debiera haber aconsejado más bien que se abstenga de la sabiduría quien desee contarse en el número de los hombres. ¿Qué fue si no la sabiduría lo que le llevó a ser acusado y a tener que beber la cicuta? Pues mientras filosofaba sobre las nubes y las ideas, y medía las patas de una pulga e investigaba el zumbido de un mosquito, no aprendía aquellas cosas que tocan a la vida normal. Acudió a defender al maestro en el juicio cuando le peligraba la cabeza, su discípulo Platón, abogado tan ilustre que, desconcertado por el estrépito de la plebe, apenas si pudo concluir con el primer párrafo. ¿Qué diré ahora de Teosfrato? Al empezar una arenga, enmudeció repentinamente como si hubiese visto al lobo . Aquel que animaba al soldado en la batalla, Isócrates, no se atrevió nunca, por lo tímido del genio, ni a despegar los labios. Marco Tulio Cicerón, padre de la elocuencia romana, comenzaba sus discursos con temblorpoco gallardo, como niño balbuciente, lo cual interpretaba Fabio Quintiliano ser propio de orador sensato y conocedor del peligro. Al exponer esto, ¿puede dejar de reconocerse paladinamente que la sabiduría obsta a la brillante gestión de los asuntos? ¿Qué habrían hecho los sabios si éstos se despachasen con las armas cuando se desmayan de miedo al combatir sólo con palabras desnudas?

Después de todo esto se celebra aún, ¡alabado sea Dios!, aquella famosa frase de Platón: «Las repúblicas serían felices si gobernasen los filósofos o filosofasen los gobernantes ». Sin embargo, si consultáis a los historiadores, veréis que no ha habido

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príncipes más pestíferos para el Estado que cuando el poder cayó en manos de algún filosofastro o aficionado a las letras. Creo que de ello ofrecen bastante prueba los Catones, de quienes el uno alborotó la tranquilidad del Estado con sus insensatas denuncias, y el otro reivindicó con sabiduría tan desmesurada la libertad del pueblo romano, que la arruinó hasta los cimientos.

Añadidles los Brutos, los Casios, los Gracos y el mismo Cicerón, que no fue menos dañoso al Estado romano que Demóstenes el ateniense. Marco Antonino, aunque otorguemos que fue buen emperador, y cabría discutirlo, sehizo pesado y antipático a los ciudadanos por esta misma razón; es decir, por ser tan filósofo. Pero aunque fuese bueno, según concedemos, tuvo más de funesto, por haber dejado tal hijo , de lo que pudo haber de saludable en su administración. Precisamente esta especie de hombres que se da al afán de la sabiduría, aun siendo desgraciadísimos en todo, lo son por modo especial en la procreación de los hijos, lo cual me parece obedecer a la providencia de la naturaleza para que el daño de la sabiduría no se extienda más entre los hombres.

Así consta que el hijo de Cicerón fue un degenerado y que aquel gran sabio Sócrates tuvo hijos más semejantes a la madre que al padre, según escribió acertadamente uno; es decir, que fueron tontos.

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Podría tolerarse que en los asuntos públicos sean como asnos tocando la lira,

si no fuese que en todas las demás funciones de la vida no acreditan ser más diestros. Llevad un sabio a un banquete y lo perturbará o con lúgubre silencio o con preguntitas fastidiosas. Introducidle en un baile y os parecerá, danzando, un camello. Conducidle a un espectáculo y con su solo semblante disipará toda diversión y se le obligará a salir del teatro, como al sabio Catón, si no logra desarrugar el entrecejo. Si mete cucharada en una conversación, caerá de improviso como el lobo en la fábula. Si algo hay que compraro que convenir, en suma, cuando se trate de estas cosas sin las cuales esta vida

cotidiana no puede pasar, dirás que este sabio es un leño y no un hombre.

Añadiré que no puede ser útil en nada ni a sí, ni a la patria, ni a los suyos, porque es inexperto en las cosas corrientes y discrepa largamente de la opinión pública y de los estilos normales de vida, de lo cual, por cierto, preciso es que siga el odio contra él, por ser tanta la disparidad de conducta y sentimientos. Pues ¿qué se trata entre los hombres que no sea necio del todo y que no esté hecho por los necios y para los necios? Por ello, si alguien a solas quisiese contrariar la corriente general, yo le aconsejaría que, imitando a Timón , emigre a algún desierto y allí, a solas, disfrute de su sabiduría.

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Retornaré, empero, a lo que había dejado sentado antes: ¿qué fuerza ha podido

reunir en ciudad a hombres berroqueños, acorchados y salvajes sino la adulación? No significa otra cosa la famosa cítara de Anfión y de Orfeo ? ¿Qué otra cosa llamó a la concordia ciudadana a la plebe de Roma, cuando estaba en el extremo de la confusión? ¿Acaso algún discurso filosófico? En absoluto: El risible y pueril apólogo del vientre y

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