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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 12 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

persona que dé vida a diversos papeles, de suerte que quien acababa de salir como rey con su púrpura, interpreta luego a un triste esclavo andrajoso. Todo el mecanismo permanece oculto en la sombra, pero esta comedia no se representa de otro modo.

Si un sabio caído del cielo apareciese de súbito y clamase que aquel a quien todos toman por rey y señor ni siquiera es hombre, porque se deja llevar como un cordero por las pasiones y es un esclavo despreciable, ya que sirve de grado a tantos y tan infames dueños; que ordenase a estotro que llora la muerte de su padre, que ría, porque por fin ha empezado la vida para aquél, ya que esta vida no es sino una especie de muerte; que llamase plebeyo y bastardo a aquel otro que se pavonea de su escudo, porque está apartado de la virtud, que es la única fuente de nobleza; y si del mismo modo fuese hablando de todos los demás, decídme: ¿qué conseguiría sino que cualquiera le tomase por loco furioso?

Porque nada más estulto que la sabiduría inoportuna ni nada más imprudente que la prudencia descaminada, y descaminado anda quien no se acomoda al estado presente de las cosas, quien va contra la corriente y no recuerda el precepto de aquel comensal de «O bebe, o vete», pretendiendo, en suma, que la comedia no sea comedia.

Por el contrario, será en verdad prudente, quien, sabiéndose mortal, no quiere conocer más que lo que le ofrece su condición, se presta gustoso a contemporizar con la muchedumbre humana y no tiene asco a andar errado junto con ella. Pero en esto, dirán, radica precisamente la Estulticia. No negaré que así sea, a condición de que se convenga en que tal es el modo de representar la comedia de la vida.

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Lo que resta, ¡oh dioses inmortales!, ¿lo diré o lo callaré? Por lo demás, ¿por qué

he de callarlo si es de toda veracidad? Mas en cosa de tan gran importancia quizá convendría invocar a las Musas del Helicón, a las que suelen acudir los poetas con más frecuencia por verdaderas bagatelas. Acorredme, pues, un momento, hijas de Júpiter, para que demuestre que sin contar con la Estulticia como guía no habrá quien llegue a la excelsa sabiduría nia la llamada fortaleza de la felicidad. Es manifiesto, primeramente, que todas las pasiones humanas corresponden a la Estulticia, puesto que el sabio se distingue precisamente del estulto en que aquél se gobierna por la razón y éste por las

pasiones.

Por tal razón los estoicos apartan del sabio todos los desórdenes, como si fuesen enfermedades; sin embargo, las pasiones hacen las veces de orientadores de quienes se dirigen hacia el puerto de la sabiduría, sino que también en cualquier ejercicio de la virtud suelen ayudar como espuela y acicate en exhortación a obrar bien.

Aunque el estoicísimo Séneca protesta enérgicamente contra esto y libera, por el contrario, al sabio de toda pasión, al hacerlo así no deja en él nada humano, sino más bien a un nuevo dios o a una especie de demiurgo, que ni ha existido hasta ahora, ni existe ni existirá; es más, para decirlo más claro, labró una estatua marmórea de hombre, impasible y ajeno a toda sensación humana. Por tanto, si les place, gocen de este sabio

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suyo, ámenle por encima de cualquier rival y convivan con él en la república de Platón o, si lo prefieren,en la región de las ideas, o en los jardines de Tántalo. ¿Habrá quien no huya o se horrorice de tal tipo de hombre, como de un monstruo o un espectro que se ha querido ensordecer a todas las sensaciones de la naturaleza, que carece de pasiones y no se conmueve por elamor ni por la misericordia más «que si de duro pedernal fuese

  • o

    de mármol marpesio »; de un hombre de quien nada escapa, que nunca yerra, sino

que, como Linceo , todo lo descubre, que nada deja de juzgar escrupulosamente y nada ignora; que sólo está contento de sí mismo y se tiene por el único opulento, el único sano, el único rey, el único libre y, en suma, el único en todo, aunque ello no acontezca sino en su opinión; que no se entretiene con amigo alguno, porque no sabe lo que es un amigo; que no vacila en echar a rodar a los dioses, y que todo cuanto ve efectuarse en la vida lo condena o lo ríe como si fuese una locura? Tal es la especie de animal considerado sabio absoluto.

Decidme: Si la cuestión se resolviese por sufragio, ¿qué república querría a un magistrado de este género o qué ejército desearía semejante general? Más aún: ¿qué mujer desearía o toleraría a tal especie de marido, o qué anfitrión a tal invitado, o qué criado a un amo de este genio? ¿Quién no preferiría a uno cualquiera de entre la cáfila de hombres más estultos que, a fuer de estulto, pueda mandar u obedecer a los estultos; que agrade a sus semejantes, que son la mayoría; que sea complaciente con la mujer, alegre con los amigos, atento con los invitados y grato comensal y, en suma, que no extrañe nada humano?

Pero este sabio me ha empezado a dar lástima; por ello el discurso se dedicará ahora a los demás beneficios que dispenso.

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Veamos: Si alguien volviese la vista a su alrededor desde lo alto de una excelsa

atalaya, como los poetas le atribuyen hacer a Júpiter, vería cuántas calamidades afligen la vida humana, cuán mísero y cuán sórdido es su nacimiento, cuán trabajosa la crianza, a cuántos sinsabores está expuesta la infancia, a cuántos sudores sujeta la juventud, cuán molesta es la vejez, cuán dura la inexorabilidad de la muerte, cuán perniciosas son las legiones de enfermedades, cuántos peligros están inminentes, cuánto desplacer se infiltra en la vida, cuán teñido de hiel está todo, para no recordar los males que los hombres se infieren entre sí, como, por ejemplo, la miseria, la cárcel, la deshonra, la vergüenza, los tormentos, las insidias, la traición, los insultos, los pleitos y los fraudes.

Pero estoy pretendiendo contar las arenas del mar...

No me es propio explicarahora por qué razón los hombres han merecido tales cosas

  • o

    cual fue el dios encolerizado que les hizo nacer en el seno de estas miserias, pero el

que las considere para su capote, ¿acaso no aprobará el caso de las doncellas de Mileto, aunque se compadezca de ellas? ¿Y quiénes fueron, sobre todo, los que acusaron de tedioso al sino de su vida? ¿No fueron los familiares de la sabiduría? Entre ellos, pasando por alto a los Diógenes, Jenócrates, Catones, Casios y Brutos, citaré a aquel

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