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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 13 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

ilustre Quirón que, pudiendo ser inmortal, optó por la muerte.

Creo que ya os dais cuenta de lo que ocurriría si de modo general los hombres fuesen sensatos, es decir, que haría falta otra arcilla y otro Prometeo alfarero . Pero yo, en parte por ignorancia, en parte por irreflexión, algunas veces por olvido de los males, ora por la esperanza de bienes, ora derramando un poco de la miel del placer, voy acorriendo a tan grandes males, de suerte que nadie se complace en dejar la vida aunque se le haya acabado el hilo de las Parcas y espera que sea la misma vida la que se deje a él; lo que menos causa debía ser de que le correspondiese vivir, es lo que más ansias le da de ello. ¡Tan lejos están de que les afecte ningún tedio de la vida!

Es beneficio especial mío que podáis ver por doquier a viejos de nestórea senectud

en los que ya no sobrevive ni la figura humana, balbucientes, chochos, desdentados, canosos, calvos, o, para describirlos mejor, con palabras aristofánicas, «sucios, encorvados, miserables, calvos, llenos de arrugas, sin dientes », pero que se deleitan con la vida y aun aspiran a rejuvenecerse, de suerte que uno se tiñe las canas, el otro disimula la calva con una cabellera postiza, el de más allá se vale de los dientes que acaso adquirió de un cerdo y aquél se perece por alguna muchacha y supera en tonterías amatorias a cualquier adolescente, pues es frecuente, y casi se aplaude como cosa meritoria que cuando están ya con un pie en la tumba y no viven sino para dar motivo a un ágape funerario, se casen con alguna jovencita, sin dote, que tendrá que ser disfrutada por otros.

Pero mucho más divertido, si se pone atención en ello, es ver a ancianas que hace

mucho que tienen edad de haberse muerto y aun ponen cara de estado y de haber retornado de los infiernos, que tienen siempre en la boca aquella frase de que «es bueno ver la luz del día»; llegan a entrar en celo según suelen decir los griegos, como machos cabríos, y compran a buen precio a algún Faón; se embadurnan asiduamente el rostro con afeites; no se separan del espejo; se depilan el bosque del bajo pubis; exhiben los pechos blandos y marchitos; solicitan la voluptuosidad con trémulo gañido, y acostumbran a beber, a mezclarse en los grupos de las muchachas y a escribir billetes amorosos.Todos se ríen de estas cosas teniéndolas por estultísimas, como lo son, pero ellas están contentas de sí mismas y entretenidas, mientras, con vivos placeres; la vida les resulta una pura miel y son felices gracias a mi favor.

Querría yo que quienes consideren ridículas estas cosas mediten si no es mejor conseguir una vida dulce gracias a tal estulticia que ir buscando, como dicen, un árbol de donde ahorcarse, pues aunque por el vulgo estas cosas sean tenidas por deshonrosas infamias, ello no importa a mis estultos, puesto que dicho mal, o no lo sienten o, si lo sienten, lo desprecian con facilidad. Si les cae una piedra en la cabeza, esto sí que es un verdadero mal, pero como la vergüenza, la deshonra, el oprobio y las injurias no hacen más daño del caso que se les hace, dejan de ser males si falta el sentido de ellas. ¿Qué te importará que todo el pueblo te silbe, con tal de que tú mismo te aplaudas? Y solamente la Estulticia puede ayudar a que ello sea posible.

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Pero me parece oír protestar a los filósofos: «Es deplorable esto de vivir

dominado por la Estulticia —dicen— y, por ende, errar, engañarse, ignorar». Ello es propio del hombre, y no veo por qué se le ha de llamar deplorable, cuando así nacisteis, así os criasteis, así os educasteis y tal es la común suerte de todos. No tiene nada de deplorable lo que pertenece a la propia naturaleza, a no ser, quizá, que se considere que hay que compadecer al hombre porque no puede volar como las aves, ni andar a cuatro patas como los demás animales, ni está armado de cuernos como el toro. Del mismo

modo se podría calificar de aprendido gramática ni come

desdichado tortas; o de

a un hermosísimo caballo porque no infeliz a un toro porque no es apto para

ha la

palestra. Así, pues, tal como el caballo imperito en gramática no es desgraciado, así no es infeliz tampoco el estulto, porque el serlo es coherente con su naturaleza. Pero contra esto apremian los sofistas: «El conocimiento de las ciencias es cualidad

peculiar del hombre, quien, con el auxilio de ellas, compensa con el talento aquellas cosas en que la naturaleza le ha desfavorecido.» Como si tuviese algún asomo de verdad el que la naturaleza que veló tan solícitamente en favor de los mosquitos, y aun de las hierbas y las florecillas, hubiesesólo dormitado en el caso del hombre, haciendo que le fuesen necesarias las ciencias, inventadas por el pernicioso genio de aquel Teuto para sumo perjuicio del género humano, ya que no sirven para alcanzar la felicidad y estorban a lo propio para que fueron descubiertas, como un rey muy sabio dijo gallardamente, según Platón, a propósito del invento de la escritura .

Por tanto, las ciencias irrumpieron en la vida humana junto con tantas otras

calamidades, y por ello a los autores de todos los males se les llama «demonios», equivalente a dah/monaj , que significa los que saben.

¡Qué sencilla era aquella gente de la Edad de Oro, desprovista de toda ciencia, que vivía sólo con la guía e inspiración de la naturaleza! ¿Para qué, pues, les hacía falta la gramática, cuando el idioma era el mismo para todos ni se pedía otra cosa al lenguaje sino que las gentes se entendiesen unas con otras? ¿De qué habría servido la dialéctica, donde no había conflicto alguno entre opiniones encontradas? ¿Qué lugar podía ocupar entre ellos la retórica, si nadie se proponía crear dificultades a otro? ¿Para qué se necesitaba la jurisprudencia, si estaban apartados de las malas costumbres, de las cuales, sin duda, han nacido buenas leyes? Además, eran demasiado religiosos para escrutar con impía curiosidad los secretos de la naturaleza, las dimensiones de los astros, sus movimientos y efectos y las causas ocultas de las cosas. Consideraban pecaminoso que el hombre mortal tratase de saber más de lo que compete a su condición, y la locura de averiguar lo que había más allá del cielo ni siquiera les venía a la imaginación.

Mas perdiéndose poco a poco la pureza de la Edad de Oro, fueron primeramente

inventadas las ciencias por los malos genios, según dije, pero éstas eran aún pocas y pocos quienes tenían acceso a ellas. Después añadieron otras mil la superstición de los caldeos y la ociosa frivolidad griega, que no son sino tormentos de la inteligencia, hasta

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