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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 15 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

como si la misericordia de los dioses se los hubiese otorgado para alegrar la tristeza de la vida humana.

De donde resulta que mientras los demás hombres están unidos por afectos varios, éstos, por aquella razón, son aceptados por todos como de los suyos, en pie de igualdad, y se les busca, se les regala, festeja, abraza, socorre si lo necesitan y se les tolera sin sanción todo cuanto dicen o hacen. Hasta tal punto nadie desea hacerles daño, que las mismas fieras se contienen de herirles, como por cierta intuición de su natural inocencia. Están, pues, en el sagrado de los dioses y, sobre todo, en el mío, y por ello nadie considera injusto tal privilegio.

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¿Y qué diréis si afirmo que incluso gozan de la gracia de los máximos reyes, de

suerte que algunos no saben comer, ni andar, ni pasar una hora sin ellos? Muy a menudo anteponen estos tontilocos a sus aburridos sabios, a los cuales algunas veces mantienen porpura vanidad. El porqué de esta preferencia no me parece oscuro ni cosa de admiración, pues tales sabios no suelen acudir a los príncipes con nada que no sea triste y, engreídos con su doctrina, no se recatan de herir oídos delicados con verdades mordaces; en cambio, los bufones proporcionan lo único que los príncipes buscan por

doquier de mil maneras: bromas, risas, carcajadas y placeres.

Fijaos de modo especial en una cualidad, nada despreciable, de los estultos, que es el ser los únicos francos y veraces. ¿Hay cosa más digna de aplauso que la verdad? Aun cuando Alcibíades, en aquel proverbio platónico, sitúe la verdad únicamente en el vino y en la infancia , ello no obsta a que se me deba de modo peculiar toda alabanza, y, si no, acudamos al testimonio de Eurípides, de quien se conserva aquel célebre dicho acerca de mí, según el cual «el necio no dice más que necedades ». Todo cuanto lleva el necio en el pecho, lo traduce a la cara y lo expresa de palabra. En cambio, el sabio tiene dos lenguas, como recuerda el mismo Eurípides diciendo que una de ellas es la que usan para decir la verdad y con la otra las cosas que consideran convenientes según el momento . Es propio de ellos transformar lo negro en blanco, y, con la misma boca, soplan simultáneamente a lo frío y a lo caliente , porque media gran distancia entre lo que esconden en el pecho y lo que fingen de palabra.

Los príncipes, empero, aun viviendo en el seno de tanta dicha, o de lo que pretende serlo, me parecen desgraciadísimos, porque carecen de ocasión de escuchar la verdad y porque están obligados a tener a su lado aduladores en vez de amilos. Dirá alguien: «Pero es que los oídos de los príncipes aborrecen la verdad y por la misma causa rehuyen a los sabios, puesto que temen que no salga alguien demasiado liberal que se atreva a decir cosas ciertas en vez de cosas placenteras». Cierto es, la verdad es desagradable a los príncipes, pero ello viene por modo admirable en auxilio de mis necios, puesto que de ellos escuchan con placer no sólo verdades, sino hasta francos insultos, cuando las mismas palabras, proferidas por un sabio, serían materia de condena a muerte; en cambio, dicho por un necio resulta en increíble contento.

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Tiene, pues, la verdad cierta esencial facultad de agradar si en ella no va implícita ofensa, pero esta virtud no se la han concedido los dioses más que a los necios. Por esta misma razón de tal especie de hombres suelen gozarse locamente las mujeres, pues son de natural más propensos al placer y a la jocosidad. Por lo tanto, cualquier cosa que hagan en tal sentido, aunque a las veces se trate de lo más extremadamente serio, lo interpretan como broma y juego, pues tal es la tendencia natural de este sexo, sobre todo en lo que mira a encubrir sus defectos.

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Volviendo a la felicidad propia de los necios, diré que tras haber pasado la vida

con suma alegría, sin miedo ni sensación de la muerte se van derechamente a los Campos Elíseos para deleitar allí con sus bromas a las almas pías y ociosas. Vamos, pues, a confrontar la suerte de cualquier sabio con la de este necio. Imagínate, que pones delante de él a un ejemplo de sabiduría, a un hombre que ha gastado toda la infancia y toda la adolescencia en aprender las ciencias y que la parte más deliciosa de la vida la ha perdido en incesantes vigilias, cuidados y sudores y que en lo que le restaba tampoco ha degustado ni un tantico de placer, viviendo siempre sobrio, pobre, triste, malévolo y duro para consigo mismo y pesado y desagradable para los demás, pálido,macilento, enfermizo, legañoso, canoso y viejo antes de ahora y prematuramente huido de esta vida... Pero ¿qué le importa morir, si nunca ha vivido? ¡Ahí tenéis el bello

retrato de un sabio!

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Ya vuelvo a oír croar contra mí a «las ranas del Pórtico ». «Nada más lamentable

  • dicen— que la locura, y la estulticia manifiesta o es pariente de la locura o, mejor

dicho, es ya la locura misma. ¿Qué es la locura sino un extravío de la razón?» Pero éstos yerran absolutamente el camino. Vamos, pues, a desvanecer este silogismo, con el favor de las Musas. No razonan torpemente, pero así como Sócrates enseña, según Platón , que había dos Venus, dividiendo el concepto de Venus, y, partiendo un Cupido, hacía de él dos, así estos dialécticos también debían haber distinguido entre una y otra locura, si es que querían pasar por cuerdos. Porque no puede admitirse absolutamente que cualquier locura sea calamitosa. No decía otra cosa Horacio al hablar de que «soy juguete de una amable locura », ni Platón hubiera colocado entre las delicias más preeminentes de la vida el arrebato de los poetas, los adivinos y los amantes, ni aquella sibila hubiese calificado de loca la empresa de Eneas . Hay, pues, dos especies de locura: Una es la que las crueles furias lanzan desde los infiernos, como serpientes, para encender en los pechos de los mortales el ardor de la guerra, o insaciable sed de oro, o amor indigno y funesto, o el parricidio, el incesto, el sacrilegio o cualquier otra calamidad, y también cuando hacen sentirse al alma culpable y contrita enviando contra ella furias y fantasmas.

Pero hay otra locura muy diferente de ésta, que mana directamente de mí y que es

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