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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 16 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

digna de ser deseada en grado sumo por todos. Se manifiesta por cierto alegre extravío de la razón, que libera al alma de cuidados angustiosos y la perfuma con múltiples voluptuosidades. Tal extravío de la razón es el que deseaba Cicerón como magno beneficio de los dioses, según carta escrita a Ático , para perder la conciencia de tantos males. Tampoco lo lamentaba aquel ciudadano de Argos que había estado loco y se había pasado todos los días sentado solo en el teatro riendo, palmoteando, divirtiéndose, porque creía contemplar admirables tragedias, aunque de hecho no se representaba nada. Todo ello, al tiempo que se conducía correctamente en los deberes de la vida y era «agradable a los amigos, complaciente con la mujer, indulgente con los siervos y no se encolerizaba porque le destapasen una botella». Comoquiera que le librase la familia de la enfermedad a fuerza de medicamentos, dijo así a los amigos, cuando hubo vuelto del todo a sus cabales: «Por Pólux, que me habéis matado, amigos. Nada me habéis favorecido arrebatándome así aquel placer y extirpando a viva fuerza aquel gratísimo error de mi mente ».

Y hasta razón tenía, puesto que eran los demás los equivocados y quienes más necesitaban del eléboro por haber creído necesario disipar con drogas, como si fuese enfermedad, una locura tan feliz y agradable.

Sin embargo, no he querido con esto afirmar que se deba calificar de locura a cualquier extravío de la razón o de los sentidos, ni que esté loco aquel legañoso que confunda a un mulo con un asno, o aquel que admire una poesía pedestre como si fuese magistral. Pero si yerra no sólo el sentido, sino también el juicio de la razón de modo constante y más allá de lo normal, será lícito considerar a éste próximo a la locura, como lo estaría aquel que escuchase rebuznar a algún asno y creyese estar oyendo a una orquesta prodigiosa, o aquel pobrecillo, nacido en ínfima cuna, que se figurase ser el rey Creso de Lidia.

Tal género de locura, empero, si se inclina hacia lo deleitable, según ocurre con frecuencia, reporta no mediano placer tanto a los que están poseídos por él como a aquellos que lo presencian, sin que éstos tengan que estar locos por ello. Pues tal especie de locura está mucho más extendida de lo que cree el vulgo: El loco se ríe del loco y se proporcionan mutuo placer, y no será raro que veáis que el más loco se burle con mayores ganas del que lo está menos.

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A juicio de la Estulticia, cuanto más estulta es una persona tanto más feliz es, con

tal que se contenga en esta especie de locura que nos es peculiar y que, además, está tan extendida, que no sé si en el conjunto de todos los mortales podría encontrarse a alguien que se mantuviese cuerdo a todas horas y no estuviese poseído de alguna especie de locura. La diferencia entre una y otra locura radica en que la gente llama loco a aquel que imagina que una calabaza es una mujer, puesto que ello les sucede a poquísimas personas. En cambio, aquelque ensalza a su mujer, a la que tiene en común con muchos otros, como si fuese Penépole y la ensalza en tono mayor, se engaña

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

dulcemente y no habrá nadie que le llame loco, puesto que ésta es cosa que les ocurre en general a los maridos.

También pertenecen a este grupo aquellos que lo desprecian todo ante la caza mayor y afirman recibir un placer espiritual increíble cuando oyen el grosero sonido del cuerno y el aullido de los perros. Hasta llego a creer que cuando huelen los excrementos de los perros, les parece que se trata de cinamomo. Además, ¿qué placer puede haber en despedazar una fiera? El descuartizar toros y carneros es cosa de la plebe, pero la fiera no puede ser hecha cuartos sino por mano de un noble. Éste, con la cabeza al aire, hincado de rodillas y provisto del cuchillo destinado a esto, porque hacerlo con uno cualquiera no se consiente, procede a cortar con ciertos gestos ciertos miembros del animal observando determinado orden ritual. Se asombra, mientras tanto, como de cosa nueva la silenciosa tropa de circunstantes, a pesar de que aquel espectáculo lo ha contemplado más de mil veces. Además, aquel a quien haya tocado degustar un pedazo de la bestia lo considera como prenda de no poca nobleza. Así, pues, como esta gente no entiende de otra cosa que de perseguir y devorar afanosamente a las fieras, van degenerando hasta ser casi otras fieras, aunque entretanto crean darse vida de reyes. También es muy semejante a éstos aquel género de personas que arden en insaciable afán de edificar, y cambian tan pronto las cosas redondas en cuadradas como las cuadradas en redondas. Y lo hacen sin término ni método hasta verse reducidos a la pobreza más extrema y no quedarles donde vivir ni que comer. Pero ¿qué les importa, si entretanto han pasado unos cuantos años con sumo placer?

Me parece que les son muy próximos aquellos que, por medio de las nuevas ciencias y de las ocultas, se esfuerzan en transformar las especies de las cosas y van por tierra y mar a la caza de cierta quintaesencia. Les sustenta la dulce esperanza hasta el punto de que nunca les duelen los trabajos ni los dispendios y con admirable ingenio siempre están ideando algo en que, aunque tengan que engañarse de nuevo, les sea grato el error, hasta que, después de haberlo gastado todo, ya no les queda nada que echar al hornillo. Sin embargo, no renuncian a soñar placenteras ilusiones y animan a los demás a gozar de la misma felicidad. Cuando se ven ya abandonados de toda esperanza, les queda aún una frase de la que extraen gran consuelo: «Las grandes cosas, con quererlas basta ». Luego echan la culpa a la brevedad de la vida que no basta a la magnitud del asunto.

Dudo un poco de si se deberá admitir a los jugadores en nuestro colegio. Sin embargo, es un espectáculo absolutamente necio y ridículo que veamos algunos de ellos tan devotos del juego, que tan pronto oyen el cubileteo de los dados, al punto les salta y les palpita el corazón. Después,seducidos por la esperanza de ganar, hacen que la nave de sus riquezas naufrague y se estrelle en el escollo del juego, no menos temible que el cabo Malea. Pero apenas han salido desnudos a flote, engañan a todo el mundo, menos a quien les ganó, con ánimo de que no se les tenga por hombres de poca formalidad. ¿Qué os parecen cuando están viejos y casi ciegos y siguen jugando con

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