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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 17 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

los anteojos puestos? Por último, cuando la merecida gota les paraliza los dedos, ¿no pagan sueldo a un ayudante para que les eche los dados en el cubilete?

Lo cual sería agradable si no ocurriese, como suele, que este juego en frenesí degenera y por ello corresponde a las Furias y no a mí.

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Queda otro estilo de hombres el cual, sin duda alguna, pertenece por entero a

nuestra grey. Se complace en escuchar o explicar falsos milagros y prodigios y nunca se cansa, por maravillosas que sean, de recordar fábulas de espectros, duendes, larvas, seres infernales y otros mil portentos semejantes, los cuales cuanto más se apartan de la verdad, con tanto mayor placer son creídos y hacen titilar los oídos con afán más deleitoso. Y ello no lo emprenden solamente para matar el tedio de las horas, sino también a fin de ganar lucro, singularmente para los sacerdotes y los predicadores. Parientes suyos son quienes profesan la necia, pero agradable persuasión de que si ven una talla o una pintura de San Cristóbal, esa especie de Polifemo, ya no se morirán aquel día, o que si saludan con determinadas palabras a una imagen de Santa Bárbara, volverán ilesos de la guerra, o que si visitan a San Erasmo en ciertos días, con ciertos

cirios y ciertas oracioncillas, se verán ricos en breve.

De la misma manera que en San Jorge han encontrado a otro Hércules, lo propio han hecho con San Hipólito, cuyo caballo casi llegan a adorar, teniéndolo devotamente adornado con jaeces y gualdrapas. A menudo se concitan los favores del santo con alguna ofrendilla y tienen por digno de reyes el jurar por su casco de bronce.

¿Y qué diré de estos que se ilusionan halagadoramente con fingidas compensaciones de los pecados y, por encima de todo error, miden, como con una clepsidra, los tiempos del Purgatorio, los siglos, los años, los meses, los días y las horas, a modo de una tabla matemática? de aquellos que, valiéndose de ciertos signos y ensalmos que algún piadoso inventor ideó para bien de las almas o para su propio lucro, se lo prometen confiadamente todo, riquezas, honores, placeres, harturas, salud y perpetuamente próspera, vida longeva, lozana vejez y, en fin, la estrecha vecindad con Cristo en los cielos, cosa la última que no quieren que ocurra sino lo más tarde posible, es decir, cuando emigran a su pesar de los placeres de esta vida, a los que se aferran con los dientes: entonces es cuando quieren sustituirlos por las delicias celestiales.

A este lugar correspondela especie de negociantes, de militares o de jueces que, por haber apartado una vez de tantas rapiñas una menuda ofrenda, creen ya purificada la hidra de su conducta y redimidos como por contrato tanto perjurio, tanta libidinosidad, tanta embriaguez, tanta riña, tanto crimen, impostura, perfidia y traición, y redimidos de suerte que les es lícito reanudar de arriba abajo todo un mundo de delitos.

¿Quiénes, empero, más necios ni más felices que estos que, por recitar diariamente aquellos siete versículos de los Sagrados Salmos, se prometen aún más que la suprema felicidad? Se cree, por cierto, que estos versículos mágicos le fueron indicados a San Bernardo por cierto demonio bromista, pero más frívolo que astuto, como que el pobre

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salió mañosamente trasquilado.

Estas cosas tan estultas, que casi a mí misma me avergüenzan, son, sin embargo, aprobadas no sólo por el vulgo, sino también por los que declaran la religión. ¿Pues qué? A lo mismo corresponde el que cada región reivindique algún santo peculiar y que cada uno posea cierta singularidad y se le tribute culto especial, de suerte que éste auxilia en el dolor de muelas, aquél socorre diestro a las parturientas, el otro restituye las cosas robadas, el otro socorre benigno en los naufragios, estotro preserva a los ganados, y así sucesivamente, pues detallarlos todos sería latísimo. Los hay que valen para varias cosas, sobre todo la Virgen Madre de Dios, a la que el vulgo casi tiene más veneración que a su Hijo.

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Ya estos santos, ¿qué les piden los hombres sino cosas que tocan a la necedad?

Entre tantos exvotos que veis por todas las paredes de ciertos templos y aun cubren la bóveda, ¿habéis encontrado alguna vez el de alguien que se haya curado de la necedad

  • o

    que haya adquirido siquiera un adarme de sabiduría? Uno ha salido ileso a fuerza de

nadar; otro, aun atravesado por el hierro enemigo, conserva la vida; otro huyó valerosa y felizmente de la batalla mientras los demás peleaban; el de más allá, estando ya

colgado de desprendió adquiridas;

la horca, por obra del favor de cierto santo amigo de los ladrones, se de ella y pudo seguir descargando a los abrumados por riquezas mal aquél violentó su cárcel y logró huir; otro curó de la fiebre, con indignación

del médico; vientre y les

unos, tras haber ingerido un veneno, sirvió, pues, de purga, no de muerte, y

no no

sintieron sino que les soltó con ninguna satisfacción de

el la

esposa que perdió el dinero y el volvió a casa con los caballos sobrevivió; uno logró escapar de

trabajo; otro, a pesar de habérsele volcado el carro, ilesos; al otro se le derrumbó encima una obra y un marido que le había capturado. Pero ninguno da

gracias por haberse librado de la necedad, pues el no atinar en placentera, que los mortales rezan para librarse de todo menos de la

nada es cosa estulticia.

tan

Mas ¿por qué me meto en este piélago de supersticiones? «Aunque tuviese cien lenguas y cien bocas, férrea voz, no podría glosar todas las especies de necios y recorrer los nombres de la estulticia ». La vida entera de los cristianos todos está tan llena de esta especie de delirios, que los sacerdotes las admiten y fomentan no de mal grado, puesto que no ignoran cuánto suelen crecer sus gajes con ello.

Si en medio de estas gentes surgiese uno de esos sabios odiosos y proclamase, como es verdad: «No morirás mal si has vivido bien; redimirás los pecados si añades a la ofrenda lágrimas, vigilias, oraciones, ayunos y cambias todo el estilo del vivir; tal santo te protegerá si emulas su vida». Si tal sabio, repito, se desgañitase con estas y parecidas razones, ¡mira de cuánta felicidad privaría súbitamente a las almas y en qué confusión las pondría!

Almismo colegio pertenecen los que en vida establecen tan celosamente las pompas que desean en los funerales, que llegan a prescribir por menor cuántas hachas, cuántos

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