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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 18 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

mantos de luto, cuántos cantores y cuántas plañideras ha de haber en ellos, como si pudiese ocurrir que les alcanzase alguna sensación del espectáculo, o como si los difuntos sintiesen vergüenza de que su cadáver no sea enterrado con magnificencia; animados,en suma, de tanto afán como si les hubiesen nombrado ediles encargados de los espectáculos y banquetes.

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Aunque tenga un poco de prisa, no puedo, empero, pasar en silencio ante

aquellos que no se diferencian en nada de un ínfimo remendón, pero que se lisonjean increíblemente con la posesión de un título de nobleza vana. Uno vincula su linaje con Eneas, otro con Bruto, el de más allá con el rey Arturo; por todas partes muestran los retratos esculpidos y pintados de sus mayores; enumeran los bisabuelos y tatarabuelos y sus antiguos apellidos, pero en realidad no difieren mucho de estas mudas estatuas, excepto en ser de peor aspecto que los retratos que muestran. A pesar de ello, viven felizmente merced al dulcísimo Amor Propio. No faltan tampoco necios que miran a esta

colección de bestias como a dioses.

Pero ¿por qué hablo de uno u otro género de necedad, como si el Amor Propio no dispusiese por doquier de prodigiosos medios para hacer felices a muchos, como en el caso de este que, más feo que un mico, se cree un Nireo? Otro se cree un Euclides por saber trazar tres líneas con el compás; aquel «asno tañedor de lira» y cuya voz es más desagradable que la de la gallina cuando pide marido, se figura ser otro Hermógenes. Sin embargo, existe una especie de locura que es con mucho la más placentera, por obra de la cual muchos se envanecen de lo suyo, sea cual fuere su valor, y se glorían de ello precisamente por ser suyo.

Tal era la de aquel rico doblemente feliz de que habla Séneca que, cuando tenía que contar algún cuentecillo, tenía siervos a mano para que le apuntaran las palabras y a los cuales no hubiera dudado de hacer bajar a la palestra a luchar por él, pues era hombre de tanta poquedad, que vivía con el único consuelo de tener en casa muchos y notablemente robustos siervos. ¿Y qué se podrá decir de los cultivadores de las artes? A todos ellos les es tan peculiar el Amor Propio, que sería más fácil de encontrar quien renunciase a la herencia paterna que a la fama de talento, sobre todo entre los actores, cantores, oradores y poetas, entre los cuales cuanto más ignorante es cada cual, tanto más se complace arrogantemente en sí mismo y se pavonea y se exalta más. Y encuentran tipos de su calaña hasta el extremo de que aquel más inepto es el que se granjea más admiradores, puesto que lo peor siempre es celebrado por la mayoría, dado que la máxima parte de los mortales, según hemos dicho, es esclava de la Estulticia. Por ende, si el más torpe es aquel más satisfecho de sí y el rodeado de mayor admiración, ¿quién preferirá la verdadera sabiduría, que cuesta tanto trabajo adquirir, que vuelve luego más vergonzoso y más tímido y que, en suma, complace a mucha menos gente?

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Pues tengo por cierto incluso que la naturaleza, al modo que a cada uno de los

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mortales,proporcionó a las naciones y casi a las ciudades un cierto amor propio común. De aquí viene que los británicos recaben para sí, por encima de cualquier otra prenda, la hermosura, el arte de la música y la buena mesa. Los escoceses blasonan de nobleza y de entronque con la realeza, y de sus argucias dialécticas. Los franceses se atribuyen la cortesía en el trato. Los parisienses se arrogan de modo particular la gloria de la ciencia teológica por encima de todos los demás. Los italianos se reservan las letras y la elocuencia, y con tal fundamento se lisonjean satisfechos de ser los únicos mortales que no son bárbaros. Los romanos tienen la primacía en este estilo de complacencia y sueñan aún con delicia en la vieja Roma. Los vénetos son felices con la fama de nobleza. Los griegos, a fuer de inventores de las ciencias, se enorgullecen con los títulos antiguos de sus famosos héroes. Los turcos y toda la camada de los bárbaros, se atribuyen mérito por la religión y se ríen de los cristianos como supersticiosos. Los judíos, con mucha mayor complacencia, esperan incesantemente a su Mesías y se aferran con uñas y dientes a su Moisés aún hoy. Los españoles no ceden a nadie la gloria militar y los alemanes se envanecen de la prestancia de sus cuerpos y de su conocimiento de la magia.

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Y para no seguir por menor cada caso particular, considero que ya advertís

cuánta satisfacción proporciona por doquier el Amor Propio a todos y cada uno de los mortales. De él es casi hermana gemela la Adulación, pues el Amor Propio no consiste sino en que uno se lisonjee a sí mismo; si esto lo hace con otro, se tratará de la

Adulación.

En el día ésta tiene bastante de infame, aunque ello ocurra sólo ante los ojos de quienes se pagan más de las palabras que de las cosas en sí. Consideran éstos, que la Adulación no cuadra con la fidelidad, pero se aproximarían más a la verdad si se dieran cuenta del ejemplo de los animales. ¿Hay algo más adulador que un perro? Y, sin embargo, ¿quién más fiel? ¿Hay algo más simpático que una ardilla? ¿Y quién es más amiga del hombre que ella? No, en verdad, a menos que se entienda que los crueles leones, los feroces tigres y los iracundos leopardos se avienen mejor con la condición humana.

Sin embargo, existe cierta especie de adulación que es absolutamente perniciosa; de ella se valen los pérfidos y los burlones para llevar a la ruina a los incautos. Sin embargo, mi estilo de adulación nace de la bondad y del candor del carácter y está mucho más cerca de la virtud que aquella su contraria, la cual es de grosera y torpe aspereza e inoportunidad, según dice Horacio.

Ésta levanta los ánimos abatidos, consuela a los tristes, estimula a quienes languidecen, despabila a los torpes, alivia a los enfermos, aplaca a los feroces, concilia afectos y, una vez formados, los mantiene. Presta aliciente a los niños para que estudien letras; alegra a los viejos; aconseja y enseña a los príncipes, sin ofensa, bajo la pantalla de la alabanza. En suma, logra que cada cual se tenga a sí mismo en mayor aprecio y

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