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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 19 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

cariño, lo cual es, en verdad, el fundamento de la felicidad.

¿Habrá cosa más complaciente que el rascarse mutuamente dos mulos? No hará, pues, falta que afirme que la adulación constituye gran parte de la elocuencia más celebrada; la mayor del arte médico y la máxima del pórtico; es, en fin, el almíbar y la sazón de todo trato humano.

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Dirán algunos, sin embargo, que el equivocarse es lamentable; más lo es el no

equivocarse. Yerran a más no poder quienes creen que la felicidad del hombre radica en las cosas mismas. En realidad, depende de la opinión que nos formamos de ellas, pues es tan grande la oscuridad y la variedad de las cosas humanas, que nadie las puede conocer de modo diáfano, según dijeron acertadamente los platónicos, los menos

presuntuosos entre los filósofos.

Pero aunque se llegue a saber algo, ello suele redundar en detrimento de la alegría de la vida, pues el espíritu humano está moldeado de tal manera, que aprehende mucho mejor lo ficticio que lo verdadero. Si alguien solicita una prueba manifiesta y obvia de tal cosa, acuda a la hora del sermón en una iglesia y verá que si se está hablando de algo serio, todos dormitan, bostezan y se asquean; en cambio, si el vociferador (me he equivocado, quise decir el orador), comienza, según hacen con frecuencia, a explicar alguna historieta asnal, se despabilan todos, prestan atención y escuchan con la boca abierta. Del mismo modo, si se celebra algún santo orlado de fábulas y poesías —como, si me pedís ejemplos, lo son Jorge, Cristóbal o Bárbara—, veréis que se les venera con mucha más devoción que a San Pedro, San Pablo o al mismo Jesucristo. Pero tales cosas no son propias del lugar.

¡Cuán poco cuesta esta consecución de la felicidad! Al paso que el conocimiento de las cosas en sí significa muchas veces voluminosa labor, aunque sean de tan poca monta como la gramática, las opiniones son de muy fácil adoptar y conducen igual, si no con mayor holgura, a la felicidad. Decid, pues: Si alguien come una salazón podrida ni cuyo olor siquiera puedan soportar los demás, y a él le sabe a ambrosía, ¿qué le impide sentirse feliz? Por el contrario, si a uno le produce náuseas el esturión, ¿de qué le sirve para la felicidad? Si alguien tiene una mujer de egregia fealdad, pero que en opinión del marido puede rivalizar hasta con la misma Venus, ¿acaso no será lo mismo para él que si fuese realmente hermosa? Si alguien contempla una tabla pintarrajeada de rojo y amarillo y se admira persuadido de que la ha pintado Apeles o Zeuxis, ¿no será acaso más feliz que aquel que ha comprado por alto precio un cuadro a un gran pintor y que quizá siente menos placer al contemplarlo?

Conozco a cierto sujeto que se llama como yo , el cual regaló a la novia al casarse ciertas piedras falsas, convenciéndola, con lo bromista y alegre que era, de que no sólo eran verdaderas y auténticas, sino también de precio singular e inestimable. Pregunto yo, ¿qué podía importarle a la joven la burla, si deleitaba igual los ojos y el espíritu y las guardaba junto a sí como eximio tesoro? En tanto, el marido no sólo se había ahorrado

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el gasto, sino que se divertía con el engaño de su mujer, a la que no tenía menos obligada que si la hubiese obsequiado con grande costa.

¿Qué diferencia veis entre aquellos que se admiran en la caverna de Platón de las sombras y figuras de diversas cosas, sin ansiar nada ni pavonearse, y el sabio que, salido de la caverna, contempla las cosas en su realidad? Porque si aquel Micilo de Luciano hubiese podido soñar perpetuamente que era rico y continuar su áureo ensueño, no tenía por qué desear otro bien.

Por tanto, no hay diferencia entre estultos y sabios o, si las hay, es favorable a los primeros,primeramente porque su felicidad les cuesta muy poco, ya que consiste en una modesta persuasioncilla, y luego, porque la comparten con la mayoría de las personas.

[46] No hay goce de las cosas buenas como no sea en compañía, ¿y quién ignora cuán grande es la escasez de sabios, si es que alguno hay? Los griegos en tantos siglos llegaron a contar sólo siete y aun, ¡por Hércules!, si se les escudriña con más rigor, me juego la cabeza a que no se encontraría medio sabio en total, ni siquiera la cuarta parte. Por lo cual, entre las muchas alabanzas que se ofrecen a Baco, es la principal la de que posee la cualidad de ahuyentar los pesares, pero solamente por exiguo tiempo, pues en cuanto se duerme la papalina, vuelven al galope las intranquilidades. Mis beneficios son más completos y mucho más duraderos, pues yo proporciono al alma embriaguez constante, alegría, delicia y placer sin egoísmo. Distribuyo mis favores sin exceptuar a nadie, mientras que las mercedes de los demás dioses solamente se conceden a ciertos favoritos.No nace en todas las tierras ese vino generoso y dulce que espanta las penas y atrae la fecunda esperanza; Venus prodiga a pocos la gracia de su hermosura y Mercurio aun a menos sus dones de elocuencia. Pocos son los que logran la riqueza que reparte Hércules, y el poder que concede Júpiter no se da a cualquiera. Con frecuencia Marte deja las batallas indecisas y muchos se apartan desconsolados del trípode de Apolo.El hijo de Saturno hiende la tierra a menudo con el rayo; Febo a veces lanza sus flechas, que extienden la peste a lo lejos, y Neptuno aniquila más de los que salva. Y no quiero hablaros de divinidades maléficas, Plutones, Atés, penas, fiebres, y

otras de la misma especie, soy la única que reparto preciosos beneficios.

que más bien que dioses parecen verdugos. Yo, la Estulticia, indistintamente entre todos con magnífica liberalidad tan

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No exijo voto alguno ni me encolerizo solicitando la expiación de haber sido

omitida alguna ceremonia de mi culto, ni trastorno cielos y tierra cuando alguno, tras haber invitado a los dioses todos, me deja a mí en casa, sin admitirme a oler el humo de los sacrificios. Pues los otros dioses son tan quisquillosos, que casi es preferible, y más seguro, no hacerles caso que venerarles. Con ellos ocurre como con esas personas tan iracundas y propensas a ofender, que sería preferible tenerlas muy lejos que en la intimidad. Se dirá que nadie hace sacrificios a la Estulticia ni le levanta templos. En

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