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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 2 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

ERASMO DE ROTTERDAM

A SU AMIGO TOMAS MORO

SALUD

Últimamente, durante, mi viaje de Italia a Inglaterra, para no perder en conversaciones banales o insípidas todo el tiempo que tenía que pasar a caballo, resolví, ya meditar de vez en cuando alguna cosa que tuviera relación con nuestros comunes estudios, ya trasladarme con el pensamiento hacia donde se encontraban los amigos tan doctos y tan amables que iba a volver a ver. Entre éstos, mi querido Moro, tú ocupas el primer lugar. A pesar de la ausencia, tu recuerdo tenía para mí tanto hechizo como si me encontrara a tu lado; y que me muera si he saboreado en mi vida deleite más dulce que el de tu compaña. Queriendo, pues, hacer absolutamente alguna cosa y no pudiendo consagrar mi tiempo a un trabajo, pensé componer el Elogio de la locura.

«¿Qué Minerva —me dirás tú— te ha metido en la cabeza semejante idea?» En primer lugar, tu nombra de familia, Moro, tan parecido a la palabra Moría, como tu persona se diferencia de la cosa, pues, según confesión de todos, tú eres seguramente el más enemigo de ella. Aparte de esto, he pensado que este juego de mi imaginación te agradaría más que a nadie, visto que semejante género de broma, no exento, a mi entender, de saber ni de gusto, te divierte mucho, y que en la condición ordinaria de la vida sueles imitar a Demócrito. Aunque el alto alcance de tu inteligencia te eleve por encima del vulgo, gracias a la dulzura inefable y a la amenidad de tu carácter, te es fácil y agradable mostrarte con todos el «hombre de todas las horas».

Aceptarás,pues, con gusto esta declamación insignificante como un «recuerdo» de tu amigo y tomarás también su defensa, porque, estándote dedicada, ya no me pertenece a mí, sino a ti. Quizá no falten detractores que censuren, unos, que estas son bagatelas indignas de un teólogo; otros, que son muy mordaces para no herir la moderación cristiana, y que repetirán a grandes gritos que resucitamos la comedía antigua, que copiamos a Luciano y que lo desgarramos todo a dentelladas.

En cuanto a los que se escandalizan de la ligereza y de lo jocoso del asunto, les suplico que adviertan cómo este ejemplo no es mío, sino que desde hace largo tiempo ha sido puesto en práctica frecuentemente por grandes escritores. Ha siglos que Homero, ha cantado La Batracomiomaquia; Virgilio, el mosquito y no sé qué vianda rústica; Ovidio, el nogal. Polícrates ha hecho el elogio de Busiris e Isócrates lo ha refutado. Glaucon ha celebrado la injusticia, Sinesio, la calvicie; Luciano, la mosca y el oficio de parásito. Séneca ha escrito la Metamorfosis de Claudio; Plutarco, el diálogo de Grillo con Olisca; Luciano y Apuleyo, el asno; y no sé quién, el testamento del lechón Grunnio Corocotta, de que hace mención San Jerónimo. Después de todo, si esto les agrada, que se imaginen que he jugado a los dados para distraerme, si así lo creen

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