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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 21 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

inmenso del género humano, creeríais estar viendo un enjambre de moscas y mosquitos peleando entre sí, luchando, tendiéndose asechanzas, robándose, burlándose unos de otros, y naciendo, enfermando y muriendo sin cesar. Nadie podría imaginar el bullicio y las tragedias de que es capaz un animalito de tan corta vida, pues en una batalla o en una peste se aniquilan y desaparecen en un instante millares de seres.

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Pero

yo misma sería necia a más no poder y merecería las carcajadas de

Demócrito si pretendiese enumerar todas las formas de necedad y de locura del vulgo.

Me los

limitaré, que les

pues, a tratar de aquellos mortales que gozan reputación de sabios y, según rodean, han alcanzado los laureles, entre los cuales descuellan los

gramáticos, casta que sería sin los dioses si yo no acudiese a ayuda de una dulce locura. No

disputa la más mísera, afligida, y dejada de la mano de mitigar las desdichas de tan sórdida profesión con la sólo han caído sobre ellos las cinco furias, es decir, las

cinco ásperas calamidades de que habla el epigrama les ve famélicos y harapientos en sus escuelas, o obradores, y rodeados de verdugos en figura de un

griego , sino mil, pues siempre se pensaderos o, mejor dicho aún, montón de chicos que les hacen

envejecer antes de tiempo a fuerza de cansancio y que les aturden con de los hedores que exhalan; pero a pesar de esto, gracias a mí, se primeros entre los hombres. Se pavonean así ante la aterrada turba y con voz y cara tenebrosas; luego con la palmeta, las disciplinas, o la carnes a los desdichados y con razón o sin ella, les hacen víctimas de

sus gritos, amén estiman por los se dirigen a ella varilla abren las su arbitrariedad,

imitando al asno de Cumas. Pero, mientras tanto, la suciedad les parece pulcritud; hedores, aromas de ámbar, y su esclavitud miserable, un trono, de suerte que cambiarían su tiranía por la de Fálaris o Dionisio.

los no

Pero cuando su dicha llega al colmo es cuando creen haber descubierto alguna doctrina nueva, porque, aunque no hagan sino atiborrar a los niños de extravagancias, ¡oh dioses propicios!, desprecian a su lado a cualquier Palemón o Donato. No sé con que argucias logran que las madres tontas y los ignorantes padres les crean tales como ellos se presentan. Únase a esto la satisfacción que reciben cuando en algún carcomido pergamino encuentran el nombre de la madre de Anquises o hallan una palabreja desconocida del vulgo, como «bubsequa», «bovinator» o «manticulator»; si logran desenterrar un cacho de piedra antigua con alguna mutilada inscripción, ¡oh Júpiter, qué alegría, qué triunfo, qué encomios, como si hubiesen conquistado el África o tomado a Babilonia! Y cuando recitan sus versos, insulsos y absurdos por demás, y nunca falta quien se los celebre, creen de buena fe que el espíritu de Virgilio ha reencarnado en su pecho. Pero nada hay más divertido que ver a estos desdichados cuando se prodigan mutuas alabanzas y admiraciones y se rascan recíprocamente; pero si uno de ellos por descuido se equivoca en alguna palabreja y el otro, más listo, tiene la suerte de cazársela, ¡por Hércules, qué drama, qué pelea, qué de injurias y denuestos!... Y si falto a la verdad, que caiga sobre mí la colera de todos los gramáticos.

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

Conozco a un omnisciente helenista, latinista, matemático, filósofo, médico y otras cosas más, y cuando ya era sexagenario, lo arrumbó todo para dedicarse sólo al conocimiento de la gramática, con la que se atosiga y tortura desde hace casi veinte años. Y sería feliz, dice, si pudiera vivir hasta haber claramente establecido cómo se han de distinguir las ocho partes de la oración, cosa que nadie entre los griegos y los latinos ha logrado hacer de manera definitiva. Como si fuera caso de guerra el que se confunda una conjunción con un adverbio. Y como hay tantas gramáticas como gramáticos, o, por mejordecir, más, pues sólo mi querido Aldo ha dado más de cinco diferentes, no pueden dejar de exprimir y recorrer ninguna, aunque sea oscura y bárbara, para no tener que envidiar a cualquiera que se tome, siquiera sea torpemente, tales trabajos, puesto que temen que les arrebaten su gloria y les inutilicen tantos años de labor.

¿Cómo preferís que se llame a esto, estulticia o locura? Poco importa, con tal que se reconozca que gracias a mis beneficios el animal más infeliz de todos goza de tal dicha, que no trocaría su suerte por la de los reyes de Persia.

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Menos me deben los poetas, a pesar de pertenecer también a mi facción de modo

categórico, pues como dice el proverbio, son espíritus libres cuya ocupación única consiste en regalar los oídos de los estultos con frivolidades y fábulas ridículas. Es admirable, empero, cómo con sus composiciones no solamente quieren hacerse inmortales y semejantes a los dioses, sino conseguirlo también para los demás. De todos mis deudos son éstos los más estrechamente emparentados con el Amor Propio

y la Adulación y los que me rinden culto más sincero y constante.

En cuanto a los retóricos, aunque algunos prevariquen para entenderse con los filósofos, forman también parte de los nuestros, y la mejor prueba, entre otras muchas, de lo que digo está en que, aparte de otras tonterías, han redactado con cuidado tantas reglas del género festivo. Hasta el que escribió acerca del arte de hablar; dedicándolo a Herenio, sea quien fuere, no olvidó incluir a la Estulticia entre los medios de echar las cosas a broma. Quintiliano, que es con mucho el príncipe de este grupo, compuso sobre la risa un capítulo más largo que la Ilíada. Tanta es la importancia que conceden a la Estulticia, porque con frecuencia lo que ningún argumento oratorio puede deshacer, la risa lo desbarata. Y nadie ha de negarme que el arte de hacer reír con dichos graciosos me pertenece a mí.

De idéntica calaña son los que corren tras de fama imperecedera publicando libros; todos ellos me deben mucho, y especialmente aquellos que emborronan papel con meras majaderías. Los que escriben doctamente para agradar a un corto número de eruditos, y que no rechazarían para críticos suyos a Persio y Lelio, me parecen más dignos de lástima que felices, puesto que viven en continua tortura: añaden, modifican, quitan, vuelven a poner, rehacen, aclaran, aguardan nueve años, nunca se dan por satisfechos. Todo ello para la fútil recompensa de las alabanzas; alabanzas, además, de unos cuantos, pagadas a costa de tantas vigilias, del sueño, la más agradable de todas

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