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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 22 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

las cosas, y de fatigas, sudores y trabajos infinitos.Añádanse la pérdida de la salud, la ruina del cuerpo, la debilidad de la vista y hasta la ceguera, la pobreza, la envidia, la privación de placeres, la vejez anticipada, la muerte prematura y otros innumerables sufrimientos. Males todos de gran magnitud, que el sabio cree compensar con la aprobación de unos pocos legañosos como él. Por el contrario, el escritor que me pertenece es tanto más dichoso cuanto más disparata, porque sin lucubración alguna escribe todo lo que se le ocurre, todo lo que le viene a los puntos de la pluma, o lo que sueña, sin más gasto que un poco de papel, y no ignora que cuan mayores tonterías escriba, más aplaudido será de la mayoría, es decir, por los ignorantes y por los necios. ¿Qué le importa que tres sabios le desprecien si aciertan a leerle? ¿Y qué representa el parecer de tan pocos ante tan inmensa muchedumbre que le aclama?

Pero quienes verdaderamente saben lo que hacen son los que dan a la luz obras ajenas como propias y espiando hacen suya la gloria ganada por los demás con gran trabajo. Aunque saben que se les acusará de plagio algún día, mientras llega se aprovechan. Vale la pena de ver el pisto que se dan cuando se ven ensalzados por el vulgo; cuando la multitud les señala con el dedo diciendo: «Éste es aquel hombre tremendo »; cuando ven sus obras en las librerías y cuando en la portada de sus libros ponen títulos solemnes, muy a menudo extravagantes, que parecen de magia, y que, dioses inmortales, no son sino palabrería. Pocas personas saben descifrarlos en todo el vasto mundo y menos aún habrá que los aprueben, pues también hay diversidad de gustos entre los indoctos. En general, aquellos títulos se inventan o proceden de los libros antiguos. Así, uno gusta de llamar a su libro Telémaco; otro, Esteleno o Laertes; aquél, Polícrates, y el de más allá, Trasímaco, y como no tienen nada que ver con estos nombres, daría lo mismo que se llamasen Camaleón o Calabaza, o bien, como suelen decir los filósofos, Alfa o Beta.

Resulta chistoso sobremanera verlos alabarse unos a otros con epístolas, poesías y encomios, donde un tonto adula a otro tonto y un indocto replica a otro indocto. Éste es superior a Alceo, dice aquél; y aquél es más que Calímaco, dice éste. Aquél, según el parecer de éste, es mejor que Cicerón, y éste para aquél, más sabio que Platón. Otras veces se buscan un adversario con objeto de aumentar la reputación rivalizando con él. Así, «incierto el vulgo opina contradictoriamente», hasta que uno y otro dan por bien reñida la batalla, y se retiran ambos victoriosos y en triunfo. Los sabios se ríen juzgando todo esto, según lo es, el colmo de la sandez. ¿Quién podrá negarlo? Pero entretanto, gracias a mí, estas gentes están satisfechas y no cambiarían sus glorias por las de los Escipiones. Aunque los sabios, que se ríen de esto a mandíbula batiente y que tanto gozan con la insensatez ajena, me deben también grandes favores y no podrán por menos de reconocerlo, si no son ingratos más que nadie.

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Los jurisconsultos pretenden el primer lugar entre los doctos y no hay quien esté

tan satisfecho de sí como ellos, cuando, a la manera de nuevos Sísifos, ruedan su piedra

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sin descanso, acumulando leyes sobre leyes, con el mismo espíritu, aunque se refieran a cosas distintas, amontonando glosas sobre glosas y opiniones sobre opiniones y haciendo que parezca que su ciencia es la más difícil de todas, pues entienden que cuanto más trabajosa es una cosa más mérito tiene. Añadámosles a los dialécticos y los sofistas,gente más escandalosa que los bronces de Dodona y capaz cualquiera de ellos de competir en charlatanería con veinte comadres escogidas. Más felices serían si además de habladores no fueran pendencieros, pues lo son hasta el punto de que por un quítame allá esas pajas vienen empeñadísimamente a las manos, y, mientras están enredados en la porfía, la verdad se les escapa. Sin embargo, su amor propio les hace felices;pertrechados con tres silogismos, arremeten atropelladamente contra cualquiera y es tanta su pertinacia, que les hace invictos aunque les enfrentéis con el mismo Estentor.

[52] Después de éstos vienen los filósofos, cuya barba y amplia capa les hace venerables, los cuales se tienen por los únicos sabios y al resto de los mortales consideran sombras errantes. Con qué manso delirio construyen infinitos mundos, se entretienen en medir como a pulgada y con un hilo el Sol, la Luna, las estrellas y los planetas; explican las causas del rayo, del viento, de los eclipses y de todos los demás fenómenos inexplicables, sin ninguna vacilación, como si fuesen secretarios del artífice del mundo y hubiesen acabado de llegarnos del consejo de los dioses. En tanto, la naturaleza se ríe en grande de ellos y de sus conjeturas, pues nada absolutamente saben con certeza, y buena prueba de ello son esas disputas interminables que sostienen acerca de los asuntos más sencillos. Aunque nada sepan, creen saberlo todo y no se conocen a sí mismos, ni ven la fosa abierta a sus pies, ni la roca en que pueden tropezar, sea a les veces porque son cegatos y otras porque tienen la cabeza a pájaros. Ello no les impide afirmar que ven claras las ideas, los universales, las formas abstractas, las quididades,los primeros principios, las ecceidades, y, en fin, conceptos tan sutiles, que el mismo Linceo no llegaría a percibir, según creo. Desprecian al vulgo profano, porque ellos se sienten capaces de trazar triángulos, rectángulos, círculos y semejantes figuras geométricas superpuestas las unas a las otras y en forma laberíntica o rodeadas de letras puestas como en formación y repetidas en diversas filas, con cuyas tinieblas oscurecen a los indoctos. Entre estos filósofos se cuentan también los que anuncian lo porvenir tras consultar los astros y prometen prodigios más que mágicos, y todavía tienen la suerte de encontrar a quienes lo creen.

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Quizá sería mejor pasar en silencio por los teólogos y no remover esta ciénaga

nitocar esta hierba pestilente, no sea que, como gente tan sumamente severa e iracunda, caigan en turba sobre mí con mil conclusiones forzándome a una retractación y, caso de que no accediese, me declaren en seguida hereje. Con este rayo suelen confundir a todo el que no se les somete. No hay, ciertamente, otros protegidos míos que de peor gana

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