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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 23 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

reconozcan mis favores, a pesar de serme deudores de grandes beneficios, pues lisonjeándose con su amor propio puede decirse que habitan en el tercer cielo, desde cuya altura consideran a los demás mortales como un ganado despreciable y digno de lástima que se arrastra sobre la tierra. Se hallan tan fortificados con definiciones magistrales, conclusiones, corolarios, proposiciones explícitas e implícitas y tan bien surtidos de subterfugios, que no serían capaces de prenderles ni las mismas redes de Vulcano,pues lograrían escurrirse a fuerza de estos distingos que cortan los nudos con la misma facilidad que el acero de Tenedos; hasta tal punto están provistos de palabras recién acuñadas y de vocablos prodigiosos. Además son capaces de explicar a su capricho los misterios más profundos: cómo y por qué fue creado el mundo; por qué conducto se ha transmitido la mancha del pecado a la descendencia de Adán; cómo concibió la Virgen a Cristo, en qué medida y cuánto tiempo le llevó en su seno; y de qué manera en la Eucaristía subsisten los accidentes sin sustancia.

Pero esto ya es harto manido. Hay otras cuestiones más dignas de los grandes teólogos, los iluminados, como ellos dicen, las cuales, cuando se plantean, les llenan de agitación: «¿Existe el verdadero instante de la generación divina?»; «¿Existen varias filiaciones de Cristo?»; «¿Es admisible la proposición que dice: «Pater Deus odit filium»; «¿Habría podido tomar Dios la forma de mujer, de diablo, de asno, de calabaza o de guijarro?» Y, «una calabaza, ¿cómo hubiera podido predicar, hacer milagros y ser crucificada?» «Si Pedro hubiese consagrado durante el tiempo que Cristo permaneció en la cruz, ¿qué habría consagrado?» «¿Se comerá y se beberá después de la resurrección de la carne?» ¡Como si se precaviesen ya contra la sed o el hambre!

Hay innumerables sutilezas aún más tenues acerca de las nociones, las relaciones, las formalidades, las quididades, las acceidades, que se escapan a la vista y que sólo podrían distinguir ojos como los de Linceo, cuya mirada veía entre densas tinieblas las cosas que no existen siquiera. Añadamos aún aquellas sentencias tan paradójicas, que comparadas con ellas, los oráculos de los estoicos llamados «paradojas» parecen cosa grosera y propia de charlatanes callejeros. Por ejemplo: «Es un delito menos grave matar mil hombres que coser en domingo el zapato de un pobre»; «Es preferible dejar que perezca el mundo con todos sus atalajes, como suele decirse, a decir una sola mentirijilla».

Estas sutilezas sutilísimas se convierten en doblemente sutiles con tantos sistemas escolásticos, de suerte que es más fácil salir del Laberinto que de la confusión de realistas, nominalistas, tomistas, albertistas, occamistas, escotistas, y aún no he dicho sino unas cuantas sectas, sólo las principales. En todas ellas es tan profunda la doctrina y tanta la dificultad, que tengo para mí que los Apóstoles precisarían una nueva venida del Espíritu Santo si tuvieran que habérselas con estos teólogos de hoy.

San Pablo pudo ser un admirable defensor de la Fe, pero mostrose poco magistral aldefinirla diciendo solamente que «La Fe es el fundamento de las cosas que se esperan y la convicción de las que no se ven ». Así como practicó la caridad de modo admirable,

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acreditó ser poco dialéctico orintios. Los Apóstoles, que sin duda consagraban con devoción, si se les hubiera interrogado acerca de los términos «a quo» y «ad quem», o sobre la Transustanciación, o de cómo el mismo cuerpo puede a la vez ocupar dos lugares distintos, o de las diferencias que pueden hallarse en el cuerpo de Cristo, ora cuando está en el cielo, ora en la cruz, ora en el sacramento de la Eucaristía, o en qué momento preciso se verifica la Transustanciación —ya que las palabras en cuya virtud se realiza, como cantidad discreta, se pronuncian sucesivamente—, no es posible que sus respuestas alcanzasen a la agudeza de los escotistas en la definición y explicación de todo lo que he dicho. Conocieron a la Madre de Cristo, pero ¿cuál de ellos hubiera demostrado tan filosóficamente como nuestros teólogos de qué modo la Virgen fue preservada del pecado original? Pedro recibió las llaves y las recibió de Aquel que no las hubiera confiado a indigno, pero no sé, empero, si entendió y, desde luego, no llegó a la sutileza de saber cómo un hombre puede llevar las llaves de la Ciencia careciendo en absoluto de ella. Estos Apóstoles bautizaban por todas partes y, sin embargo, jamás explicaron la causa formal, material, eficiente y final del bautismo, ni hay mención alguna de ellos de su carácter deleble e indeleble. Adoraban a Dios en espíritu, sin atender más que a las palabras del Evangelio: «Dios es espíritu y en espíritu y en verdad se le debe adorar », pero no consta que les fuese revelado entonces que se deba adorar del mismo modo una mala imagen de Cristo pintada con carbón en una pared, a condición de que tenga dos dedos extendidos, larga cabellera y una aureola con tres rayas sobre el occipucio. ¿Quién podrá darse cuenta de ello sin haber pasado por lo menos treinta y seis años estudiando la física y la metafísica de Aristóteles y Escoto?

Delmismo modo los Apóstoles enseñaron lo que es la gracia, pero nunca establecen distinción entre la gracia «gratis data» y la gracia santificante. Exhortaron a hacer buenas obras, pero no discernieron la obra operante y la obra operada. No cesaron de inculcar la caridad, pero no separaron la infusa de la adquirida, ni explicaron si era accidente o sustancia, cosa creada o increada. Aborrecieron el pecado, pero me apuesto la cabeza a que no supieron definir científicamente qué cosa sea lo que llamamos pecado, a menos que supongamos quizá que les ilustró el espíritu de los escotistas.

No puedo inclinarme a creer que San Pablo, según cuya erudición puede estimarse la de todos los demás, hubiese condenado las cuestiones, controversias, genealogías y, como él mismo las llama, logomaquias , si hubiese estado versado en tales argucias, sobre todo si se mira que las disputas y luchas de aquel tiempo eran rústicas y groseras en comparación con las sutilezas más que crisípeas de nuestros maestros.

Aunque fuesen gente modestísima y quizá algo de lo que escribieron los Apóstoles sea tosco y poco académico, los teólogos no lo condenan, sino que lo interpretan con benevolencia, tanto para tributar honor a la Antigüedad como por deferencia al nombre apostólico. Por Hércules, hubiera sido poco equitativo pedir a los Apóstoles cosas tan sublimes de las cuales no oyeron nunca a su Maestro decirles una sola palabra. Pero si encuentran semejantes expresiones en San Crisóstomo, San Basilio, o San Jerónimo,

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