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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 24 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

entonces se limitan a anotar al margen: «Esto no se admite.»

Los Apóstoles impugnaron a los paganos, a los filósofos y a los judíos, gente esta última de naturaleza obstinadísima, pero lo hicieron más por medio de la vida y de los milagros que con silogismos, pues entre aquellos a quienes se dirigían no había nadie capaz de meterse en la cabeza un solo « quodlibet» de Escoto. En cambio, hoy, ¿qué hereje o qué pagano no cedería en seguida ante tan delicadas sutilezas, a no ser que fuese tan torpe que no pudiera entenderlas, tan irreverente que las silbase o tan acostumbrado a las mismas añagazas, que en esta lucha batallaran iguales contra iguales, como mago contra mago? El diestro en las armas pelearía con otro diestro, de suerte que no se haría otra cosa que tejer y destejer la tela de Penélope.

En mi opinión, obrarían cuerdamente los cristianos si en lugar de estas copiosas cohortes de soldados que, con resultado indeciso de mucho tiempo a esta parte, mandan contra los turcos y los sarracenos, enviasen allá a los vociferadores escotistas, a los tozudísimos occamistas y a los invictos albertistas, junto con toda la turba de sofistas, pues creo que se ofrecería el más chistoso de los combates y una victoria nunca vista. Pues ¿quién sería tan frío que no le inflamasen sus aguijonazos? ¿Quién tan estúpido que no le excitasen sus agudezas? ¿Quién tan clarividente que no le sumergiesen en profundísimas tinieblas? Pero parecerá que os digo estas cosas por modo de burla. No lo extraño, puesto que entre estos mismos teólogos los hay más doctos que se asquean de las que llaman frívolas sutilezas teológicas. Los hay que execran como una especie de sacrilegio y lo toman a suprema impiedad, que de cosas tan secretas, más propias para ser adoradas que explicadas, se hable con lengua tan sucia, se dispute con argumentos tan profanos, se defina con tanta arrogancia y se mancille la majestad de la divina teología con tan necias y miserables palabras y opiniones.

Mientras tanto, empero, ellos están satisfechísimos de sí mismos y aun se aplauden; es más, ocupados de día y de noche con estos lisonjeros romances, no les queda el menor ocio para hojear siquiera una vez los Evangelios o las Epístolas de San Pablo. Al tiempo que se entretienen con estas bromas en sus escuelas, se figuran que la Iglesia universalse vendría abajo si no le proporcionasen ellos los puntales de sus silogismos, de la misma manera que, según los poetas, Atlas sostiene el cielo sobre los hombros.

Ya podéis imaginaros la felicidad que les produce el moldear y remoldear a capricho, como si fuesen de cera, los pasajes más arcanos de las Escrituras, el pretender que sus conclusiones, suscritas por algunos de los de su escuela, sean tenidas por superiores a las leyes de Solón y dignas de pasar delante de los decretos pontificios; y, como si fuesen censores del mundo, el obligar a retractarse a quienquiera que no se conforme ciegamente con sus conclusiones explícitas e implícitas y decretar como un oráculo que «Esta proposición es escandalosa», «Ésta poco reverente», «Ésta huele a herética», «Estotra es malsonante», de suerte que ni el bautismo, ni el Evangelio, ni San Pedro y San Pablo, ni los Santos Jerónimo o Agustín, ni siquiera Santo Tomás, el más

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aristotélico, bastan al cristiano, que ha de ganarse también la aprobación de los bachilleres, pues tan grande es la sutileza de sus juicios.

¿Quién había de pensar, si esos sabios no lo hubiesen enseñado, que dejaba de ser cristiano quien supusiese equivaler estas dos frases: «Bacín, apestas» o «El bacín apesta», o también «Hacer hervir la olla» o «Hacer hervir a la olla »?. ¿Quién hubiera librado a la Iglesia de tan grande tiniebla de errores, que sin duda, nadie habría advertido, de no salir éstos con grandes sellos de la Universidad a denunciarlos? Y harto felices son al hacerlo.

Además,describen con tanto detalle las cosas del infierno como si hubiesen pasado muchos años en esta república. Incluso fabrican a capricho nuevos mundos, añadiendo uno vastísimo y lleno de hermosura para que las almas de los bienaventurados no echen en falta donde pasear cómodamente, celebrar banquetes o jugar a la pelota .

Y de tal manera estas y otras mil estupideces atiborran e hinchan sus cabezas que imagino no había de estarlo tanto la de Júpiter cuando para dar a luz a Minerva pidió su hacha a Vulcano. No os asombréis, pues, cuando en las reuniones públicas veáis sus venerables cráneos tan cuidadosamente cubiertos con el birrete, porque de no hacerlo así, tal vez estallaran.

Con frecuencia yo misma suelo reírme de ellos, cuando considero que pasan por más teólogos cuanto más bárbara y duramente hablan; balbucean con tal oscuridad, que nadie sino los tartamudos mismos pueden comprenderlos, y reputan por conceptos ingeniosos todo lo que el vulgo no entiende. Dicen que es indigno de las Sagradas Escrituras someterse a las normas de la gramática. Singular privilegio el de los teólogos sisólo a ellos estuviera concedido hablar incorrectamente, pero lo tienen que compartir con muchos míseros remendones.

En fin, se creen semidioses cuando son saludados casi devotamente con las palabras de « Magister noster», que representa para ellos algo esotérico, como el «tetragrámmaton» de los judíos. Creen así que aquella frase debe escribirse con mayúsculas, y si alguno invierte las palabras y dice: « Noster magister», esto sólo basta para arruinar de un golpe la majestad del prestigio teológico.

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Parecidos en felicidad a éstos son los que se hacen llamar vulgarmente religiosos

y monjes, nombres impropios a más no poder, pues buena parte de ellos está apartada

de la religión, y no hay a quién más se encuentre por todas partes .

No sé quién sería más desdichado que esta gente si no acudiese yo en su auxilio de milmaneras. Tan aborrecido de todos es este gremio, que el encontrárselos casualmente por la calle se tiene por cosa de mal agüero, lo cual no les impide tenerse a sí mismos en alto concepto.

En primer lugar, estiman como suprema perfección estar limpios de toda clase de conocimientos, tanto, que no saben ni leer. Cuando en la iglesia cantan con voz asnal los salmos, con ritmo, pero sin sentido, creen de veras halagar placenteramente los

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