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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 25 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

oídos de Dios. Algunos de ellos explotan ventajosamente los harapos y la suciedad berreando por las puertas para que les den un trozo de pan, sin dejar posada, carruaje y barco que no recorran, con grave perjuicio de los demás mendigos. Estos hombres lisonjeros, con su suciedad, su ignorancia, su rusticidad, pretenden desvergonzadamente representarnos a los Apóstoles.

¿Habrá algo más chusco sino que todas las cosas las hagan según preceptos, como si se sujetasen a reglas matemáticas, cuya omisión significase sacrilegio? Se ha determinado el número de nudos de la sandalia, el color del cinturón, la forma de los vestidos, de qué género, forma y clase ha de ser el cíngulo, el corte y tamaño de la cogulla, cuántos dedos ha de tener de grande la tonsura y las horas que han de dormir. Pero ¿quién no comprende la desigualdad de esta igualdad, en tan gran variedad de cuerpos y temperamentos? Pues a causa de estas nimiedades no sólo tienen en poca estima a los demás, sino que se desprecian entre sí y aunque han hecho profesión de caridad apostólica, se lanzan a enormes tremolinas contra los que llevan cinturón distinto del suyo o hábito de color un poco más oscuro.

Verás también algunos que son tan rígidos observantes, que llevan el cilicio exteriormente y debajo ropa finísima milesia; otros, al contrario, llevan debajo lana y encima lino. Algunos evitan el contacto del dinero, como sise tratase de veneno; pero no, en cambio, el del vino y el de las mujeres. En resumen, que todo su afán es no hacer nada que esté acorde con la vida. Su ambición no es imitar a Cristo, sino no parecerse entre ellos, razón por la cual constituyen una de sus mayores satisfacciones los apodos: Unos se pavonean llamándose franciscanos, y dentro de ellos los hay recoletos, menores y mínimos o bulistas; otros se llaman benedictinos, bernardinos, brigidenses, agustinos, guillermitas y jacobitas, como si no les bastase el nombre de cristianos. La mayorparte de ellos conceden tanta importancia a sus ceremonias y tradicioncillas, que piensan que el Paraíso no es bastante recompensa para tanto merecimiento, sin tener en cuenta que Cristo, despreciando todo esto, solamente les exigirá su precepto de la caridad.

Eluno hará ostentación de no haber comido nunca más que pescado; el otro volcará cien azumbres de salmos; el de más allá enumerará sus mil ayunos, correspondientes a otros tantos días en que no ha hecho más que una comida, pero con esta sola habrá cargado el estómago casi hasta reventar; aquél exhibirá un montón de ceremonias que siete barcos no serían suficientes para transportar; quién se gloriará de que en sesenta años no rozaron sus manos una moneda de plata, sin llevarlas doblemente enguantadas; otro presentará su cogulla tan sucia y grasienta, que no se atrevería a ponérsela ni un marinero. Otro recordará que durante más de once lustros vivió como una esponja sin moverse del sitio; otro mostrará su ronquera a causa de cantar; otro dirá que, a consecuencia de la soledad, se ha embrutecido; otro achacará la torpeza de su lengua al silencio.

Pero Cristo, cuando vea que no lleva traza de acabar esta lista de méritos, les

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interrumpirá exclamando: «¿De dónde ha salido esta nueva casta de judíos? En verdad os digo que yo no conozco más que mi ley, y es la única cosa de que no he oído ni una palabra. En aquel tiempo, prometí de modo manifiesto y sin cobertura de parábola alguna, el reino de mi Padre, no a las cogullas, ni a los votos, ni a los ayunos, sino a las obras de caridad. No reconozco a los que estiman tanto sus propios méritos y quieren pasar todavía por mejores que Yo. Vayan, si quieren, al paraíso de los abraxistas , o que les concedan uno de estos nuevos cielos que han inventado, ya que antepusieron sus despreciables tradiciones a mis mandamientos.» Cuando escuchen todo esto y contemp len que lo marinos y los cocheros son preferidos a ellos, ¡con qué cara se mirarán unos a otros!... Pero mientras tanto, les hago dichosos gracias a la esperanza que reciben de mí.

Aunque estén apartados del siglo, nadie se atreve a despreciar a esta gente, sobre todo si se trata de los mendicantes, porque gracias a la confesión están al tanto de todos los secretos. Tienen por ilícito descubrirlos, fuera de cuando beben y quieren deleitarse con historietas ligeras; entonces los cuentan dando indicios de la realidad, pero callando los nombres. Si alguien molesta a alguno de estos zánganos, se dan por agraviados en el púlpito, aludiéndole en el sermón con ciertas indirectas que sólo dejaría de comprender quien fuese rematadamente tonto. No dejan de ladrar hasta que les echan a las fauces su torta de miel.

Ved si hay comediante o sacamuelas que pueda compararse con estos retoricastros que imitan risible pero taimadamente en sus sermones las reglas del arte de la elocuencia que fijaron los maestros. ¡Oh dioses inmortales, cómo gesticulan cómo cambian mañosamente la voz, qué tonillo, cómo se pavonean, cómo se vuelven ahora a una parte y luego a otra del auditorio, qué gritos! Esta manera de predicar se la enseña directamente un frailecico a otro con tanto misterio, que yo no he podido desentrañarla, pero por indicios diré algo de ella.

En primer lugar, hacen una invocación, lo cual han tomado de los poetas luego, como exordio, si van a hablar de la caridad, comienzan con el Nilo de Egipto; si de los misterios de la Cruz dan feliz comienzo a la peroración con Bel, el dragón de Babilonia si se refieren al ayuno, empiezan por los doce signos del Zodiaco, y si de la Fe, principian con interminable introducción acerca de la cuadratura del círculo.

Yo misma oí una vez a un eminente sandio, he querido decir sabio, que en un sermón muy señalado tenía que explicar el misterio de la Santísima Trinidad, y, queriendo dar prueba de que su erudición era notable y halagar las orejas de los teólogos, embocó un camino nuevo: Discurrir sobre las letras, las sílabas y las partes de la oración y después sobre la concordancia del sujeto con elverbo y del adjetivo con el sustantivo. Muchos de los oyentes estaban asombrados y algunos musitaban aquel dicho de Horacio: «¿A qué viene tanta monserga ?». De allí vino a deducir que la imagen entera de la Trinidad se halla manifiestamente significada por los rudimentos de la gramática, de suerte que matemático alguno no daría más exacta representación de ella con sus figuras. Durante

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