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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 26 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

ocho meses estuvo este gran teólogo sudando para componer su sermón y hoy está más ciego que un topo, porque toda la sutileza del ingenio se le subió a la cúspide del talento y a pesar de todo, no le entristece mucho la ceguera y supone que la gloria le ha salido barata.

También oí a un octogenario tan profundo teólogo, que en él habrías dicho que estaba Escoto redivivo. Para explicar el misterio de la palabra Jesús, demostró con sutileza admirable que en las letras de este nombre se encierra todo cuanto pueda decirse de Él. En efecto, como únicamente tiene tres casos de declinación, es evidente símbolo de la Santísima Trinidad. Además, como la primera terminación es Jesús en «s»; la segunda Jesum en «m», y la tercera Jesu «u», dedúcese de esto el inefable misterio que se encierra en ello, porque cada una de estas letras nos dice que Jesús es lo sumo, lo medio y lo último.

Pero aún quedaba un misterio más recóndito en todo esto: Dividió matemáticamente la palabra Jesús en dos partes iguales, quitando la «s» que está en su centro; dijo luego que a esta letra los hebreos la llamaban «syn», que «syn» significa en escocés, según creo, «pecado» y que, por tanto, bien claramente se demostraba que Jesús quitaba los pecados del mundo. Esta demostración tan nueva los dejó a todos con la boca abierta de admiración, pero muy especialmente a los teólogos, que a poco quedan convertidos en piedra, como le sucedió a Niobe, y en cuanto a mí, me dio tal risa, que por poco me ocurre lo que a aquel Príapo de madera de higuera, que tuvo la desdicha de ser testigo de los nocturnos sortilegios de Canidia y Sagana . Y en verdad que hubiera habido motivo, porque, ¿cuándo se ha visto proposición semejante en Demóstenes el griego en el latino Cicerón? Tenían éstos por inadecuado todo exordio extraño al asunto, advertencia que guardan, sin otra maestra que la naturaleza, hasta los porqueros. Pero éstos creen que sus preámbulos, que así los llaman, han de ser más sublimente retóricos porque no tengan relación alguna con el resto de la peroración, de modo que el oyente, maravillado, murmure para sí: «¿Adónde irá a parar con todo esto ?».

El tercer aspecto es que si citan del Evangelio, lo comenten aprisa y corriendo, cuando en realidad debiera tratarse sólo de ello. El cuarto aspecto, cambiando de casaca, es que aborden una cuestión teológica, que a veces nada tiene que ver con el cielo ni con la tierra, cosa que ellos, sin embargo, consideran artística. Aquí ponen un teológico entrecejo y llenan los oídos repitiendo los nombres magníficos de doctores solemnes, doctores sutiles, doctores sutilísimos, doctores seráficos, doctores querubíneos, doctores santos y doctores irrefragables. Entonces viene el arrojar al vulgo ignaro silogismos mayores, menores, conclusiones, corolarios, suposiciones tontas y otras necedades superescolásticas. Queda aún el quinto aspecto, que es aquel en que al orador le conviene mostrarse consumado maestro. Para ello refieren alguna fábula estúpida y vulgar extraída del Speculum historiale o de las Gesta romanorum y la interpretan alegórica, tropológica y anagógicamente. Y de este modo rematan su monstruo,al cual no se acercó ni Horacio cuando escribió aquello de « Humano capiti»,

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etc .

Oyeron decir a no sé quién que convenía que el comienzo de la oración fuese tranquilo y nada estrepitoso y, de esta suerte, comienzan los exordios sin oírse ni a sí mismos, como si se propusieran que nadie entienda lo que dicen. Oyeron también que había que usar exclamaciones para atraerse los ánimos, y por ello de repente levantan la voz a un furioso clamor, aunque ninguna falta haga. Lo que sí la haría sería el eléboro, pero no conseguirás nada por mucho que clames aconsejándoselo. Oyeron asimismo que es preciso que el sermón vaya caldeándose progresivamente, y por ello, después de haber recitado normalmente el principio de cada parte, de repente se valen de un prodigioso chorro de voz, aunque el asunto sea de lo más trivial, y así acaban como si hubiesen perdido el aliento. Por último, aprendieron de los retóricos a acudir a la risa, y por ello tratan de desparramar algunos chistes que, ¡oh amada Afrodita!, están tan llenos de gracia y tan en su sitio como el asno tocando la lira.

A veces son mordaces, pero de tal modo, que en vez de herir hacen cosquillas y nunca son más aduladores que cuando quieren que pase porque hablan con el corazón en la mano.

En suma, que toda su actuación es tal, que se juraría que han aprendido de los charlatanes de mercado, que les son muy superiores, aunque son ambos tan afines que nadie podría aclarar si éstos han enseñado su retórica a aquéllos, o aquéllos a éstos.

Y, sin embargo, se encuentra gente, gracias a mí, que, al oírles, cree escuchar a verdaderos Demóstenes y Cicerones. Entre ellos sobresalen los mercaderes y las mujercillas,a quienes se esfuerzan más en agradar, porque si la adulación es oportuna, suelen compartir con ellos algunas migajas de sus bienes mal adquiridos. Las mujeres, entre otras muchas razones, favorecen a los frailes porque suelen confiar a su seno las quejas que tienen contra sus maridos.

Comprendéis perfectamente cuánto me deben estos hombres que con sus ridículas ceremonias, sus gritos y sus necedades, ejercen una especie de despotismo entre los mortales y se creen unos San Pablo y San Antonio.

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Pero dejemos ya en buena hora a estos histriones; son tan ingratos disimulando

los beneficios que de mí reciben como deshonestos al fingir devoción.

Hace ya rato que deseaba deciros algunas palabras sobre los reyes y los príncipes que me rinden sincero culto, y voy a exponeros este asunto con la libertad de toda persona libre. Si alguno de éstos tuviera sólo media onza de sentido común, ¿habría existencia más triste y más merecedora de ser rehuida que la suya? En verdad que no creerían que valiese la pena de adquirir el poder por una traición o un parricidio, ya que es una carga inmensa la que se echa sobre los hombros quien quiere proceder como verdadero rey. El que toma las riendas del gobierno no debe ocuparse en sus asuntos propios, sino en los públicos; debe únicamente interesarse por el interés general, no apartarse ni lo ancho de un dedo de las leyes que él ha promulgado y de las que es

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