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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 28 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

caridad que debe llegar a ayudar a todos, es decir, a enseñar, exhortar, consolar, reprender, amonestar, evitar las guerras, resistir a los malos príncipes derramando para ello no sólo las riquezas, sino la propia sangre en beneficio del rebaño de Cristo? Además,¿se precisan las riquezas para imitar a los Apóstoles en su existencia?» Si todo esto recordasen, no ambicionarían tal posición y dejándola de buen grado, llevarían vida laboriosa y prudente, como fue la de los discípulos de Jesús.

[59] Si los Sumos Pontífices, que hacen las veces de Cristo en la Tierra se esforzaran en imitar su vida, su pobreza, trabajos, doctrina, su cruz y desprecio del mundo; si pensasen en que el nombre de «Papa» quiere decir «Padre» y advirtieran el título de «Santísimo», ¿quién habría tan desdichado como ellos? ¿Quién querría alcanzar este honor a tal precio y conservarlo por medio de la espada, el veneno y todo género de violencias? ¡Cómo tendrían que privarse de sus placeres si alguna vez se adueñase de ellos la sabiduría...! ¿He dicho la sabiduría? Sería suficiente un granito de sal, según recuerda Cristo. ¡Tantas riquezas honores, triunfos, poder, cargos, indulgencias, tributos, caballos, mulos, escoltas y comodidades! Ya veis cuántas vigilias, cuánto trabajo y cuánta riqueza he resumido en pocas palabras.Todo esto habrían de trocarlo por vigilias, ayunos, lágrimas, preces, sermones, estudios, penitencias y otras mil pesadumbres. Pero no hay que olvidarlo que sería entonces de tantos escribanos, copistas, notarios, abogados, promotores, secretarios, muleros, caballerizos, recaudadores, proxenetas, y alguno más vergonzoso agregaría, pero temo que resulte ofensivo para el oído. En suma, tan ingente muchedumbre onerosa, me he equivocado, he querido decir honrosa, para la Sede romana, se vería reducida al hombre, y esto, verdaderamente, sería cruel y abominable; pero todavía sería más aborrecible que los supremos príncipes de la Iglesia y lumbreras del mundo volvieran al cayado y al zurrón.

En nuestros días todo lo que significa sacrificio se lo encomiendan a San Pedro y San Pablo, a los que les sobra tiempo para ello, pero si algo hay que signifique esplendor y regalo, lo guardan para sí. Y así, merced a mi cuidado, no hay hombres que lleven vida más voluptuosa y menos sobresaltada, a fuer de convencidos de que Cristo está satisfecho de su sagrada y casi escénica, de esas ceremonias, de los títulos de «Beatitud,Reverencia y Santidad», y de cómo actúan de obispos repartiendo anatemas y bendiciones.

Hacer milagros es antiguo, pasado de moda e impropio de nuestro tiempo, enseñar al pueblo es penoso, interpretar las Sagradas Escrituras es cosa de escolásticos; rezar es ocioso; llorar es de pobres y de mujeres, la pobreza es sórdida y el obedecer es vergonzoso y poco digno de quienes apenas conceden a los reyes más poderosos el honor de besar sus santos pies; morir es espantoso y la crucifixión infamante.

Las únicas armas que les quedan hoy son esas dulces bendiciones de que habla San Pablo y que ellos prodigan benignamente, y las interdicciones, suspensiones,

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agravaciones, anatemas, pinturas odiosas y ese terrible rayo que con solo su fulgor precipita las almas de los mortales más allá del Tártaro. Los Santísimos Padres en Cristo, vicarios suyos en la Tierra, a nadie apremian con más vigor que a quienes, tentados por Satanás, osan aminorar y menoscabar el patrimonio de San Pedro, pues aunque este Apóstol dijo en el Evangelio: «Todo lo hemos dejado para seguirte », se reúnen bajo elnombre de Patrimonio de San Pedro tierras, ciudades, tributos y señoríos. Encendidos de amora Cristo, combaten con el fuego y con el hierro, no sin derramar sangre cristiana a mares, entendiendo que así defienden apostólicamente a la Iglesia, esposa de Cristo, cuando han exterminado sin piedad a los que llaman sus enemigos. ¡Cómo si hubiese peores enemigos de la Iglesia que esos pontífices impíos que con su silencio coadyuvan a abolir a Cristo, en tanto que alcahuetean con su ley, la adulteran con caprichosas interpretaciones y le crucifican con su conducta infame!

Pero aduciendo que la Iglesia cristiana fue fundada con sangre, cimentada con sangre y con sangre engrandecida, resuélvenlo todo a punta de espada, como si no estuviera Cristo para proteger a los suyos, según es, propio de Él, Aunque la guerra es tan cruel, que más conviene a las fieras que a los hombres; tan insensata, que los poetas la representan como inspirada por las Furias; tan funesta, que trae consigo la ruina de las públicas costumbres; tan injusta, que los criminales más depravados son los que mejor la practican, y tan impía, que no guarda el menor nexo con Cristo, los Papas lo olvidan para practicarla . Por eso vemos a ancianos decrépitos que demuestran un ardor juvenil y no les arredran los gastos, no les rinde la fatiga, ni nada les detiene para trastornar leyes, religión, paz y todas las cosas humanas. Además, no les faltan aduladores cultos que den a esta manifiesta insensatez el nombre de celo, piedad y valor, pensando que sea posible esgrimir el hierro homicida y hundirlo en las entrañas de sus hermanos sin perjuicio de la caridad perfecta, la cual, según el precepto de Cristo, debe todo cristiano a su prójimo.

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No sé si con estas cosas dieron ejemplo, o quizá lo tomaron, a ciertos obispos

alemanes que, renunciando por completo al culto, bendiciones y ceremonias, viven como verdaderos sátrapas, creyendo que es una cobardía indigna de un obispo entregar el alma a Dios como no sea en un campo de batalla. Y la masa de los sacerdotes cree pecaminoso desdecir de la santidad de sus prelados, y así, ¡vive Dios!, con cuán belicoso ardor les vemos luchar defendiendo sus diezmos con espadas, dardos, piedras y toda clase de armas. ¡Qué vista ton aguda tienen para extraer de los viejos escritos algo que aterre a las gentes sencillas y las convenza de que deben pagar algo más que el diezmo! Pero no, mientras tanto, no les viene a la mente lo mucho que por todas partes aparece escrito acerca de la obligación que tienen de proteger al pueblo. Su tonsura ni siquiera les recuerda que deben estar exentos de las ambiciones de este mundo y pensar sólo en las cosas del cielo. Pero a fuer de gente de buena condición, creen cumplir perfectamente con sus deberes rezongando las oraciones de cualquier

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