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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 3 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

mejor, que he estado corriendo a horcajadas sobre un palo de escoba.

Ya que concedemos a todas las clases de la sociedad sus recreaciones, sería una injusticia prohibírselas a los estudios, sobre todo si la chanza descansa en un fondo serio y si está manejada de tal suerte que el lector un poco listo saque de ellas más fruto que de las severas y pomposas elucubraciones de ciertos escritores. Testigos son esos discursos zurcidos de piezas y de retazos, donde se ensalza la retórica y la filosofía, donde se hace el panegírico de un príncipe, donde se predica la guerra contra el Turco, donde se predice el porvenir, donde se forjan nuevas cuestiones por nada. Así como no hay cosa más tonta que tratar un asunto serio de una manera frívola, del mismo modo tampoco hay nada tan ingenioso como tratar un asunto baladí sin incurrir en niñerías. Solamente al público toca juzgarme; sin embargo, si el «amor propio» no me ciega demasiado, me parece que no estaba completamente loco al hacer el elogio de la locura.

Por lo que se refiere al reproche de causticidad, responderé que el escritor ha sido siempre dueño de zaherir todas las condiciones de la vida humana, con tal de que su licencia no degenerase en frenesí. Me admira la delicadeza de las orejas de nuestros días; apenas sí pueden admitir los títulos aduladores. Gentes se ven que entienden tan al revés la religión, que las más horribles blasfemias contra Cristoleo chocarían menos que una ligera broma acerca de un papa o de un príncipe, sobre todo si en ello «les va el pan».

Pregunto yo: criticar a la especie humana sin atacar a nadie individualmente, ¿es morder? ¿No es más bien instruir y aconsejar? Además, ¿no me critico yo mismo bajo muchos aspectos? Y sobre todo, cuando el satírico no perdona a ninguna clase social, no puede sostenerse que él quiera vejar a ningún hombre, sino a todos los vicios. Por lo tanto, si alguno se levanta y grita que está herido, él mismo descubrirá su culpabilidad, o por lo menos, su temor.

San Jerónimo ha escrito en este género con más libertad y mordacidad, frecuentemente hasta sin perdonar los nombres propios. Por lo que a nosotros toca, aparte de que nos hemos abstenido formalmente de nombrar a nadie, hemos cuidado nuestras expresiones, y cualquier lector sensato comprenderá que hemos preferido más bien agradar que morder. A ejemplo de Juvenal, no hemos descendido al fangal oculto de los vicios para removerlo constantemente, sino que nos hemos limitado a pasar revista a las ridiculeces más bien que a las torpezas. Si estas razones no bastan para tranquilizar a algunos, piensen por lo menos lo bien que resulta ser censurados por la Locura, y que, al hacerla hablar, hemos debido sostener el carácter del personaje.

Pero ¿no es esto insistir ya mucho cerca de un abogado cuyo talento, único, sabe sacar triunfantes las causas más difíciles? Adiós, elocuentísimo Moro; toma . Pon calor en la defensa de esta Moría.

En el campo, 9 de Junio de 1508.

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

Habla la estulticia

[1] Diga lo que quiera de mí el común de los mortales, pues no ignoro cuán mal hablan de la Estulticia incluso los más estultos, soy, empero, aquélla, y precisamente la única que tiene poder para divertir a los dioses y a los hombres. Y de ello es prueba poderosa, y lo representa bien, el que apenas he comparecido ante esta copiosa reunión para dirigiros la palabra, todos los semblantes han reflejado de súbito nueva e insólita alegría, los entrecejos se han desarrugado y habéis aplaudido con carcajadas alegres y cordiales, por modo que, en verdad, todos los presentes me parecéis ebrios de néctar no exento de nepente, como los dioses homéricos, mientras antes estabais sentados con cara triste y apurada, como recién salidos del antro de Trofonio.

Al modo que, cuando el bello sol naciente muestra a las tierras su áureo rostro, o después de un áspero invierno el céfiro blando trae nueva primavera, parece que todas las cosas adquieran diversa faz, color distinto y les retorne la juventud, así apenas he aparecido yo, habéis mudado el gesto. Mi sola presencia ha podido conseguir, pues, lo que apenas logran los grandes oradores con un discurso lato y meditado que, a pesar de ello, no logra disipar el malhumor de los ánimos.

[2] En cuanto al motivo de que me presente hoy con tan raro atavío, vais a escucharlo si no os molesta prestarme oídos, pero no los oídos con que atendéis a los predicadores, sino los que acostumbráis a dar en el mercado a los charlatanes, juglares y bufones, o aquellas orejas que levantaba antaño nuestro insigne Midas para escuchar a Pan.

Me ha dado hoy por hacer un poco de sofista ante vosotros, pero no de esos de ahora que inculcan penosas tonterías en los niños y los enseñan a discutir con más terquedad que las mujeres. Imitaré, en cambio, a los antiguos, que para evitar el vergonzoso dictado de sabios prefirieron ser llamados sofistas. Se dedicaban éstos a celebrar las glorias de los dioses y los héroes. Por ello, vais a oír también un encomio, pero no el de Hércules ni el de Solón, sino el de mí misma, el de la Estulticia.

[3] No tengo por sabios a esos que consideran que el alabarse a sí mismo sea la mayor de las tonterías y de las inconveniencias. Podrá ser necio si así lo quieren, pero habrán de confesar que es también oportuno. ¿Hay cosa que más cuadre sino que la misma Estulticia sea trompetera de sus alabanzas y cantora de sí? ¿Quién podrá describirme mejor que yo? A no ser que por acaso me conozca alguien mejor que yo misma. Sin embargo, me creo mucho más modesta que esta tropa de magnates y sabios que, trastrocado el pudor, suelen sobornar a un retórico halagador o a un poeta vanilocuo y le ponen sueldo para escucharle recitar sus alabanzas, que no son sino mentiras. El elogiado, aun fingiendo rubor, hace la rueda y yergue la cresta, como el pavo real, mientras el desvergonzado adulador equipara con los dioses a aquel hombre de nada

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