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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 31 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

ellos y yo también», como quien tiene a honra hacer notar que en esto era lo mismo que ellos; y todavía enmendó: «Y yo más», pues sabía que no sólo era igual a los demás Apóstoles, sino que en algo les superaba. Para que esta afirmación que él consideraba verdad no ofendiese por arrogante los oídos, se cubrió con el pretexto de la sandez, diciendo: «Hablo como el menos sabio», precisamente porque sabía que es privilegio de los estultos decir la verdad sin causar ofensa.

Les dejo que discutan lo que San Pablo quiso verdaderamente decir al escribir esto. En cuanto a mí, me atengo al parecer de nuestros grandes y crasos teólogos, prestigiosísimos a ojos del vulgo, con los cuales, ¡por Jove!, prefiere la mayoría de nuestros doctos engañarse, a estar en lo cierto con los sabios trilingüistas. Pues ninguno de estos helenistillas hace más de lo que puede hacer una cotorra, sobre todo un insigne teólogo cuyo nombre callo para que mis loros no lancen contra él el epigrama griego de «El asno tocando la lira »; el cual ha explicado magistral y teologalmente el pasaje en cuestión y, al llegar a la frase: «Hablo como estulto porque lo soy más que nadie», hace capítulo aparte, y además, no sin profunda dialéctica, añade un pedazo para interpretarla así. Transcribo sus propias palabras, así en forma como en esencia: «Hablo a lo estulto», o sea: «Si os parezco necio porque me comparo a los falsos apóstoles, más os lo he de parecer cuando veáis que me considero superior a ellos». Y poco después, como olvidándose de ello, pasa a otra cosa.

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Pero ¿por qué escuetamente he de emplear sólo un ejemplo para apoyarme? Es

derecho común de los teólogos que todos pueden estirar como una piel las Sagradas

Escrituras. En San contradicciones que

Pablo, algunos no existen en su

pasajes de las lugar original y,

Sagradas si hemos

Escrituras ofrecen de dar crédito a San

Jerónimo, que casualidad un

hablaba cinco lenguas, ara votiva y violentó la

cuando el Apóstol estuvo en Atenas vio por inscripción para convertirla en argumento en

favor de la fe cristiana; suprimió todo lo que le estorbaba y no conservó más palabras finales, aunque también un tanto alteradas: «Al Dios desconocido».

que las A pesar

de

ello,

la

inscripción

decía:

«A

los

dioses

de

Asia,

de

Europa

y

de

África;

a

los

dioses

desconocidos

y

extranjeros.»

Siguiendo

su

ejemplo,

a

lo

que

me

parece,

los

teólogos

rebuscan

en

uno

y

otro

lado

unos

cuantos

fragmentos

y,

si

les

hace

falta,

los

mixtifican

a tenor de la conveniencia, sin tener en cuenta que lo anterior o relación con el caso y a veces hasta lo contradice, método desvergüenza que muy a menudo lo copian los jurisconsultos.

lo que sigue guarde de tan afortunada

¿Y qué será lo que no les salga bien después de que aquel gran... —casi se me escapa el nombre, pero le tengo temor al proverbio griego— dio un significado a las palabras de San Lucas que se acomoda al pensamiento de Cristo como el fuego al agua? Cuando un grave peligro amenaza, en tal momento los buenos vasallos suelen más estrechamente unirse a su señor, porque saben cuánto vale la unión para luchar. Por eso Cristo quiso que los suyos no se acostumbraran a buscar auxilio, y les preguntó si de

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alguna cosa habían carecido desde que les había enviado a anunciar el Evangelio, sin ayuda ninguna, sin calzado que defendiera sus pies de las espinas y de las piedras y sin alforjas contra el hambre; y como ellos le respondieron que nada les había faltado, dijo: «Pues ahora el que tenga un zurrón, lo abandone y el que no lo tenga venda la túnica y compre una espada.» Como quiera que la doctrina entera de Cristo no enseña otra cosa que la dulzura, la indulgencia y el desprecio de la vida, ¿a quién puede ocultarse el sentido de este pasaje? Quiere, para más desarmar a sus enviados, que vayan exentos no sólo de zapatos y de alforjas, sino también que se despojen de su túnica, a fin de que, desnudos y libres, emprendan la predicación del Evangelio sin llevar sino su espada, espada no como aquella con que se lucran ladrones y parricidas, sino la espiritual que traspasa hasta el fondo del corazón y que de un solo tajo cercena todas las pasiones para no dejar en ellos más que la piedad. Pues ved ahora de qué manera nuestro célebre teólogo retorció este texto: La espada supone la defensa contra las persecuciones; la alforja, una buena cantidad de víveres para el camino; es decir, cual si Cristo, al darse cuenta de que había enviado a sus predicadores equipados poco suntuosamente, se retractara de sus instrucciones. Como si olvidase cuanto les había dicho de que alcanzarían el cielo sufriendo injurias, afrentas y suplicios; prohibiéndoles que se revolviesen contra la adversidad; que fuesen dulces y humildes, y no feroces; olvidando, repito, haberles señalado que debían tomar ejemplo de los lirios y de los pajaritos, no quisiese ahora que partiesen sin espada, que habían de vender la túnica para comprar, y prefiriese que fuesen desnudos que desarmados. Y así como, bajo el nombre de espada comprendía todos los procedimientos de rechazar la violencia, la alforja resume todo aquello que concierne a las necesidades de la vida humana. Luego quiere el intérprete del pensamiento divino enviar a los Apóstoles a predicar al Crucificado armados de lanzas, ballestas, hondas y bombardas; les carga de cajas, maletas y fardos, quizá para que no se expongan a salir de la posada sin comer. No impresiona al teólogo que acerca de esta espada que tanto recomienda comprar Jesucristo,había mandado poco antes que estuviese en la vaina y nunca se ha oído que los Apóstoles usasen espadas y escudos contra las violencias de los gentiles, como sin duda hubieran hecho si Cristo hubiera tenido la intención que se le atribuye.

Otro doctorque no quiero nombrar por respeto , a la frase de Habacuc: «Las tiendas de la tierra de Madián serán turbadas», convierte en la piel de San Bartolomé desollado.

No hace mucho asistí a una disertación teológica, como lo hago a menudo, y uno preguntó en qué lugar de la Escritura se ordena castigar a los herejes por el fuego en vez de convencerlos por la persuasión. Un anciano grave, cuyo ceño declaraba francamente que era teólogo, respondió con gran indignación que ese pasaje era del apóstol San Pablo,el cual dijo: «Evita al hereje después de haber intentado repetidamente disuadirle de su error.» Y como lo dijese reiteradamente y a grandes voces, muchos se preguntaron qué le sucedía a aquel hombre, y acabó por explicar que hay que apartar « de vita» al hereje. Unos se rieron, pero no faltaron quienes encontraron el argumento

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