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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 34 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

pero los devotos se esfuerzan por desarraigarlos de su corazón o más bien por elevarles a la región más alta del espíritu, y así, cuando aman al padre, no lo aman como padre que sólo les dio su parte física, y aun esto se lo deben a Dios, sino como varón justo, en el que ven brillar una imagen de la divina mente que llaman Sumo Bien, fuera del cual nada hay para ellos digno de ser amado o anhelado. Este mismo criterio aplican a todos los sentimientos en la vida, de suerte que si no desprecian absolutamente todo lo visible, lo postergan a lo invisible.

Establecen en los Sacramentos y aun de los deberes de piedad un aspecto espiritual y otro corporal. Así, en el ayuno, conceden poca importancia a la abstinencia de carne y de cena, que es lo que el vulgo considera absoluto ayuno, a no ser que al mismo tiempo repriman lo más posible las pasiones refrenando cólera y orgullo, a fin de que el alma, más aliviada de su carga corporal, pueda elevarse al goce y delicia de los bienes celestiales. De manera semejante razonan respecto de la Misa y, aunque no desdeñan la liturgia, no obstante, le conceden poco interés y la consideran perjudicial si aparece como obstáculo para penetrar en lo espiritual, que es lo representado con aquellos signos visibles. Se representa allí la muerte de Cristo, la cual deben imitar los mortales domando,extinguiendo, y sepultando, por decirlo así, sus pasiones para resucitar como Él a una nueva vida y unirse con Cristo y con todos los hermanos. Así piensa y se conduce el creyente.

En contra, el vulgo cree que el sacrificio de la Misa consiste sólo en plantarse ante el altar lo más próximo posible al sacerdote, escuchar a los que cantan y contemplar las ceremonias. No sólo en los ejemplos dichos, sino en todas las demás ocasiones de la vida, el devoto evita todo lo concerniente al cuerpo para elevarse hacia lo eterno, lo espiritual y lo invisible. Por lo cual, como tan enorme diferencia separa a unos y otros, se tachan de locos mutuamente. Esta palabra, a mi ver, mejor encaja en los devotos que en el vulgo.

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Ello se verá más claro si, según os lo he prometido, demuestro brevemente que

esa suprema felicidad a que aspiran los creyentes no es sino una especie de locura.

Observad que Platón vislumbró algo de esto cuando escribió que el delirio de los amantes era el más feliz de todos . En efecto, el que ama ardientemente no vive en sí, sino en el objeto amado, y cuanto más se aparta de su propio ser para acercarse a ese objeto, su gozo crece más y más. Cuando el espíritu procura separarse del cuerpo de modo que ya no usa apropiadamente de sus órganos, evidentemente es que se produce el delirio. ¿Qué otro sentido tienen si no las expresiones vulgares de «está fuera de sí», «vuelve en ti» y «ya ha vuelto en sí»?. Ahora bien: cuanto más intenso es el amor, más profundo y feliz es el delirio que produce. Por tanto, ¿qué puede ser esa vida celestial a la que las almas tan fervientemente aspiran?

El espíritu, como más fuerte y poderoso, absorberá al cuerpo más fácilmente cuanto que éste ha sido ya preparado para tal transformación por el ayuno y la penitencia. A

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

su vez el espíritu será después absorbido por la esencia divina, que es más potente por milmotivos, y así, cuando el hombre esté por completo fuera de sí mismo, podrá alcanzar la felicidad, porque estará despojado de su materialidad y vivirá de modo inefable en el Sumo Bien, que atrae hacia sí a todas las cosas.

Es verdad que la dicha no puede ser perfecta hasta que el alma haya recuperado su antiguo cuerpo y le dé la inmortalidad, pero como la vida devota no es más que una meditación de esta existencia y como una sombra de ella, son algunas veces recompensados como con una especie de goce y aroma de ella.

Aunque es solamente una gota en comparación con la fuente de la divina felicidad, vale más que todas las delicias humanas juntas. ¡Tanto aventajan los deleites espirituales a los corporales y los invisibles a los visibles! El profeta anunció así a los elegidos que: «No ha visto el ojo, ni oído el oído, ni sentido el corazón jamás lo que Dios guarda para los que le aman . Y esto es una parte de la necedad, a la que no destruye la muerte, sino que la perfecciona al pasar a mejor vida. Los pocos a quienes les es dado gustar estos placeres experimentan algo muy parecido a la locura; dicen cosas poco coherentes y diversas de la costumbre humana; hablan sin sentido y cambian súbitamente de cara; tan pronto están alegres como tristes; lloran, ríen o sollozan; y, en fin, están verdaderamente fuera de sí mismos. Luego, cuando recobran el conocimiento, no saben si estuvieron dentro del cuerpo o no, ni si están dormidos o despiertos; ni recuerdan más que como a través de un sueño lo que han oído, visto, dicho y hecho; de lo único que están seguros es de que han sido profundamente dichosos durante su éxtasis, por lo cual lamentan el haber recobrado la razón, tanto que nada desean más que gozar sin interrupción de su especial locura. Tal es una ligera degustacioncilla de la futura felicidad.

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Pero noto que me he olvidado de que estoy traspasando los límites

convenientes. Si alguien considera que locuacidad, pensad que lo he hecho no

he hablado con demasiada pedantería o sólo como Estulticia, sino como mujer.

Recordad, además, el proverbio griego que dice: «Los locos a a menos que penséis que este refrán no reza con las mujeres.

veces

dicen

la

verdad»,

Veo que estáis aguardando el epílogo; pero os erráis si imagináis que me acuerdo de una sola palabra de todo este fárrago que acabo de soltar... Vaya este adagio antiguo: «No me gusta el convidado que tiene buena memoria.» Y yo invento éste: «Detesto al oyente que se acuerda de todo.» Por todo ello, ¡salud, celebérrimos devotos de la Sandez, aplaudid, vivid y bebed!

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