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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 4 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

y le presenta como absoluto ejemplar de toda virtud, aun sabiendo que dista mucho de cualquiera de ellas, que está vistiendo a la corneja de ajenas plumas, blanqueando a un etíope o haciendo de una mosca elefante. En resumen, me atengo a aquel viejo proverbio del vulgo que dice que «hace bien en alabarse a sí mismo quien no encuentra a otro que lo haga».

Sin embargo, declaro que me asombra la ingratitud o la indiferencia de los mortales, pues aunque todos me festejen celosamente y reconozcan de buen grado mi bondad, jamás ha habido ninguno en tantos siglos que haya celebrado las glorias de la Estulticia en un agradable discurso, al paso que no han faltado quienes, a costa del aceite y del sueño, hayan importunado con relamidos elogios a los Busiris, a los Falaris, las fiebres cuartanas, las moscas, la calvicie y otras pestes semejantes.

Vais, pues, a escuchar de mí un discurso que será tanto más sincero cuanto es improvisado y repentino.

[4] No querría que creyeseis que lo he compuesto para exhibición del ingenio a la manera que lo hace la cáfila de los oradores. Pues éstos, según ya sabéis, cuando pronuncian un discurso que les ha costado treinta años elaborar, y que más de una vez es incluso ajeno, juran que lo han escrito, y aun que lo han dictado, en tres días, como por juego.

A mí siempre me ha sido sobremanera grato decir lo que me venga a la boca. Que nadie espere de mí, pues, que comience con una definición de mí misma, según es costumbre de los retóricos vulgares, y mucho menos que formule divisiones, pues constituiría tan mal presagio el poner límites a mi poder, que tan vasto se manifiesta, como separar las partes de aquello en que confluye el culto de todo linaje de gentes. Y, en fin, ¿a qué conduciría el convertirme con una definición en imagen o fantasma, cuando me tenéis presente ante vosotros mirándome con los ojos? Según veis yo soy verdaderamente aquella dispensadora de bienes llamada por los latinos «Stultitia», y por los griegos, «Moría».

[5] Sin embargo, ¿qué necesidad había de decíroslo? ¡Como si no expresasen bastante quién soy el semblante y la frente; como si alguno que me tomase por Minerva o por la Sabiduría no pudiesedesengañarse con una sola mirada aun sin mediar la palabra, pues la cara es sincero espejo del alma! En mí no hay lugar para el engaño, ni simulo con el rostro una cosa cuando abrigo otra en el pecho. Soy en todas partes absolutamente igual a mí misma, de suerte que no pueden encubrirme esos que reclaman título y apariencias de sabios y se pasean como monas revestidas de púrpura o asnos con piel de león. Por esmerado que sea su disfraz, les asoman por algún sitio las empinadas orejazas de Midas. ¡Ingratos son conmigo, por Hércules, esos hombres que, aun perteneciendo en cuerpo y alma a mi tropa, se avergüenzan tanto de nuestro nombre ante el vulgo, que llegan a lanzarlo contra los demás como grave oprobio! Por ser

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estultísimos,aunque pretendan ser tenidos por sabios y por unos Tales, ¿no merecerían con el mejor derecho que les calificásemos de sabios-tontos ?.

[6] He querido de esta manera imitar a algunos de los retóricos de nuestro tiempo que se tienen por unos dioses en cuanto lucen dos lenguas, como la sanguijuela, y creen ejecutar una acción preclara al intercalar en sus discursos latinos, a modo de mosaico, algunas palabritas griegas, aunque no vengan a cuento. Si les faltan palabras de lenguas extranjeras, arrancan de podridos pergaminos cuatro o cinco palabras anticuadas con las cuales derramen las tinieblas sobre el lector, de suerte que los que las entiendan se complazcan más con ellas, y los que no, se admiren tanto más cuanto menos se enteren. Efectivamente, mi gente se complace más en una cosa a medida que de más lejos viene. Y si en ella los hay que sean un poco más ambiciosos, ríanse, aplaudan y, según el ejemplo de los asnos, muevan las orejas a fin de que parezca a los demás que lo comprenden todo.

Y basta de este asunto. Vuelvo ahora a mi tema.

[7] Ya conocéis mi nombre, varones... ¿Qué adjetivo añadiré? Ningún otro que estultísimos, porque ¿puede llamar de modo más honroso a sus devotos la diosa Estulticia? Como mi genealogía no es conocida de muchos, voy a tratar de exponerla, con el favor de las musas. No fue mi padre ni el Caos, ni el Oreo, ni Saturno, ni Júpiter, ni otro alguno de esta anticuada y podrida familia de dioses, sino Pluto, aquel que a pesar de Hesíodo y Homero y hasta del mismo Júpiter, es el verdadero padre de los dioses y de los hombres. Según su antojo se agitaban y se agitan las cosas sacras y las profanas, y a tenor de su arbitrio se rigen guerras, paces, mandatos, consejos, juicios, comicios, matrimonios, pactos, alianzas, leyes, artes, lo cómico, lo serio y —me falta el aliento—las cosas públicas y privadas de los mortales. Sin su favor, toda esta turba de dioses de que hablan los poetas, y diré más, ni los mismos dioses mayores, o no existirían en absoluto o no podrían comer caliente en sus propios altares. Si alguien tuviese a Pluto airado contra él, no le valdría ni el auxilio de Palas. Por el contrario, quien le tenga propicio, puede permitirse mandar a paseo al Sumo Júpiter y su rayo. Éste es el padre de quien me enorgullezco y éste fue quien me engendró, no sacándome de la cabeza, como lo hizo Júpiter con la aburrida y ceñuda Palas, sino en la ninfa Neotete, que es la más bella y la más alegre de todas. Tampoco soy fruto de un triste deber conyugal, como lo fue aquel herrero cojo, sino lo que es mucho más deleitoso, «de un amor furtivo», como dice nuestro Homero. No caigáis en el error de creer que me engendró aquel Pluto aristofánico , que tenía un pie en el ataúd y la vista perdida, sino un Pluto vigoroso, embriagado por la juventud, y no sólo por la juventud, sino aún mucho más por el néctar que gustaba beber puro y largo en el banquete de los dioses.

[8] Si me preguntáis también el lugar donde nací —puesto que en el día se juzga

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