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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura - page 5 / 34

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

trascendental para la nobleza el sitio donde uno dio los primeros vagidos—, diré que no provengo de la errática Delos ni del undoso mar, ni de las profundas cavernas, sino de las mismas islas Afortunadas, donde todo crece espontáneamente y sin labor . Allí no hay ni trabajo, ni vejez, ni enfermedad, ni se ve en el campo el gamón, ni la malva, la cebolla, el altramuz, el haba u otro estilo de bagatelas, sino que por doquier los ojos y la nariz se deleitan con el ajo áureo, la pance, la nepente, la mejorana, la artemisa, el loto, la rosa, la violeta y el jacinto, cual otro jardín de Adonis.

Nací en medio de estas delicias y no amanecí llorando a la vida, sino que sonreí amorosamente a mi madre. Asíno envidio al altísimo Júpiter la cabra que le amamantó, puesto que a mí me criaron a sus pechos dos graciosísimas ninfas, la Ebriedad, hija de Baco, y la Ignorancia, hija de Pan, a las cuales podéis ver entre mis acompañantes y seguidores. Si queréis conocer sus nombres, os los diré, pero, ¡por Hércules!, no sera sino en griego.

[9] Ésta que veis con las cejas arrogantemente erguidas es el Amor Propio. Allí esta la Adulación,con ojos risueños y manos aplaudidoras. Ésta que veis en duermevela y que parece soñolienta, es el Olvido, Ésta, apoyada en los codos y cruzada de manos, se llama Pereza. Ésta, coronada de rosas y ungida de perfumes de pies a cabeza, es la Voluptuosidad. Ésta de ojos torpes y extraviados de un lado para otro, es la Demencia. Ésta otra de nítido cutis y cuerpo bellamente modelado, es la Molicie. Veis también dos dioses, mezclados con esas doncellas, de los cuales a uno llaman Como y al otro «Sublime modorra». Con los fieles auxilios de esta familia, todas las cosas permanecen bajo mi potestad y ejerzo autoridad incluso sobre las autoridades.

[10]

Ya habéis oído mi origen, mi educación y séquito. Ahora, para que no parezca

que uso sin motivo del título de diosa, poned las orejas derechas para escuchar cuántos beneficios proporciono así a los dioses como a los hombres y cuán dilatadamente campea mi numen. Pues si alguien escribió con acierto que un dios se caracteriza por ayudar a los mortales y si merecidamente entraron en el Senado divino quienes descubrieron a los mortales el vino, el trigo o cualquierotro beneficio, ¿por qué yo, por derecho propio, no me llamaré y seré tenida por «alfa» de todos los dioses, cuando soy

más generosa que todos en cualquier especie de bienes?

[11]

Primeramente, ¿qué podrá ser más dulce y más precioso que la misma vida? Y en

el principio de ésta, ¿quién tiene más intervención que yo? Pues ni la temida lanza de Palas ni el escudo del sublime Júpiter que mora en las nubes, tienen parte en engendrar

  • o

    propagar la especie humana.

El mismo padre de los dioses y rey de los hombres, que con un ademán estremece a todo el Olimpo, tiene que dejar el triple rayo y deponer el rostro de titán, con el que cuando quiere aterroriza a todos los dioses, para encarnarse miserablemente en persona

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Erasmo de Rotterdam Elogio de la locura

ajena, al modo de los cómicos, si quiere hacer niños, cosa que no es rara en él.

Los estoicos se creen casi dioses; pues bien dadme uno de ellos que sea tres, o cuatro y hasta seiscientas veces más estoico que los demás, e incluso a éste le haré abandonar si no la barba, signo de sabiduría, común por cierto con los machos cabríos, por lo menos el entrecejo fruncido; le haré desarrugar la frente, dejar a un lado sus dogmas diamantinos y hasta tontear y delirar un poquito. En suma, a mí, a mí sola, repito, tendrá que acudir el sabio en cuanto quiera ser padre. Mas ¿por qué no os hablaré con mayor franqueza, según es mi costumbre? Decid si son la cabeza, el pecho, la mano, la oreja, partes del cuerpo consideradas honestas, las que engendran a los dioses y a los hombres. Creo que no, antes bien es aquella otra parte tan estulta y ridícula, que no puede nombrarse sin suscitar la risa, la que propaga el género humano.

Tal es el manantial sagrado de donde todas las cosas reciben la vida, mucho más ciertamente que del «número cuartenario» de Pitágoras. Pues decidme: ¿qué hombre ofrecería la cabeza al yugo del matrimonio si, como suelen esos sabios, meditase los inconvenientes que le traerá esta vida? O, ¿qué mujer permitiría el acceso de un varón si conociese o considerase los peligrosos trabajos del parto o la molestia de la educación de los hijos? Pues si debéis la vida a los matrimonios y el matrimonio a la Demencia, mi acompañante, comprended cuán obligados me estáis. Además, ¿qué mujer que haya sufrido estas incomodidades una vez querría repetirlas, si no interviniese el poder del Olvido? Ni la misma Venus, diga lo que diga Lucrecio , podría esparcir su veneno, y sin el auxilio de nuestro poder sus facultades quedarían inválidas y nulas.

De esta suerte, de nuestro juego desatinado y ridículo proceden también los arrogantes filósofos, a quienes han sucedido en nuestro tiempo esos a los que el vulgo llama monjes, y los purpurados reyes, y los sacerdotes piadosos, y los pontífices tres veces santísimos, y, en fin, toda esa turba de dioses mencionados por los poetas, tan copiosa, que apenas cabe en el Olimpo, con ser éste espaciosísimo.

[12]

Sin embargo, poco sería el que me debieseis el principio y fuente de la vida, si no

os demostrase también que todo cuanto hay en ella de deleitoso procede asimismo de mi munificencia. ¿Qué sería, pues, esta vida, si vida pudiese entonces llamarse, cuando quitaseis de ella el placer? Veo que habéis aplaudido. Ya sabía yo que ninguno de vosotros era bastante sensato , quiero decir bastante insensato, mas vuelvo a decir

bastante sensato, para no adherirse a mi parecer.

Aun cuando los mismos estoicos no desprecien el placer, lo disimulan habilidosamente y lo censuran con mil injurias cuando están delante del vulgo, sin otro objeto que poder gozar de él más generosamente cuando hayan apartado a los demás. Díganme, si no, por Júpiter: ¿Qué día de la vida no vendrá a ser triste, aburrido, feo, insípido, molesto, si no le añadís el placer, es decir, el condimento de la Estulticia? De tal aserto puede valer de testigo idóneo aquel nunca bastante loado Sófocles, de quien se conserva un hermosísimo elogio nuestro: «La existencia más placentera consiste en

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