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pictórico y el pragmático. Así pues, el lenguaje pictórico hace alusión a términos que reflejan condiciones existentes al interior de la mente, dado que hacemos referencia a la salud mental en particular; de modo tal, que la gente expresa enunciados sobre su estado mental como “estoy deprimido”, “tengo miedo” y el terapeuta cree a través de estas palabras ingresar al interior de la mente del paciente.   En otras palabras, el lenguaje pictórico tiene un carácter reafirmante, dado que trata como real aquellos estados mentales que son referidos a través del lenguaje, como si este fuera trasmisor de la verdad.

El lenguaje pragmático, se ocupa del modo de relacionarse entre los individuos. En este sentido, describir determinado estado mental tiene como objetivo provocar ciertas reacciones frente a los otros en interacción, más allá de dar una información “real” sobre los estados mentales.

En este orden de ideas, Gergen (1996) postula que las condiciones de la relación, así como las funciones que esta desempeña, se suscriben a convenciones construidas socialmente. Entonces decir: “estoy muy triste”, puede utilizarse satisfactoriamente en un contexto de pérdida, la muerte de alguien cercano, una ruptura emocional,  etc., pero no ante la finalización de un helado. Esta frase puede promover una respuesta de preocupación y apoyo en los otros cercanos, pero  difícilmente puede ser una invitación de risa y festejo. (“estoy muy triste por la muerte de mi padre”, “lo siento, estoy contigo” y no “te felicito, me muero de risa”). En este sentido, el lenguaje mental no funciona como un espejo del interior.

Dado que en su mayoría los profesionales de la salud mental han construido las categorías diagnósticas de los estados mentales con un lenguaje pictórico, se ha edificado en la cultura un lenguaje del déficit mental que es asumido como verdadero.  Así pues, se acepta la autopercepción de los estados mentales como un supuesto válido sobre el cual es posible, incluso, hacer estudios científicos sin cuestionar la veracidad de su existencia.  Más aún, reconociendo la necesidad de aminorar el sufrimiento humano por parte de estos especialistas, vale la pena reconocer la posibilidad de hacer que los comportamientos ajenos se tornen familiares y por consiguiente sean menos temibles.  De este modo, las actividades no normativas al recibir rótulos estandarizados, pasan de considerarse como brujerías, posesiones, comportamientos extraños y temibles,  a ser comprendidas como vivencias o comportamientos naturales, anticipables y reconocidas por la ciencia.  Esto es, el proceso de familiarización que se da a través de categorizar los comportamientos o estados mentales  “anormales”, facilita la sustitución de la repugnancia y el temor social por reacciones más humanas y constructivas.

Gergen (1996) postula tres consecuencias negativas del vocabulario del déficit mental sobre la sociedad y el individuo.  Estos son:   jerarquía social, erosión de la comunidad y auto-debilitamiento.

Jerarquía social:  El lenguaje del déficit mental actúa como parámetro de  evaluación, limitando la posibilidad de los individuos a  pertenecer a alguno de los ejes culturalmente implícitos del bien y el mal (Gergen, 1996), donde se establecen ciertas suposiciones sobre el bien cultural y el ideal de personalidad, de modo que se crean jerarquías entre los individuos “poco ideales” y los

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