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“normales”, degradando  a los sujetos con carencias.   Así mismo, se manifiesta una predisposición social por encasillar a las personas dentro de las categorías de realidad establecidas a partir del lenguaje del déficit.   Más aun, al establecer estos rótulos se acepta que el otro trae de por sí un tipo de fracaso:   falta de optimismo, pasividad, ansiedad, exagerada emotividad, falta de calma, falta de control, exceso de control, etc.  Cuanto mayor es el número de criterios sobre el bienestar mental, mayor es el número de vías por las que se puede uno volver inferior en comparación con los demás (Gergen 1996 p. 90).

Erosión social:  Al ser incluidos los términos del déficit mental dentro de la realidad médica, se quebrantan los lazos de comunicación entre los individuos y su comunidad, de modo tal que se “eliminan” los individuos de su contexto social para incluirse en un proceso de “realineación profesional” dentro de los cánones de enfermedad, diagnóstico y tratamiento.  Esto es, en la medida en que los “afligidos” participan en programas de diagnóstico y tratamiento médico, el problema se elimina del contexto normal donde opera  y se reconstruye dentro de un contexto profesional, deteriorando la vida en comunidad.  

Autodebilitamiento: Construir la realidad de un individuo bajo los términos del déficit mental,  es sin duda alguna, caracterizar al individuo bajo estos estándares en su totalidad.  Esto es, tal descripción no se limita a una circunstancia particular, inscrita en un tiempo y espacio particular, sino que se extienden a todas las conductas que el sujeto realiza; este lenguaje del déficit se adhiere a la persona haciéndose parte de su identidad, de tal forma, que todas las acciones futuras del sujeto serán leídas tras el lente del diagnóstico y en esta medida en función de sus carencias.  En palabras de Gergen (1996) el lenguaje del déficit mental “esencializa” la naturaleza de las personas. Esto se ejemplifica claramente en el caso de Marcia Lovejov, que cita Gergen (1996) quien al ser diagnosticada por los médicos como esquizofrénica, se le dictaminó para su vida: no poder trabajar, tener relaciones difíciles  con los otros, etc. En resumen, un futuro de vida desesperanzado. Hoy día esta mujer trabaja en la rehabilitación de personas con este diagnóstico y afirma que rotular al ser humano por su condición del déficit mental sería como rotular a un enfermo  de cáncer: este canceroso no se va a curar entonces mandémoslo a un hospital (Gergen, 1996 p192).  Así pues, ser clasificados en función del lenguaje del déficit mental, es construir la vida desde un parlamento sombrío y desolado.  Sin embargo, el autodebilitamiento no termina aquí, concentrar la atención en el lenguaje del déficit individual, anula al contexto social el cual es indispensable en la creación de este tipo de pautas.

Ahora bien, este proceso de enfermización progresiva abanderado por el lenguaje del déficit, tiene una dinámica particular: los profesionales de la salud sacan términos del habla cotidiana, los transforman y los devuelven a la cultura, en un proceso cíclico que acrecienta la influencia de los especialistas y el número de candidatos posibles para “rotular”.  Este proceso se moviliza según Gergen (1996) en cuatro fases: Traducción del déficit, diseminación cultural, la construcción cultural de la enfermedad y la expansión del vocabulario.  

1.

Traducción del déficit: Los problemas de la vida cotidiana son traducidos a un lenguaje especializado del déficit mental, dinamizando la aceptación

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