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de la “enfermedad mental” en la cultura, y por ende la necesidad de un especialista que pueda tratarla.

2.

Diseminación cultural: Dada la sistematización y clasificación de los términos del déficit mental en el siglo XX, la enfermedad mental se reconoce como un fenómeno  que representa amenazas públicas en la medida en que las personas volcán su atención a la búsqueda de síntomas mentales a fin de protegerse de enfermedades mentales profundas.

3.

Construcción cultural de la enfermedad:  El lenguaje del déficit mental es absorbido por la cultura, por el lenguaje del sentido común. Así pues términos como “neurosis”, “histeria”,  “estrés”  o  “depresión”, dejan de ser propiedad de los profesionales de la salud mental y se convierten en uno de los posibles lentes bajo los cuales se puede construir la realidad cotidiana.  De este modo, acontecimientos que antes pasan inadvertidos hoy  pasan a ser posibles síntomas de problemas mentales. Las acciones antes consideradas como “buenas o adecuadas” empiezan a cuestionarse en función de lo problemático. En este sentido, al expandirse el conocimiento sobre el lenguaje del déficit mental, la gente aprende como enfermarse y aumenta la necesidad de ayuda y atención especializada.

4.

Expansión del vocabulario:   Dado que las personas cada vez manejan con más cotidianidad el lenguaje profesional del déficit y desde allí construyen sus problemas, los profesionales de la salud mental, se ven presionados ante el afán de “ampliar “su comprensión.  Por lo cual sofistican los términos y las técnicas terapéuticas,  especificando categorías diagnósticas y creando otras nuevas.  Este proceso de creación de nuevo vocabulario va de la mano con un debilitamiento cultural progresivo y cada vez resulta más fácil poder ser clasificado como un enfermo mental.

Dado que la “enfermización” progresiva se favorece por la consolidación del lenguaje mental, un primer paso para romper el ciclo sería la eliminación de la importancia dada al diagnóstico.  Un segundo paso sería entonces el desarrollo de vocabularios alternativos dentro de los profesionales de la salud mental,  vocabularios que privilegien la autorresponsabilidad y la multidimensionalidad, y que tengan en cuenta las pautas relacionales entre los individuos; vocabularios de mirada compleja, que privilegien al ser humano antes que la enfermedad y que dejen de mutilarlo; vocabularios que no reduzcan a los individuos a la conducta problemática (Gergen, 1996)

No existen las conductas disfuncionales independientes de las disposiciones de la interdependencia social.  Sin embargo, Gergen (1996) advierte la importancia de estar atentos en no pasar de individuos problemáticos a relaciones problemáticas e insuficientes.

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