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funciona y el posterior análisis para hacer más de ello, son la base generadora del cambio en el sistema.

Para Hammond (1998), “el ojo apreciativo”  asume que en cada pieza de arte habita la belleza, en cada organización hay un misterio de sorpresas y profundas realidades espirituales por ser escuchadas y colocadas a la luz de un contexto. Lang (1999) afirma que nuestra responsabilidad como facilitadores y consultores es apostarle a esa realidad viva y desde allí, construir sus opciones de esperanza y futuro.

El lenguaje apreciativo según Lang y Adam (2000), es un compromiso moral de co- creación del mundo en que vivimos, el cual sienta sus cimientos de construcción en el magnífico poder del lenguaje como creador de realidades y nuevas posibilidades de ser.  Searle (citado en Cooperrider 1995) hace un aporte valioso para la terapia, ya que según sus postulados, la forma de hablar de las personas produce realidades particulares; en este sentido a través de los diferentes usos del lenguaje variará la construcción y la narración de las historias personales y colectivas. Este es pues, uno de los postulados más significativos a la hora de hacer terapia y escoger un lenguaje apreciativo, con el objetivo de construir una realidad donde resalten los recursos y las posibilidades como tal.  Esto es, el enfoque apreciativo es una postura, la cual a través una serie de preguntas clave, sacude la memoria de los participantes hacia esos momentos energizantes de éxito durante el pasado, creando así una nueva energía positiva y sinérgica para el futuro inmediato de la organización humana.

Según Cooperrider y Srivatsva (1990) el enfoque apreciativo ha sido descrito como una metodología que toma la idea de la construcción social de la realidad hacia su extremo más positivo, especialmente con el énfasis en las metáforas y las narrativas, las formas relacionales del conocimiento, sobre el lenguaje y sobre el potencial como una forma de la teoría generativa (Gergen, 1996).   Así pues, en palabras de Thatchenkery (1999) un enfoque generativo apunta hacia potenciales realistas que están latentes en el sistema.

En términos generales, el EA se refiere a la búsqueda co-evolutiva de lo mejor de la gente, sus organizaciones y el mundo relevante que los rodea.  En su foco más amplio, involucra el descubrimiento de aquello que da “vida” a un sistema viviente cuando éste es más vivaz, más efectivo y más constructivamente capaz en términos económicos, ecológicos y humanos.

El EA involucra, de forma central, el arte y práctica de hacer preguntas que fortalezcan la capacidad del sistema de aprehender, anticipar y elevar el potencial positivo. Principalmente implica la movilización del enfoque  a través del campo de la “pregunta positiva incondicional”.  En el EA el trabajo de intervención proporciona un camino a la velocidad de la imaginación e innovación; a cambio  de negación, criticismo y diagnósticos espirales, hay un descubrimiento, un sueño y un diseño.   El EA pretende hacer una unión constructiva entre  lo que la totalidad de la organización humana refiere como fortalezas pasadas y presentes de la misma: cualidades, potenciales inexplorados, innovaciones, fortalezas, pensamientos elevados, oportunidades, valores, tradiciones, competencias estratégicas, historias, expresiones de sabiduría, autorreflexiones profundas hacia un espíritu corporativo, y visiones de

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