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4. Historia de una utopía

El 14 de enero de 2001 en el periódico El Nacional de Venezuela, Jorge Olavarría publicaba un artículo sobre el origen de los topónimos que los descubridores españoles introdujeron en América. Además de reproducir los nombres de ciudades y villas de su país de origen, los españoles que conquistaban las nuevas tierras poco después de guerrear en la reconquista de Granada estaban fuertemente influidos por la ficción de romances “caballerescos” y novelas del mismo tipo, desde los carolingios como La chanson de Roland, los bretones como Don Tristán y Lanzarote, el Amadís de Gaula o el Palmerín de Oliva. No es hasta 1605, cuando la epopeya de la conquista había llegado a su madurez, que se publicó la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, donde el personaje se muestra como un trastornado por los temas de las aventuras de caballerías. Con el Quijote se constata históricamente lo que podríamos llamar “alucinación conquistadora”, la cual se nutría tanto de las espectaculares realidades naturales y humanas descubiertas en las nuevas tierras como de un mundo de ficción ‘vivido’. Así, el nombre de California -por la reina Calafia- procede del Amadís de Gaula, donde Garci Rodríguez de Montalvo describe un hipotético Paraíso Terrenal llamado California poblado de mujeres negras entre las cuales no existía varón alguno. El mismo Cristobal Colón confesaba andar a la caza de una isla llamada Matanino o Madanina -quizá la Martinica de hoy- que estaría poblada sólo por mujeres, las cuales usaban arcos, flechas y corazas de cobre. El río por el que navegó Orellana fue llamado “de las Amazonas” porque en la descripción que de este viaje hizo el padre Carvajal, se hace mención constante de una nación rica en oro y plata, con ciudades de bravas guerreras de enormes pechos y certera puntería, que todos habían visto pero que nadie volvió a ver. De este modo podemos intuir, lejos de los intereses económicos, políticos y proselitistas de las clases dominantes, una utopía cotidiana que respondía a la necesidad de relaciones con el otro sexo de un grupo de hombres, éstos sí solos, y que había desarrollado una imaginación utópica con ayuda de las novelas y los romances de su época. Esta epopeya es sólo una excusa para postular una visión histórica de otra epopeya, la de la Traducción Automática. Sin duda ambas hazañas se produjeron en momentos de circunstancias compartidas: progreso tecnológico, guerras expansionistas, literatura de ficción, sentimiento utópico, azar y necesidad.

La aventura marítima de los navegantes del siglo XV se debe al progreso técnico, así como la aventura computacional se debe a la revolución digital. La segunda guerra mundial y la guerra fría, la guerra de la Reconquista y la del control del Mediterráneo para los antiguos. La literatura de caballerías tiene algo en común con la de ficción científica7 (Asimov,  Arthur C. Clarcke, Ray Bradbury). Pero ¿cuáles fueron o son todavía los sentimientos utópicos de nuestra era tecnológica? ¿Cuál nuestra necesidad?

7 Decimos ‘ficción científica’ por considerarlo el calco correcto de science fiction, y para llamar atención sobre la desvirtuación que ofrece el término ya extendido de ‘ciencia ficción’.

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