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4.1. La vieja utopía: sustitución de la Traducción Humana

La Traducción Automática, como muchos de los avances técnicos de nuestra era, tuvo una motivación bélica. La Segunda Guerra Mundial enfrentó a grandes potencias que, catapultadas por el desarrollo industrial, lucharon por la supremacía de los mercados y por imponer su modelo en el mundo. El desarrollo industrial había gestado el desarrollo tecnológico. En la escabrosa urgencia de enfrentarse a un enemigo y de conocer sus planes lo antes posible, la TA se convirtió en una esperanza y una necesidad. Los traductores humanos eran pocos, lentos y, posiblemente, ambiguos respecto de la causa de cualquiera de los bandos. Esta fue la situación que motivó la inversión en sistemas de análisis del lenguaje y en aparatos lógicos. A pesar de este origen bélico, debemos a esta situación grandes avances en el desarrollo de la Lingüística, y en consecuencia en la enseñanza de idiomas, así como en las llamadas “industrias de la lengua” que engloban, de la mano del avance en las ciencias de la computación, aspectos relacionados con el procesamiento del habla, la corrección ortográfica y estilística de documentos procesados, las interficies para la consulta de bases de datos y la ingeniería del conocimiento, entre otros.

La intención inicial de la inversión en Traducción Automática fue inicialmente la de sustituir al traductor humano, ya fuera por su posible compromiso político (Guerra Fría) como por su coste (CEE). En el primer caso el ideal utópico consistía en expandir y proteger el ideal democrático y el sistema capitalista. En el segundo de superar el escollo de la diversidad lingüística para poder participar en la competición capitalista ya instaurada.

La primera escuela de Traducción europea se funda en Ginebra en 1941. Por las mismas fechas aparece la primera estadounidense en Monterrey, California. Casi al mismo tiempo se da comienzo a la utopía computacional. En 1965, un año antes del informe ALPAC, aparece Taum-Meteo, sistema canadiense para partes meteorológicos.

Al mismo tiempo que la ‘necesidad’ impulsa la inversión, el público y el personal implicado convierte la ambición en un objetivo idealista. En 1987, cuando yo entré en contacto con la Traducción Automática y el Procesamiento del Lenguaje Natural, escuchaba de mis maestros la verbalización de esperanzas relacionadas con el ‘descubrimiento’ de la aplicación de la computación al análisis del lenguaje: los ciegos podrían acceder a la lengua escrita porque habría máquinas que sintetizarían el texto y producirían sonidos; estas personas dictarían al ordenador aquello que desearan fuera reproducido. Los países pobres del tercer mundo serían capaces de realizar la revolución tecnológica sin necesidad de pasar por la revolución industrial, y lograrían así equipararse en poco tiempo a los países desarrollados, etc.

De estas ideas ilusionadas algunas, como la compensación de minusvalías, es, afortunadamente, una realidad. Otros avances como el desarrollo de las autopistas de la información no fue imaginado por muchos. Pero algunas de aquellas esperanzas, por desgracia, han desvelado su ingenuidad con el paso del tiempo. Para que la revolución tecnológica llegara al tercer mundo hacía falta red eléctrica, dinero para instalarla (lejos aún hoy de los circuitos inalámbricos), pero además definir fenómenos lingüísticos muy variados, cuestiones cognitivas muy complejas y ciertas actitudes políticas. Esto aún admitiendo que la revolución tecnológica fuera una pieza clave de progreso para culturas de las que desconocemos mucho. Cuáles de los sueños de nuestra década se cumplirán y cuáles no es una pregunta sin respuesta, pero hoy probablemente ningún científico al que se haya preguntado dirá ‘bienestar’, ‘un mundo más humano’ o ‘la paz’.

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