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1. Introducción: en torno a los términos

Tratándose del procesamiento del lenguaje natural, tal vez se puede comenzar por unas notas sobre los conceptos evocados por las denominaciones de Inteligencia Artificial y de Traducción Automática. Según Francesc Esteva (IIIA-UAB, Institut d’Investigació en Intel·ligència Artificial de la Universitat Autónoma de Barcelona), el término “Inteligencia Artificial” se acuñó en 1956, por convenio, en una reunión de miembros de la comunidad científica que trabajaban en los primeros estadios del desarrollo del software y que provenían del campo de la lógica. Aunque tiempo después se demostró la imposibilidad de la existencia de un ‘razonador universal’,  se sigue trabajando en la posibilidad de que el ordenador resuelva problemas concretos, emita diagnósticos y tome decisiones. Así, se considera ‘inteligente’ el hecho de que el sistema aprenda y de que pueda encontrar una solución nueva para un problema planteado y ya resuelto otras veces de una determinada manera. En sus primeros estadios, tanto la IA como la Traducción Automática desarrollaron programas que tomaban sus decisiones según modelos deterministas basados en el denominado pattern matching o comparación de patrones. En ulteriores estadios, la aplicación de reglas de preferencia sobre los patrones así como las decisiones basadas en criterios estocásticos, conferían mayor capacidad ‘creativa’ a los sistemas. Para lograr cierto avance, los expertos en IA  han dividido la investigación en ‘subproblemas’: la identificación de rostros, la detección de señales procedentes del universo, el archivo de historias clínicas, las agendas electrónicas, los sistemas de dictado automático, etc. Este ‘despiece’ afecta también al universo del lenguaje, pero de una manera un tanto más difusa.

Pero antes de entrar más de lleno en este asunto, quisiera señalar la incidencia del término ‘inteligencia’ desde un punto de vista humanístico1. La etimología popular podría creer que intelligere significa leer entre líneas, pero, en lo documentado, procede de legere, elegir, escoger  entre varias opciones. Se aplica, en el caso de la Inteligencia Artificial a un aparato lógico del que se pretende obtener el resultado a partir de un proceso deductivo fijado metódicamente de antemano sobre un conjunto seleccionado de datos. Tanto el concepto de ‘inteligencia’ como el de ‘memoria’, asociados a este campo, están basados en la metáfora del ordenador como cerebro. Resulta discutible si esta metáfora ayuda al desarrollo de la Inteligencia Artificial o, por el contrario, constituye una limitación en sí misma, debido, sobre todo, al desconocimiento que poseemos los humanos del comportamiento de nuestros mecanismos cerebrales. También resulta discutible si esta metáfora contribuye al avance del conocimiento sobre la mente y el cerebro.

Entender el cerebro como un procesador de información ayuda a describir separadamente las estructuras de los procesos, siempre que esa separación sea factible y significativa en el acto de ‘elegir’. Sucede, sin embargo, que el proceso deductivo que protagoniza el concepto de Inteligencia Artificial no es el más importante, ni mucho menos el único, de los que caracterizan la inteligencia humana. El cerebro posee la facultad de tener ‘ocurrencias’, de llegar a conclusiones creativas, gracias, precisamente, a la capacidad de abandonar la modalidad deductiva de procesamiento y dejar que la mente ‘vague’ por todas las asociaciones posibles, muchas de ellas aparentemente estúpidas. Por eso, cuando

1 Este decurso sobre el concepto de inteligencia tiene razón de ser si tenemos en cuenta que la inteligencia es uno de los valores más preciados en la cultura occidental y un objeto de estudio que es proceso de frecuentes propuestas de cambio conceptual desde diferentes perspectivas. (Ver Claxton, 1997 o Goleman, 1995).

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