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A menudo se ha pensado que los sucesivos esfuerzos fallidos por computar el lenguaje se debían a un desconocimiento del mismo, a una mala interpretación de los mecanismos que conducían a la producción de significado. Por este motivo una de las mayores contribuciones de la Traducción Automática se ha producido en el campo de la lingüística (ver apartado 6). En 1966 (solo dos décadas después de la segunda Guerra Mundial ) el comité ALPAC (Automatic Language Processing Advisory Committee) ya había determinado que la Fully Automatic High Quality Translation of Unrestricted Text (FAHQTUT) no era un objetivo posible debido a una infranqueable barrera: la semántica. Así y todo la investigación en Traducción Automática no sólo continuó sino que se expandió. En 1976 la Comunidad Económica Europea adquirió el programa SYSTRAN (La Jolla, California) que se enfrentaba a la traducción inglés-ruso e inglés-francés y realizó un plan de investigación y desarrollo para un conjunto de lenguas europeas. Representantes de 30 universidades formaron el grupo de coordinación. Una década y media después (en 1990) el proyecto EUROTRA cerraba sus puertas sin haber conseguido el producto deseado, casi al mismo tiempo que lo hacían los japoneses con su proyecto ATLAS en el que participaron entes privados y públicos. Sin embargo, la investigación tampoco cesó. Algunas potencias como Estados Unidos han mantenido sus niveles de inversión en el campo, mientras que otras han modificado la orientación de los mismos para reconducirlos hacia la iniciativa privada.

La búsqueda de la Traducción Automática se parece al esfuerzo que ha hecho el ser humano para hacer efectivo el sueño de volar que mantuvo durante más de diez siglos, tal vez desde siempre. Cuando finalmente lo consiguió, ni los procedimientos ni los materiales ni las aplicaciones se parecían mucho a los que diseñó Leonardo da Vinci a finales del siglo XV. En un principio se pensó que para poder volar el hombre necesitaba imitar al pájaro, o al menos, entender la esencia física de su vuelo. Ése esfuerzo (Borelli, 1680) asienta las dos ramas de la aeronáutica:  la aerostación, donde la forma de sustentación es obtenida según el principio de Arquímedes mediante ingenios menos pesados que el aire, y la aviación, en la cual la fuerza es obtenida con la ayuda de motores por aparatos más pesados que el aire y según las leyes de la aerodinámica. Naturalmente, los hombres no vuelan como los pájaros. Tal vez debamos renunciar a la idea de que las máquinas piensen o traduzcan como los humanos para observar qué es lo que realmente pueden hacer. Y tal vez podamos entender mejor en qué consiste la comunicación y cómo funciona cuándo se trata de comunicación verbal. En palabras de Jackendoff (1983), desde el punto de vista de la lingüística, la pregunta es: “¿Cuál es la naturaleza del significado en el lenguaje, qué hace que podamos hablar de aquello que percibimos y hacemos?” Desde el punto de vista de la sicología cognitiva la pregunta es: “¿Qué revela la estructura gramatical del lenguaje natural respecto de la naturaleza de la percepción y la cognición?”

Tal vez una de las primeras trabas en el camino hacia la respuesta a estas preguntas haya sido la distinción de disciplinas y la ubicación del significado en el nivel denominado ‘semántico’ al que, en el proceso de computación, se asignaba un espacio ulterior, posterior al procesamiento de los niveles morfológico y sintáctico, en una estrategia marcadamente vertical y ascendente, bottom-up, como indicábamos al principio. En realidad, la semántica, como ciencia del significado, está relacionada con cualquiera de los

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