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Diario Nuevo Día - Coronel Suárez

Editorial

27/01/2011

Cristina y la vaca

A la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no le gustan para nada las vacas. En diversas ocasiones ha aludido de manera favorable a los cerdos, pollos y corderos, pero parecería que en su bestiario personal los bovinos ocupan un lugar parecido a los buitres, a menos que éstos sean cóndores.

Tan fuerte es la animadversión que siente hacia el animal que contribuyó más que cualquier otro a hacer de la Argentina decimonónica un país rico según las pautas de aquel entonces, que en el transcurso de su visita a Turquía no vaciló en informar a sus anfitriones que «no queremos que vean a la Argentina solamente como una vaca o como productora de granos». Puesto que en los años últimos el gobierno kirchnerista ha librado una especie de cruzada contra la ganadería con el resultado de que la Argentina ha dejado de figurar entre los exportadores de carne más importantes, sería poco probable que muchos turcos cometiesen tamaño error. Seguimos produciendo cantidades notables de yuyitos –de lo contrario, la balanza comercial sería fuertemente deficitaria–, aunque desde el punto de vista de Cristina la dependencia así supuesta sea motivo de vergüenza. Las raíces del prejuicio presidencial se encuentran en los escritos de intelectuales de hace más de medio siglo que acusaban a la «aristocracia vacuna» de conspirar contra el desarrollo con el propósito de impedir que la Argentina se transformara en una gran potencia industrial capaz de competir con el Reino Unido, Estados Unidos y Alemania. Según aquellos teóricos, los ganaderos locales colaboraban con los imperialistas foráneos para desbaratar los esfuerzos heroicos por crear una industria nacional pujante y por lo tanto eran traidores a las esencias patrias. Si bien las hipótesis en tal sentido se debieron más a la imaginación fértil de ciertos polemistas que a la realidad, incidieron mucho en la formación cultural de las sectas «revolucionarias» de los años setenta del siglo pasado y, como se hizo evidente al estallar el conflicto con el campo, de Cristina y su marido. Para extrañeza de buena parte del país, la presidenta y otros voceros gubernamentales se pusieron a resucitar consignas casi olvidadas para rabiar con furia contra «la oligarquía» rural, denunciándola de «golpista» y tratando a los chacareros depauperados como «piqueteros de la abundancia», con el resultado de que su índice de popularidad se desplomó. En Estambul, Cristina aseguró a los turcos que «la Argentina dio un salto cualitativo en materia de valor agregado», es decir –es legítimo suponer– que a su juicio la industria nacional está en condiciones de exportar al mundo bienes equiparables con los mejores de Alemania, el Japón y, desde luego, China. ¿Lo está? Por desgracia parecería que no, de ahí las medidas proteccionistas destinadas a defender el país contra las repetidas «invasiones» de productos no sólo asiáticos sino también brasileños. Asimismo, sucede que hoy en día las potencias industriales privilegian la investigación científica y el desarrollo tecnológico, pero por motivos que podrían calificarse de culturales nuestro sistema educativo no se destaca por la preparación de una masa de científicos o técnicos comparables con los mejores de otras partes del mundo. Aparte de repartir laptops, el gobierno kirchnerista no ha manifestado mucho interés en superar el atraso así supuesto. En cuanto a su «política industrial», consiste en fomentar el «capitalismo de los amigos» so pretexto de que servirá para permitir la consolidación de lo que, como buenos setentistas, los exégetas oficialistas llaman «una burguesía nacional», es decir un empresariado parecido al existente en los países más avanzados. Mientras tanto, para corregir lo que en opinión de Cristina y sus partidarios es una distorsión intolerable, el gobierno sigue procurando reducir al mínimo la participación de «las vacas» y los «productores de granos» en las exportaciones, a veces llegando al extremo de prohibir las ventas al exterior en un intento vano de controlar los precios de los alimentos en los supermercados locales, privando de este modo al país de recursos que, entre otras cosas, lo ayudarían en la tarea ciclópea que le supondría dotarse de un sector industrial que estuviera a la altura de los sueños gubernamentales.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Locales

27/01/2011

“No se le puede imponer una producción al empleado, a nosotros nos pagan por hora”

Mariela Holzman, delegada regional de Uticra, fue contundente al responder que no es legal que se suspenda a un operario por no alcanzar la producción, como sucedió en un taller de Pueblo Santa Trinidad. Explicó que ante el conflicto, el trabajador debe acudir inmediatamente a su delegado.

Mariela Holzmann, delegada regional de Uticra.

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