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Universidad de Zagreb - page 219 / 272

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Más no es por la temática por lo que Al filo del agua se distingue de la narrativa mexicana anterior, sino por el tratamiento que el autor ha dado a los asuntos que trata. Introduce, para decirlo de manera terminante, una nueva concepción de la novela en la narrativa de nuestro país. Si bien pueden encontrarse en ella algunos elementos que nos remiten a un formalismo retórico de fuerte olor decimonónico, o rastros de una preceptiva anquilosada, para decirlo de otra manera, el texto en su conjunto presenta una serie de elementos novedosos que pueden resumirse en los puntos siguientes: 1. Desestructuración del tiempo narrativo real en favor de una reestructuración del mismo en función de determinada estrategia narrativa, a saber: la novela se estructura no conforme se desarrollan unos “hechos” determinados, sino mediante un procedimiento cumulativo de atmósferas y personajes en los que estos manifiestan sus tribulaciones, producto del ambiente opresivo y sin alternativas que habitan; 2. En función de lo anterior, se ha prescindido, en buena medida, del uso de una voz omnisciente, cediendo, en su lugar y de manera preferente, la voz a los propios personajes; 3. Se narra, entonces, desde la intimidad de los personajes, lo que introduce el punto de vista sicologista, recurso novedoso en la novela mexicana, tan proclive entonces a un realismo ingenuo, así como a sus variantes pintoresquista y costumbrista, que dejaba poco margen a la imaginación,

Conforme a los parámetros en que se movía entonces la literatura europea y norteamericana, quizá estas características ya no revestían novedad alguna; en nuestra literatura, en cambio, la forma de estructurar novela que Yáñez plasma en Al filo del agua viene a erigirse en el parangón que ha de orientar la narrativa mexicana en las décadas posteriores, y, aún hoy en día, las nuevas generaciones de narradores tienen ahí un ejemplo del que mucho pueden aprender.

II. Juan José Arreola

En más de un sentido, Juan José Arreola es un protagonista de primer orden en el concierto de las letras mexicanas del siglo XX. La brevedad de su obra contrasta de manera notoria con el poderoso influjo que ejerció sobre el conjunto de la vida literaria del país a mediados de la centuria pasada, ascendiente que no hace sino expandirse en las décadas siguientes. Y no se hace aquí referencia únicamente a la influencia que despliega a través de la presencia sola de sus obras, sino también (a diferencia de sus contemporáneos Yáñez y Rulfo) por su destacada labor en dos ámbitos coaligados estrechamente con la creación literaria, cuales son la actividad editorial y la de maestro en el oficio de la creación literaria.

Más allá de la frivolidad del ajedrez y del ping pon, deportes de los que fue, sin mucho éxito, empedernido practicante, su labor de tallerista, en la que fue pionero, y de editor de criterio certero y refinado, le permitieron reunir en torno suyo a los autores que devendrían, con el correr de los años, los representantes más destacados de la narrativa mexicana de la segunda mitad del siglo pasado, y a más de uno de los principales poetas del mismo período. Me limitaré aquí a mencionar sólo los nombres de los que pueden tener alguna significación para un lector europeo: Carlos Fuentes, Elena Poniatovska, Fernando del Paso, José Emilio Pacheco y José Agustín.

Desde la perspectiva de su trayectoria literaria, a Arreola puede aplicársele, sin ningún atenuante, su propio concepto de “escritor imposible”. Sabido es, al menos para los lectores mexicanos, que Arreola acuñó la división entre “escritor posible” y “escritor imposible”.

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