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Universidad de Zagreb - page 233 / 272

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como partes fragmentarias de múltiples confesiones. Se trata de una gran “puesta en discurso” que convierte toda pulsión erótica en palabras, aunque la naturaleza misma de esos deseos y sus corolarios enunciativos deban ser inmediatamente neutralizadas. En este sentido  es posible decir que a nivel retórico, la novela de Yánez puede leerse también como un reflejo satirizante de los intentos que la pastoral cristiana ha promovido, a fin de reconducir todo lo tocante al sexo, erotismo y deseos, hacia el juego infinito de la textualidad. Se trata de un proceso complejo, pues la novela toca aspectos psíquicos y anímicos vinculados con los remordimientos, la duda, la culpa y el pecado.

A manera de ejemplo, veamos un fragmento, tomado del capítulo “Aquella Noche”. Tenemos a Don Timoteo, un hombre mayor revolviéndose en la cama, sin poder dormir, debido a un mar de pensamientos que lo asaltan “con creciente desesperación”. Ha vivido diez años casado con una mujer que ahora está “tullida”. Entonces viene una rauda de deseos reprimidos:

[1] ...eran muchos diez años de martirio; entonces podría casarse con muchacha lozana todavía; el diablo...¡el pensamiento uxoricida!...no, era el diablo, traía las figuras de cien mujeres apetitosas: María, Úrsula, Teresa, Paula, Domitila, Rosa, Epifanía, Trinidad, Ventura, Felícitas, Águeda, Cecilia, Cecilia jovencita y chapeteada, Martina de ojos capulineros y trenzas brillantes como seda, Remigia, Victoria, Eusebia, Marta, Marta llena de vida, Marta por la que se mataron dos peones de la Estancia, y Lucía, Lucía primorosa, de piel blanca, de ojos azules, y Consolación, y Marina, y Rosario, y Gertrudis, y Margarita...Centelleo de ojos, danza de caderas, río de brazos, cosecha de mejillas. Brama la sangre y crujen las arterias esclerosas, (Yáñez, 1988:20)

Bien, nótese cómo es que de una manera casi obsesiva, a este personaje, ante todo le importa nombrar, nombrar mujeres prohibidas y concebirlas puntualmente como objetos deseables. Estamos ante una confesión, que en términos pragmáticos cumple la función de un “macroacto de habla”, en el sentido en que lo concibe van Dijk (1993). Ahora bien, el mismo ejemplo nos permite mostrar otra característica discursiva muy recurrente en Al Filo del Agua. Cuando tenemos una puesta en escena de un evento transgresor, inmediatamente aparecen nuevos

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