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Universidad de Zagreb - page 235 / 272

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prohibiciones. Enfatizo lo de “ocultas” porque más allá de las reconvenciones del señor cura, todo el pueblo vive inmerso en una malla celadora constituida por miradas, encuentros casuales, sospechas, pensamientos e insinuaciones, cuya función, en muchos casos pasa por la vigilancia y la salvaguarda del orden establecido.

Algo muy peculiar en la novela, es que los móviles de este proceso vigilante y atemorizador, se producen a partir de pequeños sucesos que podríamos llamar “dispositivos”. Un encuentro, una carta, una visita fugaz, un mensaje mal leído, etc. A manera de ejemplo volvamos al apartado 3 del capítulo “Aquella Noche”. Merceditas Toledo, una mujer recién recibida de la Congregación “Hijas de María” de pronto se ve en su recámara, antes de cenar, con una carta amorosa, la cual esconde rápidamente en su seno. Frente a este suceso, Agustín Yánez construye una vertiginosa representación de contradicciones casi contrapuntísticas, entre los deseos ocultos de Merceditas hacia Julián y toda esa mecánica de autocensura montada sobre un dispositivo mayor de prohibiciones contextuales.

[2]...El nombre le quemó la cabeza y todo el cuerpo. La carta, en el seno, era como una brasa. Lo echarían de ver. Un sudor se le iba y otro se le venía, y la cena no terminaba nunca. Quiso disimular, contando las ideas que las muchachas tenían para adornar el Monumento del Jueves Santo; la voz le temblaba, toda ella temblaba, como si la estuviera viendo Julián con esas miradas de lumbre, tan extrañas, que no la dejan salir a ninguna parte sin que se le claven como alfileres ardiendo [...] era como si la hubieran sorprendido desnuda, como si la desvistieran a la fuerza; qué asco, que indignación contra el impertinente, qué deseo de acusarlo con el señor cura, con todo el pueblo, para ver si dejaba de mirarla [...] Antes iría al excusado y rompería la carta, en añicos; la maldita carta como lumbre, algunas de cuyas palabras tenía pegadas en el cerebro, punzadoras: “amor” ¾ “tristeza” ¾ “deseo” ¾ “poder hablar” ¾ “comprendernos” ¾ “toda la vida”. Era, sin duda, lenguaje del demonio[...]¿Por qué un hombre se atrevía a mirarla y a escribirle? (Yáñez, 1988: 20)

Un aspecto a destacar, es que en todo este pequeño torrente discursivo, poco a poco el flujo de los deseos va haciendo corrosión en muchas prohibiciones asumidas como tales. Hacia la parte final de este capítulo ya encontramos la culminación de esta lucha psíquica, la cual

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