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Universidad de Zagreb - page 237 / 272

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Aquí arribamos a un punto clave en el funcionamiento pragmático del discurso en Al Filo del Agua. A diferencia de lo que ocurre en el mundo del derecho, en el orden moral-religioso, no son necesarios los mecanismos directos de coacción para conseguir el cumplimiento de las reglas. De modo que incluso el solo hecho de haber pensado en una posible transgresión moral-religiosa, parece suficiente para provocar sentimientos de culpa y remordimiento.117 Una y otra vez, en la novela de Yánez aparecen sucesos donde antes del hecho mismo se reprimen las intenciones: “...a doña Lola le gustaría vivir en México, aunque a nadie pueda decirlo, porque se la comerían viva” (Yáñez, 1988:36). He aquí un problema inquietante: hacer de los deseos mundanos un enigma; algo que aparece con obstinación y que sin embargo no se muestra, se esconde, permanece ahogado y confinado exclusivamente al ámbito de lo funcional, y de lo estrictamente apegado a los lineamientos del derecho canónico.

Ahora bien. Esta representación en ningún momento aparece en la novela como un mecanismo simple de aceptación/rechazo, sino como un proceso aleatorio muy complejo, pues en medio de la pugna de poder entre moral instituida y deseos personales, se impone un ciclo destinado siempre a recomenzar. Cada personaje, una y otra vez, transgrede mentalmente cierto orden moral, culpándose por lo que acaba de hacer, pero al mismo tiempo deseando que vuelva a suceder. Así, toda pequeña transgresión se vuelve cada vez más deseable, más permeable. Foucault (1985:63) afirmaba que “Poder y placer no se anulan; no se vuelven el uno contra el otro; se persiguen, se encabalgan y se reactivan”

117 En Vigilar y Castigar, Michel Foucault (1976), al discurrir acerca de la estructura psíquica de los individuos, observa que en efecto, hay un gran policía dentro de nosotros, que se identifica con el súper-yo. Este policía se encarga de vigilar que no transgredamos, que no nos salgamos del orden establecido, pues de lo contrario vendrá la represión y el castigo materializado en forma de culpa. Ésta es la forma cotidiana como interiorizamos y vivimos la moral. Pero, esta forma de coerción nunca es tan simple porque también las personas somos capaces de generar estrategias creativas que nos permiten enfrentarnos a lo establecido e intentar modificarlo. Así, enmedio de esta pugna, irrumpen también las posibilidades creativas del yo cuestionando y en muchos casos diluyendo la culpa hasta generar una suerte de transvaloración de los valores asumidos.

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