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Universidad de Zagreb - page 25 / 272

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Este dios que ríe y goza con las angustias y vicisitudes de los demás es conocido en el panteón azteca como Tezcatlipoca,23 dios de la noche, de las guerras, encrucijadas y discordias. Su nombre etimológicamente significa en náhuatl “espejo humeante” (de tezcatl, “espejo” y poctli, “humo”) y se le representaba con un tizne de reflejos metálicos llamado tezcapoctli: “humo espejeante”. Fray Bernardino de Sahagún en su Historia general de las cosas de Nueva España, escrita a mediados del siglo XVI, consigna alrededor de 360 nombres con el que los nahuas se dirigían a esta deidad. Uno de ellos era Yáotl que quiere decir “enemigo”, “sembrador de discordias”, asociado a fuerzas destructivas y malignas ya que, cuando castigaba, desataba terribles epidemias, razón por la cual era uno de los dioses más temidos y respetados. Otra de sus características era mostrarse siempre joven, por eso era llamado Telpochtli (el de juventud eterna). Recibía, además, el nombre de Yohualli Ehécatl (noche, viento) porque poseía, por extensión, el don de la invisibilidad e intangibilidad, virtudes por la que se creía en su omnipresencia. Pero Tezcatlipoca era también Teyocoyani (creador de los hombres), Teimatini (sabio) e Icnoacatzintli (misericordioso), capaz de realizar también buenas acciones.

De naturaleza ambivalente, Tezcatlipoca creaba y destruía, concedía y quitaba, protegía y perjudicaba a la vez.24 Era un “Espejo humeante” como metáfora del reflejo de la ambigüedad e imperfección humanas. En su risa los hombres aprendían a aceptar sus limitaciones en tanto seres mortales sometidos al devenir y a un inescrutable destino; pero lo más importante, aprendían a

23 Este nombre, Tezcatlipoca, recibieron los cuatro hijos de la primera pareja divina, Ometecuhtli y Omecíhuatl. A cada uno de ellos se le adjudicó un color: rojo a Xipe Totec, blanco a Quetzalcóatl, azul a Huitzilopochtli y negro a Yayauhqui. Este último aparece en muchos mitos con el solo nombre de Tezcatlipoca.

24 El Libro de Job, en el Antiguo Testamento de la Biblia, también da cuenta de un Dios creador y destructor, que da y quita, para poner a prueba la paciencia y fidelidad de sus criaturas. Job, el varón más rico de las tierras orientales de Hus, a pesar de su virtud fue castigado implacablemente para probar su devoción. Ante las desgracias que le acontecían, en las que perdió salud, familia y patrimonio, Job proclamaba: “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo tornaré allá. Yavé lo dio, Yavé lo ha quitado ¡Bendito sea el nombre de Yavé!” (Job: I, 21). Finalmente Dios recompensó con creces su sacrificio y entereza: no sólo le devolvió la salud, sino que lo colmó de bendiciones por el resto de su longeva vida, le duplicó sus bienes y le restituyó a su familia.

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