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Universidad de Zagreb - page 53 / 272

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La vida y la muerte son complementarios, no se pueden entender la una sin la otra e incorporan la lucha eterna entre la noche y el día. Esta dualidad está representada a través de dos dioses: el primero, Tezcatlipoca (Anexo 1), la sombra, el inframundo simbolizado por calaveras, pero que a la vez significaba fertilidad y esperanza de renacimiento y no terror; y el segundo, Quetzalcoatl (Anexo 2), personificando la luz:

El lado norte del universo se identificaba con el Mictlán, región de los descarnados y se llama Mictlampa, rumbo de los muertos. Se asocia con el color negro, con el glifo Técpatl o cuchillo de sacrificio y lo preside el Tezcatlipoca negro. El norte es una región árida por donde soplan los vientos fríos. Tezcatlipoca es dios patrono de guerreros y príncipes; dios del frío que representa el cielo nocturno. Es un dios providencial que tiene el don de la ubicuidad. Su atributo principal es el espejo que humea; su disfraz es el tigre y su emblema un cuchillo de obsidiana, que representa el viento negro. Tezcatlipoca es, junto con Quetzalcoatl, creador del mundo.  (Página suplementaria, Museo del Templo Mayor, 1997).

El dios creador de la humanidad representaba a la dualidad por naturaleza. Mitad aire y mitad tierra, la serpiente emplumada era una de las deidades prehispánicas más importantes, protagonista principal de muchos de los grandes mitos mesoamericanos y su culto es muy antiguo. Quetzalcóatl tenía diferentes advocaciones: Venus matutino, llamado Tlahuizcalpantecuhtli; Xólotl, el "Gemelo Precioso", Venus vespertino; y Ehécatl, dios del Viento. El culto a Quetzalcóatl llegó hasta la zona maya, donde se le conoce como Kukulkán. Entre sus atributos más importantes se encuentra el corte de caracol, utilizado ya sea como pectoral, orejeras o adorno en alguna otra parte sus atavíos. Como dios del Viento lleva una máscara en forma de pico de ave, con la que producía el viento. (Página suplementaria. Museo del Templo Mayor, 1997).

Los altares de muertos

El día de muertos en la cultura prehispánica tenía una gran importancia social y cultural, era la celebración de la memoria, del recuerdo que vencía el olvido. El día de su conmemoración, los muertos regresaban a la tierra y compartían con los vivos la comida para fortalecer sus espíritus y seguir por su camino. Por eso se construían altares con ofrendas. Hoy en día esta costumbre prevalece, dentro de su abundante simbología encontramos, evidentemente, elementos del cristianismo como el agua bendita y la cruz.

En los altares se pone comida, golosinas y bebidas, de acuerdo a los gustos del muerto al que se  dedica, para que, cuando venga a visitar a sus familiares, comparta el banquete,  y se vaya

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