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Rocío Anguita Martínez

carecieron siempre del indispensable material de enseñanza; en sus estudios no se ha introducido durante cincuenta años ni una sola de las innovaciones demandadas por las exigencias del tiempo y, por último, los numerosos claros ocurridos en el profesorado se han lle- nado sin sujeción a la ley, ni más regla que el capricho» (Solís, 1894, 113-114).

Sólo el Plan Profesional de la República logró sacar, en cierta medida, de esta situación a las Normales, pero, dada su excasa duración y la gran represión poste- rior entre el profesorado y alumnado de estos centros, volvieron a caer no sólo en la desidia material, sino también intelectual.

Un tercer factor a tener en cuenta para completar este cuadro es la gran in- fluencia ejercida por la Iglesia en el sistema educativo de nuestro país en general y en la formación del profesorado en particular. No sólo han regentado numerosísimas escuelas de niños sino que, además, a partir de 1898 con el Plan de Gamazo, se instaura la libertad de enseñanza en la formación del profesorado, empezando a proliferar por todo el país las Escuelas de Magisterio regentadas por la Iglesia. Además, estas Escuelas se constituyeron en un enorme grupo de presión sobre la política educativa en todo el primer tercio del siglo XX , ni que decir tiene, tomaron un papel preponderante a lo largo de la dictadura franquista. En la formación del profesorado de este país, la religión y moral cristianas han sido asignaturas obligatorias en casi toda su historia exceptuando breves periodos de tiempo2.

Si la influencia de la Iglesia sobre la formación de los maestros fue grande, sobre la formación de las maestras fue aún mayor. La doctrina cristiana y la Histo- ria Sagrada fueron uno de los pilares de su formación profesional (junto con leer, escribir, aritmética básica y labores) hasta la unificación de programas de estudio comunes para maestros y maestras en 1898. A ello hemos de añadir el agravante de que las Normales de Maestras constituyeron a lo largo de todo el siglo XIX casi los únicos centros de enseñanza en los que podían educarse las mujeres españolas (Melcón, 1992, 116). Además, las órdenes religiosas acapararon los colegios de ni- ñas a partir del Concordato de 1851 sin tener que estar en posesión de ningún título de maestra, con lo cual constituían una competencia desleal con las maestras tituladas.

Un cuarto rasgo característico de la formación del profesorado en este siglo y medio ha sido la de ofrecer una baja y devaluada formación respecto a otras profe- siones. El currículum de las Escuelas de Magisterio a lo largo de todo el siglo XIX consistió en poco menos que aprender las destrezas básicas. Se cree que los maes- tros han de aprender exclusivamente aquellos conocimientos estrictamente necesarios para el pueblo: sólidos, prácticos y capaces de transmitirse fácilmente a los hijos de la gente sencilla (Varela y Ortega, 1984, 20) y que contribuyen a la creación y consolidación de un estado moderno: aprender una lengua única, escri- bir, cálculo con un sistema estandarizado (el sistema métrico decimal), Geografía, Gramática e Historia, siendo lo más importante la generación de hábitos de mora-

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ISSN 0213-8464 · Rev. Interuniv. Form. Profr., 30 (1997), 97-109

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