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María Holgado González

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encontramos la exigencia de espacios iguales a todos los partidos durante el período de la campaña electoral o la prohibición de transmitir mensajes publici- tarios en estos medios durante los días previos a las elecciones (Italia) o el sometimiento de las emisoras de radio y televisión privadas a las recomendaciones del Consejo Superior de lo Audiovisual, debiendo respetar un equilibrio entre todos los partidos políticos en la emisión de la información relativa a las eleccio- nes (Francia).

Los debates electorales

Junto a los espacios de información electoral que se insertan en los propios telediarios, y a los que, como acabamos de señalar, resulta de aplicación la exigencia de neutralidad, encontramos el formato televisivo de los debates electo- rales, que inauguraron con éxito Richard Nixon y John Kennedy en 1960 y que se han convertido en una práctica generalizada en buena parte de los países democráticos. En España, sin embargo, las leyes guardan un absoluto silencio en este aspecto; todo lo contrario a lo que sucede con la doctrina, que desde hace ya algún tiempo, viene reclamando su regulación y celebración, por considerarlos un medio idóneo para que del enfrentamiento entre los distintos candidatos y de la exposición del contenido de sus programas, el elector obtenga mejor la informa- ción necesaria para tomar la decisión que estime más conveniente, constituyendo «un expediente mucho más eficaz para formar la opinión pública»33.

Como ha escrito Artemi Rallo, «resulta indudable que los debates electora- les constituyen el instrumento por excelencia de una idea constitucionalmente correcta de campaña electoral basada en la concurrencia no sólo formal sino cualitativa o material, en el contraste entre las diversas opciones electorales en términos de discusión, en el debate frente a la propaganda, en el diálogo frente al monólogo»34. La misma idea la destacaba González Encinar, con ocasión de las pasadas elecciones generales en las que no se llegó a celebrar ningún debate:

«El ciudadano, que luego como elector habrá de emitir su juicio sobre los distintos candidatos, necesita, como cualquier otro juez, que las partes confronten antes, directa y abiertamente, sus respectivas posiciones. Sólo así podrán los electores ejercer su derecho al voto con suficiente conocimiento de causa y de personas, habiendo visto a los candidatos en el ejercicio de la actividad esencial y definitoria de la democracia, el libre, abierto y pacífico debate de las ideas. Y por eso se celebran debates electorales en todos los países del mundo civilizado, menos en España. En realidad, si bien se mira, las elecciones que se celebran sin un previo debate público entre los candidatos más que elecciones democráticas son elecciones

33 Arnaldo Alcubilla, E., «Procesos electorales y opinión pública», op. cit., pág. 176. 34 Rallo Lombarte, A., «Debates electorales y televisión», op. cit., pág. 65.

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