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“Los T-26B que se acercaban por la carretera de Arganda llegaron al olivar de Morata y empezaron a cañonear. Los primeros embates fueron certeros y dejaron dos “negrillos” fuera de combate. Los tanques de Von Thoma comenzaban a percibir el peligro. Los T-26B aniquilaron uno más y la situación se volvía fea para los atacantes. La superior velocidad de los carros alemanes era aprovechada ahora para volver a toda máquina a sus posiciones iniciales. A las 09:30 de la mañana del 16 de febrero de 1.937 los nacionales habían perdido cuatro carros de combate. (...)

(…) La lección que Von Thoma se llevaba de regreso a Salamanca se resumía en una frase: “Para vencer a los T-26B se necesitan T-26B”. El problema era conseguirlos. El único modo de obtenerlos consistía en arrebatarlos al enemigo, así que pidió al mando que difundiera una nota ofreciendo a los soldados 500 pesetas por cada tanque capturado. Los atacantes solo consiguieron apoderarse de un carro durante los combates en el Jarama, si bien consiguieron destruir otros tres durante los veinte días de la batalla. Se desconoce si los soldados cobraron la recompensa de Von Thoma.”

(“La Batalla del Jarama”, Luis Diez)

La verdad es que casi nunca se sabe cuando te van a cortar el cuello. No es falta de imaginación, más bien un exceso de confianza en que esas cosas solo les pasan a otros. Cualquier guerra es un entorno inestable, cambiante y peligroso, pero para nada imprevisible en algunos aspectos. Si te das la vuelta para evacuar al amparo de un olivo conviene asegurarse de que no hay moros en la costa, más aún de que no anden reptando sigilosamente en el olivar con cuchillos curvos entre los dientes. Ponerse de espaldas al mundo y abstraerse en la placentera distensión de la vejiga no es solo tentar a la suerte en estos casos, es casi una provocación para cualquier rebanador de gaznates con un mínimo de autoestima. No, no se sabe cuando te pueden cortar el cuello, pero aún menos se cuenta con que te lo vengan a hacer lonchas mientras te la sacudes después de mear. Como si nunca le hubieran rebanado a nadie el pescuezo con el ciruelo en la mano y siempre se palmara en combate leal, bien peinado, con la raya en el pantalón y gesto heroico de resuelta determinación, como reglamentan los himnos épicos de rigor.

Casi todo está a punto de no suceder, o de suceder de otra manera, pero lo que ocurre es para siempre pues la esencia de lo que ha transcurrido es, justamente, su irreversibilidad. A veces se tienen presentimientos de lo que todavía no ha se ha consumado, de aquello que aún es solo la opción de un futuro posible. Quizá por eso Yuri se dio la vuelta de repente, aún con la bragueta del pantalón de cuero de carrista a medio abrochar. O quizá lo alertó el rumor de un jadeo gutural a sus espaldas, o el golpe sordo de un cuerpo desplomándose en el suelo mojado. Se volvió y Ziatti estaba allí, a un metro escaso, con un reflejo de luna en el filo de la gumia, tan sorprendido el moro como el ruso de mirarse frente a frente… algo que no debería haber llegado a pasar si la meada hubiera durado diez segundos más.

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