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La claridad lunar también recortaba difusamente contra la contundente masa metálica del T26 las siluetas de otros tres africanos. Por supuesto a sus píes yacía su compañero Vasili, con la garganta bien abierta de oreja a oreja. El charco de sangre se lo imaginaba, la luz de la luna ya no daba para tanto.

***

Hamed añadió la hierbabuena y la fragancia del té recién aromatizado les devolvió brevemente África, como sin un rincón del Rif se hubiera materializado unos instantes en aquel húmedo parapeto junto al Jarama. El cabo y los tres fusileros del II Tabor de Regulares de Melilla contemplaban con gesto ausente las escuetas brasas en que habían preparado la infusión. Al menos aquí era fácil encontrar la hierbabuena.

- Quinienta piseta Tío… ¡quinienta piseta! ¡¡sien duro!! 1

Hamed contempló a su sobrino desde la condescendencia que dan no tanto unos galones de cabo como 20 años de servicio en regulares. Ziatti era muy joven, casi un niño. Se había escapado con otros cinco atolondrados adolescentes de su aduar para hacerse askaris, más de 70 kilómetros a pie hasta Melilla. Cuando su tío le encontró a los ruegos de su desesperada madre ya era tarde, el joven y sus amigos lucían con orgullo sobre sus fajas rojas la hebilla de fusiles con bayonetas cruzados sobre la medialuna con el 2. No fueron los únicos. Los sublevados rebañaban con fruición la carne de cañón necesaria para sus carismáticas tropas de choque africanas. Lo hacían en las mismas cabilas que diez años antes bombardeaban con gas mostaza.

En la avariciosa búsqueda de sangre joven colaboraban, a precio por cabeza los notables locales. No se escatimó el aderezo de la guerra santa, pues los rojos no tenían dios y así ofendían a Allah con su impiedad, ni faltaron promesas de riquezas y saqueos, de gloria guerrera. Por su parte los santones añadieron la tranquilizadora seguridad para quienes cayeran en combate en España de que resucitarían en África. Puede que todo ese esfuerzo aleccionador no fuera demasiado necesario, pues el mero reclamo de la guerra, la soldada y el botín era difícil de resistir para los rifeños, en especial cuando la cosecha era mala y aquel año lo había sido. Además, a fin de cuentas se trataba de matar españoles, aunque fueran otros españoles quienes les pagaran por ello, algo que no parecía extrañar a los norteafricanos habituados a masacrarse ancestralmente por atávicos odios tribales. El que los arrumis hicieran lo mismo era de lo poco que les parecía normal en sus colonizadores.

Un interminable rosario de sepulturas orientadas a la Meca jalonaban el periplo del tabor desde el Estrecho a los arrabales de Madrid. De sus cinco compañeros iniciales Ziatti era el único que seguía vivo, algo a lo que no era ajeno el ojo y la mano de Hamed. Por muchos pájaros que tuviera en la cabeza era el único hijo de su hermana y la había jurado por el sagrado Corán que volvería con él… o no volvería. Hasta el momento había podido cumplir su palabra,

1 Aunque cabe pensar que la conversación entre los regulares se desarrollara en árabe al no estar presente ningún español, el absoluto desconocimiento de ese idioma por parte del narrador lo conducía a la tesitura de proporcionar en el relato una versión “doblada” a un castellano normal, o hacer que esta discurriera en el castellano “macarrónico” en el que las tropas coloniales se venían a comunicar con sus mandos. La tentación de esta segunda posibilidad era demasiado grande para amenizar esta pequeña historia, a pesar del riesgo de folclorismo chabacano que conlleva la elección. Para salirse con la suya minimizando dicho riesgo, el narrador ha tratado de reproducir fielmente giros y expresiones que usarían los soldados africanos, directamente transcritas de relatos, cartas y documentos redactados por españoles que dirigieron o convivieron con las tropas coloniales africanas, bien durante la Guerra de Marruecos

  • o

    bien ya en la Guerra Civil… aunque todo no, alguna cosa si va de mi cosecha (N.A)

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