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componiéndoselas discretamente para mantenerle al margen de las peores escabechinas sin ofender su orgullo de guerrero joven, pero las cosas se estaban complicando mucho. El enemigo ya no huía a las primeras de cambio aterrorizado por la sola presencia de los africanos. Los rojos seguían temiendo su temeraria ferocidad en el combate, su implacabilidad con los vencidos, pero el enemigo ya llevaba tiempo aprendiendo a guerrearles. Cada vez les plantaban cara con más aplomo y destreza en el campo de batalla y las bajas no dejaban de crecer. Vencer había dejado de ser fácil y seguro y la retirada una opción inconcebible. Si, todo se había complicado mucho desde los avances vertiginosos del verano. Había llegado el invierno, un martirio húmedo y frío incluso para los curtidos en las montañas del Rif. La guerra se alargaba y la suerte del hombre no es eterna, tan solo un pequeño pliegue en el manto de Allah, un pliegue realmente muy pequeño en el caso de un fusilero indígena.

  • -

    Si pagan… arrumis dicen mucho… no siempre hacen. -Ziatti se revolvió vehemente contra el

calmo escepticismo de su tío.- A los del puente 5 duros ¡a cada uno! … a todos los del puente.

Hamed contempló a su sobrino, la expresión de mezcla de candor y avaricia que tensaba su rostro casi infantil aún, pero tallado ya por la intemperie y el sol africano. ¿Cómo podía su tío no entender?. ¿Cuándo le habían pagado a nadie 5 duros por degollar a un enemigo? Desde el punto de vista de Ziatti era imposible dejar de hacerse rico en aquella carnicería.

- ¿Y tú cómo sabes? ¿viste diniero? - Todo tabor de Ifni sabe, todos dicir…¡5 duros tío! 2

Hamed hacía ya tiempo que podía haberse hecho con el empleo de sargento, pero había preferido seguir de cabo. Era menos paga, pero también menos problemas, y en la 3ª Mía era más respetado que cualquier sargento, incluso por los oficiales. Miró a Ziatti casi con ternura, para concluir lapidario.

  • -

    Son de Ifni, saharauis, también dicir mucho... como arrumis. Nosotros somos rifeños ¡Urriagueles!!

Hassan y Hussein eran los otros dos “fusilas” de la escuadra, después de que perdieran a Ibrahim en el Pindoque. Ya conocían las diatribas entre tío y sobrino y sabían que estas no habían hecho más que empezar. Permanecieron silentes, absortos en su té, aunque sin dejar de asentir solemnes la puntualización de su cabo con un escueto movimiento de cabeza.

Hussein era el segundo más viejo de la escuadra después de Hamed, y éste sabía que había guerreado con Abd-el-Krim al Jattabi y que, en aquel tiempo, su fusil y el del cabo se disparaban desde bandos enfrentados. Luego en el 24, en plena retirada española, se alistó en los regulares, no porque le gustaran los arrumis contra los que llevaba combatiendo toda su vida, sino porque en la atrocidad de aquella guerra de columnas tiroteadas y aduares saqueados en represalia, los españoles perdían soldados, pero ellos perdían a sus familias. La de Hussein sufrió el escarmiento con que una sección del Tercio tuvo a bien ejemplarizar el paqueo a una aguada. Un sargento herido y dos soldados muertos por siete casas quemadas hasta los cimientos… con sus moradores dentro, claro. Una era la casa de Hussein, su mujer y sus tres hijos estaban dentro cuando los legionarios llegaron al lugar. Paradójicamente la tragedia no le encarnizó contra el invasor, de quien estaba acostumbrado a no esperar más que la matanza y a quien no había dejado de corresponder con la misma moneda, aquello estaba claro. Pero las familias de los notables nunca sufrían represalias y fue construyendo un desprecio irrevocable hacia los suyos, pues los que pregonaban ahora la guerra al español “para vivir en república” no dejaban de ser los mismos que habían aceptado sus pesetas para “estar amigos” antes de la rebelión, y volverían hacerlo -de eso Hussein no tenía ninguna duda- cuando la rebelión fuera aplastada… lo que era solo cuestión de tiempo. Hussein había quedado reducido a un fusil solitario e implacable, vacío de cualquier convicción en nada, salvo en Allah, que por inaprensibles razones había dispuesto que su vida fuera un páramo asolado. Pero un guerrero tiene que ganarse la vida aunque ya no sepa ni tenga porqué luchar, y luchar no deja de ser su oficio. Hussein, sencillamente, optó por el mejor postor.

Ziatti no se resignaba a dejar de ganar aquella fortuna por algo tan baladí como capturar un T26. Seguía animando a su tío, quien soplaba indiferente su té.

  • -

    Vamos por tanque rojo tío. Dicimos a tiniente, tiniente valiente, a tiniente no importa dinero, él

viene con nosotros a por tanque rojo si decimos

Hamed miraba ahora con profunda tristeza a Ziatti, y también con un destello de pánico ante la insensatez de su sobrino.

2 Se refiere a la acción llevada a cabo la noche del 11 al 12 de febrero de 1.937 por el I Tabor de Tiradores de Ifni que mandaba el comandante Molero y estaba encuadrado en la III Brigada de Barrón. En un audaz golpe de mano nocturno una vanguardia de la unidad tomo por sorpresa el Puente del Pindoque sobre el Jarama, pasando a cuchillo a los centinelas del Battalón André Marty de la XII BI que lo custodiaban. La precipitada voladura llevada a cabo por los republicanos no inutilizol puente como medio de paso, pues los ingenieros que acompañaban a los africanos habían desactivado ya las cargas de demolición en la mayor parte del puente. Esta acción resulto clave para que los nacionales pudieran establecer una cabeza de puente en la orilla izquierda del Jarama, conduciendo a la batalla a una nueva fase crítica. De todas formas no hay confirmación, ni siquiera indicio alguno, de que los protagonistas del asalto recibieran estipendio alguno por parte del mando nacional, al menos en metálico… y siempre suponiendo que hubieran sobrevivido a la batalla para cobrarlo. La alusión de Ziatti se utiliza como mero recurso narrativo.

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